Mini filósofo – por Hugo Pezzini

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Si salgo a la calle cuando llueve me agarro una pulmonía; entonces tengo que quedarme en casa. Tengo que quedarme en casa cuando llueve porque si salgo me agarro una pulmonía, dice mi mami. Si mi mami dice que si salgo de casa me agarro una pulmonía; entonces —por lo tanto si cuando llueve no puedo salir y tengo que quedarme en casa —, ¿cómo voy a poder estrenar las botitas blancas de goma que nos compraron a mi hermana Pupi y mí? ¿Cómo voy a hacer cuando llueva para poder estrenar la capa de lluvia verde de lona impermeabilizada con goma que parece de centinela del ejército que papá y mi mami me compraron junto con las botitas blancas de goma?

Estoy loco por ir hasta la esquina y cruzar a la plaza debajo de la lluvia con mi capa verde de centinela de lona impermeabilizada con goma y las botitas de goma blanca iguales a las de Pupi que nos compraron papá y mi mami y meterme bien bien hondo en todos los charcos desde la esquina hasta el cóndor y vuelta porque, total, con la capa de lona impermeabilizada con goma y las botitas blancas de goma estoy todo aislado e impermeabilizado.

Si estoy todo aislado e impermeabilizado con mi capa y mis botitas, ¿es posible que (no) me agarre ninguna pulmonía?; es decir, con mi capa y mis botitas de goma, ¿es imposible que me agarre una pulmonía?, me pregunto yo. Pero seguro que si mami dice que uno se agarra una pulmonía siempre que sale de casa cuando llueve, uno se la agarra aunque esté todo impermeabilizado y aislado contra el agua de lluvia. Porque uno se la agarra por salir de casa cuando llueve, no por la lluvia misma. Eso debe ser lo que quiere decir mi mami. Inexplicable: debe ser algo abstracto, oscuro, escondido, camuflado, mágico, metafísico:

Saliste, chau. Pulmonía.

Pero si yo pudiera salir con mi capa y mis botitas cuando llueve, de pasada aprovecharía para decirle ‘hola’ a El turco Jaime Mizrahi —el papá de Jorge, Luisito, Noemí y los mellizos Mizrahi, que son mis amiguitos de al lado de casa —menos los mellizos que son bebés y todavía no saben ni siquiera jugar a nada y maman del pecho de su mami que se llama La turca Victoria Mizrahi. Para peor y además, los mellizos usan pañales porque se hacen caca sin darse ni cuenta. Una vez fui a jugar con Jorge a su casa y había caca de los mellizos en el suelo, a la entrada de la pieza de Los turcos Mizrahi.

El turco Jaime Mizrahi siempre que llueve y también cuando no llueve fuma en la puerta. Desde la ventanilla del auto de papá lo vi varias veces fumando ahí cuando doblamos en la esquina despacio porque ya estamos llegando a casa o sea a la joyería y papá va a estacionar bien junto al cordón de nuestra vereda. Está visto entonces que si fumás en la puerta del negocio llueva o no llueva no te agarrás ninguna pulmonía.  El Turco Jaime Mizrahi nunca tuvo pulmonía, que yo sepa. Vaya a saber, pero estoy casi seguro de que no.

La puerta de la que hablo —esa donde se para a fumar El turco Jaime Mizrahi— es la de la entrada a La flor del día, La verdad es que la entrada son dos puertas de vidrio con marcos de hierro, no una. Esa puerta que son dos puertas tiene una entradita con vidrieras a ambos lados de la entradita. Vidrieritas interiores de esa especie de porche que hace la entrada; no vidrieras grandes como las dos principales de La flor del día: una da a Santa María de Oro y la otra a San Martín, justo frente a la plaza. Es ahí afuera, bien al borde de esa entradita justo donde está el umbral que sirve tanto para entrar y salir del negocio de El turco Jaime Mizrahi como sirve también para que El turco Jaime Mizrahi se pare a fumar.

Entonces no es ningún milagro que sea sobre ese umbral de la puerta de la tienda La flor del día en la ochava misma de la esquina de las calles San Martín y Santa María de Oro donde El turco Jaime Mizrahi se para y ahí está siempre, fumándose un cigarrillo Florida rubio sin filtro. Ahora que lo pienso bien, para mí que El turco Jaime Mizrahi se fuma el rubio sin filtro Florida en el umbral de la entrada para que el olor a humo de cigarrillo no se meta entre los rollos de tela que vende por metro adentro de La flor del día. El humo se va para afuera, para el lado de la plaza. Los rollos de tela se quedan adentro de La flor del día, sin nada de olor a humo de cigarrillo Florida rubio con filtro. Nada, limpitos.

El turco Jaime Mizrahi larga el humo por la nariz curva que tiene. Su nariz es medio como el pico de un águila. Al humo lo larga bien fuerte, resoplando por la nariz como el pico de un águila que tiene en el medio de la cara y el humo le pasa por el bigote pelirrojo bien grueso y espeso que tiene. No lo tiene pelirrojo por el cigarrillo, pienso yo. Como El turco Jaime Mizrahi fuma cigarrillos ‘rubios’ Florida sin filtro, si fuese por el cigarrillo el color de su bigote sería rubio como los Florida, no pelirrojo, ¿ves? Así queda todo bien claro y resuelto ya y de una vez por todas.

La piel de El Turco Jaime Mizrahi es de color medio rosadito tirando para el rojo, y también él es medio pelado, con pelo en los dos costados de la cabeza arriba de las orejas. Ese pelo le va dando la vuelta todo alrededor de la cabeza y así forma una corona de pelo que la rodea toda por atrás y arriba del cuello. Además, el pelo de El turco Jaime Mizrahi es medio ondulado, pero igual El turco Jaime Mizrahi se lo peina sin gomina. El Turco Jaime Mizrahi tiene ojos grises azulados; o sea que no tiene ojos negrísimos furiosos ni tiene un bigotón negro enorme y curvo, ni pelo largo recontra-negrísimo atado bien tirante con un pañuelo de seda multicolor estampado, anudado atrás para sostener en su lugar apropiado una cola de ese pelo negro renegro —medio como la colita que mi mami le hace a mi hermana Pupi para ir a la escuela de las monjas, pero la cola de El turco en cambio sería furiosa y majestuosa. Otras veces a mi hermana Pupi mi mami le hace una o dos trencitas, dependiendo del día. El turco Jaime Mizrahi tampoco usa bombachas de seda roja metidas adentro de un par de botas negras acordeonadas, ni tampoco atiende la tienda La flor del día montado en un caballo árabe con una cimitarra enorme de hoja ancha y curva bien alzada en la mano (si fuese así nadie entraría a comprar, a mí me parece). Así son los turcos que veo en las películas del Canal 7 de televisión o en el Cine Colón los viernes a la noche sentado en la falta de mi mami. El turco Jaime Mizrahi: nada de eso. ¡Qué raro!

El turco Jaime Mizrahi en cambio usa casi siempre camperitas tejidas de lana de la tienda La Porteña sobre una camisa azul celeste que le compró su mujer en El arca y pantalones de tweed (seguro que agarra esa tela de La flor del día) hechos a medida en la sastrería de El flaco Lagar, en Anchorena, casi al lado del Banco Provincia. Para que no se le bajen los pantalones y que no se le vea el calzoncillo los sostiene con tiradores elásticos de lo Petylor. Los zapatos son de la Tonsa de la calle San Martín casi llegando a Colombres. Todo de Baradero, nomás. Nada de Estambul, que yo sepa.

 ¡Ahhhhh! Ahora que dije eso de la nariz curva como el pico de un águila que tiene El turco Jaime Mizrahi en el medio de la cara, caigo: debe ser por eso que mi libro de lectura dice que el General Don José de San Martín que nació en Yapeyú… … … Ya que lo pienso, me interrumpo y comento: Ya-pe-yú decimos todos los nenes y nenas cuando jugamos en la plaza a la noche y tenemos que decidir algo que alguien tiene que hacer o decir. Uno le va tocando el pecho a cada uno con la palma de la mano o con la punta de los cuatro dedos juntos; menos el pulgar, porque eso se hace con la mano estirada y bien recta, recta como la punta de una flecha. Uno la pone así y va estirando el brazo para tocar un pecho cada vez que uno dice (puede ser al final de otro versito previo que no viene al caso) ‘Ya’ (un pecho), ‘pe’ (otro pecho) y ‘yú’ (el tercer pecho). Este ‘yú’ final marca el pecho de ese al que le toca hacer algo o decir algo —según lo decidió el “ya-pe-yú”— cuando jugamos a algo a la noche en la plaza. El Ya-pe-yú se usa principalmente para elegir o decidir quién hace o dice algo cuando jugamos a algo a la noche en la plaza todos los chicos del barrio y algunos a quienes los padres los traen a jugar de otros barrios; también están ahí los chicos que se vienen solos y por su cuenta —capaz que los padres ni siquiera se enteran de nada— a jugar desde otros barrios, por ejemplo Nestitor Barabino o los chicos de Gasparetto, que viven por allá lejos lejos. Hay que ir en el auto de papá. A veces viene también el Mili Genoud. Al Mili Genoud le tenemos un miedo bárbaro porque no conoce el miedo (yo siempre tengo miedo de noche en lo oscuro adentro de mi pieza cuando estoy acostado en la cama solo solo). Además, a Mili Genoud le encanta pelear. La de Semorile en la Escuela número uno dice que la palabra es ‘pendenciero’, pero yo oí que mi tío Antonio tiene una ‘pendencia’ en la municipalidad de San Pedro y nunca lo vi a mi tío Antonio agarrarse a trompadas con nadie. Al Mili Genoud sí. Pero igual el Mili Genoud juega con nosotros, sobre todo a la mancha y a la escondida. No entra ni a palos en ninguna ruedita donde hay que darse las manos y cantar “La farolera trompezó y en la calle se cayó… etc.” porque eso es de nena.

Vuelvo: Como digo, el ya-pe-yú se usa para jugar. Pero, como también digo. en el caso del General Don José de San Martín, Yapeyú se usa para nacer. El General Don José de San Martín nació en Yapeyú.

Entonces ahora que esa diferencia entre el ya-pe-yú y Yapeyú quedó bien clara, sigo con o vuelvo a lo que yo estaba contando: mi libro de lectura de la Escuela número uno General José de San Martín (debe ser por ese nombre de mi escuela que mi libro de lectura de la escuela habla tanto del General Don José de San Martín) dice que el General Don José de San Martín que nació en Yapeyú tiene rostro agudo de pómulos cóncavos (que quiere decir ‘hundidos’: fui al diccionario), mirada firme y enérgica, “nariz ‘aguileña’” y labios finos pero bien delineados. ¿Ves?

Es justo de eso de lo que sólo ahora caigo: el General Don José de San Martín tiene nariz aguileña y la nariz de El turco Jaime Mizrahi padre de mis amiguitos parece el pico de un águila. Por lo tanto, como en las ilustraciones del General Don José de San Martín ­que hay colgadas en los salones de clase de la Escuela número uno General José de San Martín este prócer máximo de nuestra nación siempre aparece con una nariz que también parece el pico de un águila, es seguro que de toda la gente que tiene una nariz que parece un pico de águila, hay que decir que tiene nariz ‘aguileña’. Aguileña = como el pico de un águila. Listo. Ya caí.

Pero, por otro lado, el cantor del Canal 7 … … … Otra vez tengo que interrumpirme, lo siento. Yo me pregunto, ¿por qué le pusieron ‘Canal 7’ y no ‘Canal 1’ si es el primero y único que da televisión por el televisor Zenith de casa y también por los televisores de La Suiza y de lo Viale, que son los únicos en todo el pueblo? Los únicos además del Zenith que papá trajo un viernes a la noche de Buenos Aires porque en la joyería somos representantes de la marca Zenith, claro. Al primer televisor que Zenith le entregó a papá nos los quedamos para nosotros, lógico, ¿no?  Me interrumpo todavía una vez más: mi mami dice que un día la televisión va a ser en colores, como el cine. Creo que mi mami delira, pero lo que sí es verdad es que el cine acaba de lanzar las películas en color por Technicolor.

En el Cine San Martín (como el General Don José de San Martín) la semana pasada dieron El manto sagrado así: en color por Technicolor. Fue aterrorizante y no pude dormir en toda la noche. Me la pasé llorando y mamá tuvo que prender el velador y venir a sentarse a mi lado en mi camita. Seguí llorando hasta que me dormí, pero no dormí en toda la noche, ¿eh?  

Antes de ir de vuelta al asunto del cantor del Canal 7 de televisión estoy obligado a decir esto otro que se me ocurre ahora: Si entre la Escuela número uno General José de San Martin y el cine San Martín se interpone la iglesia San-Tiago Apóstol, ¿no sería mejor a la iglesia también sacarle el San-Tiago y en vez encajarle un San Martín Apóstol, para simplificar las cosas? Así esa esquina quedaría San Martín, San Martín, San Martín. Todo igualito: armónico, como dicen.

De vuelta y como iba diciendo: el cantor del Canal 7 Luisito Aguilé, porque es de él que yo iba a hablar, tiene un apellido que también parece de águila; sólo que para hacerlo raro y diferente, seguro, su papá y su mami le cambiaron el acento de lugar y le encajaron una ‘e’ donde antes iba la ‘a’:  Águila = Aguilé, ¿ves? Sin embargo, la nariz que tiene en la cara el cantor Luisito Aguilé se parece mucho más a la de mi hermana Pupi —medio como un tobogán— que a la del General Don José de San Martín o a la de El turco Jaime Mizrahi, que son ambas como el pico de un águila, como ya dije dos o tres veces. A las narices como la de Luisito Aguilé y la de mi hermana las llaman respingadas.

Y me pregunto, la nariz de mi hermana y la del cantor de Canal 7 Luisito Aguilé, ¿son respingadas como los respingos que dan los caballos de la cochería fúnebre Amigo y Cataldo cuando están enojados o inquietos en sus boxes de la caballeriza? Esto sí que no (‘sí que no’, ¡qué contradictorio!) lo entiendo; tal vez respingada también quiera decir levantada, como levantan la cabeza mañosamente los caballos del padre de Pepi Cataldo que se llama Don José Cataldo (¡también medio parecido a Don José de San Martín, casi casi). Los caballos hacen así con la cabeza cuando están atados en las caballerizas de la cochería fúnebre Amigo y Cataldo. Cuando están respingando así es porque quieren soltarse. Seguro que sí. Bueno, entonces nariz respingada debe querer decir nariz levantada, puntuda para arriba como levantan la cabeza los caballos cuando respingan para soltarse. Listo. Resuelto esto también. La nariz de Luisito Aguilé y la de mi hermana Pupi se llaman respingadas porque tienen la punta levantada como la cabeza de un caballo cuando está respingando. Respingadas. No como la nariz de El turco Jaime Mizrahi ni como la del General Don José de San Martín que son curvas para abajo como el pico de un águila y por eso se llaman aguileñas. Narices respingadas versus narices aguileñas. Muy diferentes; casi lo opuesto.

De todo esto hasta acá lo único que queda como deducción restante es que el El turco Misrahi tiene que ser pariente del General Don José de San Martín, y también que ellos dos no pueden ser nada de ni del cantor del Canal 7 Luisito Aguilé ni de mi hermana Pupi, porque el General Don José de San Martín y El turco Jaime Mizrahi tienen ambos nariz aguileña y Luisito Aguilé y mi hermana Pupi la tienen respingada.

Lo raro es que a pesar de que el cantor Luisito Aguilé tiene apellido de águila modificada, aun así tiene la nariz respingada como la de mi hermana Pupi y no aguileña como el pico de un Águila. Mmm … … … Bueh, debe ser porque el apellido ese se lo dieron los padres para que fuese diferente y raro porque sabían que cuando el bebé Luisito Aguilé creciera iba a existir televisión y él iba a ser cantor por el Canal 7. Pero igual esto sigue siendo medio problemático y viene a complicar todo, porque a pesar de que mi hermana Pupi y Luisito Aguilé tienen los dos ambos dos la nariz respingada, que yo sepa no son —no somos— parientes. Quiero decir que ni mi hermana Pupi ni yo somos parientes de Luisito Aguilé, de eso estoy seguro. Yo soy pariente de mi hermana Pupi y eso es más que suficiente y de eso estoy absolutamente seguro. Tenemos los mismos papá y mami y vivimos en la misma casa, que es la joyería. Estoy seguro: soy el hermano de mi hermana Pupi.

No obstante, aun así mi nariz se parece más a una papa “noisette” —como se llaman las papas chiquitas que vienen con el bife de lomo bien jugoso que me pido en el restaurante La Querencia de Rosario cuando vamos a visitar a mi tío Oscar, que es hermano mellizo de mi papá y tiene la nariz igualita igualita (toda la cabeza es igualita) a la de mi papá. Son mellizos pero a diferencia de los mellizos de Los turcos Mizrahi mi papá y su hermano mellizo no usan más pañales ni maman de la teta de mi abuela María Magetti de Pezzini ni nada, ¿eh? Que quede bien claro, los únicos que hacen eso, y que además hacen caca en el suelo a la entrada de la pieza de su papá y de su mami, que yo sepa, son los mellizos de El turco Jaime Mizrahi y La turca Victoria Mizrahi. Los mellizos no Pezzini.

El asunto este de la diferencia entre la nariz respingada de mi hermana Pupi y mi nariz papa noisette con bife de lomo bien jugoso de La querencia en Rosario Provincia de Santa Fe República Argentina arruinó toda mi línea deductiva. ¡Pucha!

Sigo pensando en las águilas y entonces me doy cuenta de que por otra parte Luisito Aguilé tiene que ser cubano porque canta “Cuando salí de Cuba dejé mi vida dejé mi amor cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”. Esto me hace acordar a las muchas veces en que —cuando mira algo feo en el noticiero del Canal 7 de televisión— mi mami dice, “Parece mentira, ¡cuánta gente sin corazón que hay sobre esta tierra bendita!”. No queda otra: uno de esos des-corazonados de los que habla mi mami es el cantor del Canal 7 de televisión Luisito Aguilé, el medio águila modificada. Luisito Aguile medio águila modificada dejó enterrado su corazón en Cuba ¿No es verdad? Él mismo lo dijo. Está des-corazonado y se lo hizo él mismo. Enterró su corazón en Cuba y allá lo dejó.

Pero volviendo un cachito hacia atrás: ¿Ves? Luisito Aguilé salió de Cuba y el General Don José de San Martín salió de Argentina, como voy a explicar dentro de un cachito. Pupi y yo todavía no salimos de Baradero, pero cuando seamos grande seguro que lo haremos. El Turco Jaime Mizrahi y su mujer salieron de Buenos Aires porque de allá vino para Baradero El turco Jaime Mizrahi con su familia cuando compró La flor del día, según le dijo mi papá a mi mami y yo escuché cuando lo dijo. También —porque mi mami no viene de Baradero sino de San Pedro— mi papá le dijo a mi mami que La flor del día antes de ser La flor del día fue un almacén cuyo nombre no me acuerdo donde Carlitos Gardel cantó varias veces.

Entonces Luisito Aguilé vino de Cuba, el General Don José de San Martín vino de Yapeyú, El turco Jaime Mizrahi vino de Buenos Aires y Pupi y yo vinimos de Baradero. Ahora, Carlitos Gardel algunos dicen que vino del Abasto (eso es en Buenos Aires y hay olor a pescado fuertísimo y a carne colgada fresca y a ajo y cebolla y a todo eso porque el Abasto es un mercado donde hay de todo lo que se come). Sin embargo, otros dicen que Carlitos Gardel vino de Tacuarembó “en la vecina orilla”, que quiere decir el Uruguay, me explicó papá. Y todavía otros dicen que Carlitos Gardel nació en Toulouse, allá lejos en Francia  —por ejemplo, eso de Toulouse se lo oí decir al dandy Biro Suparo un día en que estaba conversando de tango con Maco Peris en su disquería Discomanía de al lado de casa, es decir de la joyería de papá.

Esto cada vez se complica más, porque si esto de que Carlitos Gardel vino de Toulouse es verdad, entonces Carlitos Gardel vino de Francia (y el vino caro caro tinto, rosé y blanco de Francia, también ese vino vino de Francia, pienso yo). En cambio, el General Don José de San Martín vino de Yapeyú y después se fue a Francia. Vino de Yapeyú y se fue a Francia. Se fue “al ostracismo”, dijo la maestra. Bueh, quien lo dijo fue la maestra de tercer grado, la de Semorile. Y todavía lo dice: dice que el General Don José de San Martín se fue al ostracismo en un lugar llamado Boulogne-Sur-Mer.

Yo pienso que El ostracismo debe ser el puerto de pesca de mariscos de ese lugar llamado Boulogne-Sur-Mer. Eso me imagino, porque por el nombre tiene que estar plagado de ostras, allá. Y el General Don José de San Martin se fue para allá para morirse bien bien lejos de acá. “Solo como una ostra”, como dice mi mami de la gente sola como la Pelina Setaro. La Pelina Setaro está enfermita de la cabeza y por eso vive sola y se viste con una media de cada color y habla sola (como una ostra) y a mi mami le da mucha pena y se le mojan y le brillan los ojos cada vez que la Pelina Setaro pasa por delante de nuestra vidriera y se para hablando sola (como una ostra) a mirar las pulseras y los collares y los relojes y los aros y los prendedores y las perlas y las piedras preciosas y la plata y el oro y el platino y todo eso que hay en la vidriera de la joyería de papá. Sin embargo la Pelina Setaro nunca entra ni entró jamás a la joyería para comprar nada porque tiene que estar sola como una ostra porque está loca, como dijeron los muchachos del Hotel de las Naciones cuando la Pelina Setaro pasó hablando sola (como una ostra) por las ventanas del hotel mientras yo en la puerta del Hotel de las Naciones me comía un helado cono de cincuenta centavos. Siempre me lo como de crema vainilla y chocolate porque son mis sabores favoritos.

La Pelina Setaro no puede hablar con nadie porque tiene que seguir estando loca porque es la loca del pueblo. Eso se lo dijo una señora a mi mami en la puerta de la joyería; una señora que es una chusma, dijo mi mami ni bien la chusma se fue. No sé bien qué significa chusma. Pero me parece que un libro de mi hermana Pupi dice que cuando iba a empezar la Revolución Francesa “la chusma” parisina salió a las calles gritando por pan. Esa mujer que dijo que la Pelina Setaro es la loca del pueblo en realidad debe haber parado a decirle eso a mi mami cuando estaba ya volviendo de la panadería, o por ahí estaba yendo. Es decir, yendo por pan, o volviendo, la chusma baraderense le dijo a mi mami eso de que la Pelina Setaro es la loca del Pueblo.

Sigo: la pobre Pelina Setaro —porque está loca y tiene que seguir loca porque es la loca del pueblo— ni siquiera puede hablar con mi mami ni mi papá para comprarles y comprarse aunque más no sea un reloj Girard Perregaux de oro o un Omega de acero inoxidable con veinte años de garantía, uno de esos que mi papá vende en cuotas sin entrega inicial y con crédito a sola firma. ¿Ves?: si la Pelina Setaro no tuviera que estar sola como una ostra no precisaría ni siquiera dar una entrega inicial para llevarse el Omega o el Girard Perreaux puesto en la muñeca de su mano izquierda porque es ahí donde se usa —se usa en la mano izquierda porque para protegerlo el reloj pulsera se usa en la mano que uno usa menos o sea que un zurdo lo usaría en la derecha, pienso yo. Además, la Pelina Setaro se lo llevaría ya con la pulsera justo a su medida porque mi papá se la ajusta, todo ya con el precio incluido en la compra.

Si la Pelina Setaro no estuviera loca y por lo tanto sola como una ostra se podría poner hasta un Patek Philippe bien caro de oro y platino en la muñeca e irse a la calle sin gastar ni un sólo peso (sólo con acento, que así significa ‘un único’. Sin el acento, ‘solo’, en cambio significa ‘sin compañía alguna’, justo como la Pelina Setaro sola como una ostra). Si la Pelina no estuviera loca y pudiera hablar con mi papá se podría llevar el Patek Philippe de oro y platino sin pagar nada hasta que llegase la fecha de la primera cuota. Sin entrega inicial y a sola firma. La firma estaría sola pero la Pelina Setaro no.

Sin embargo, para poder hacer eso, como me doy cuenta y aseguro, primero la Pelina Setaro tendría que hablar con papá o aun (aún sólo lleva acento si significa “todavía”, y acá no significa eso; acá ‘aun’ significa ‘mismo así’ o ‘también’, entonces en este caso va sin acento); como decía, si la Pelina Setaro eligiera no hablar con papá, la Pelina Setaro podría entonces hablar aun-que más no sea con mi mami, quien también le podría vender el Patek Philippe sin entrega inicial y a sola firma.

Desafortunadamente de verdad, la pobre Pelina Setaro sólo puede hablar sola porque está sola como una ostra porque está loca, según dicen los muchachos del Hotel de las Naciones y porque es la loca del pueblo dice la chusma baraderense, mientras yo me como en la puerta del hotel mi helado de cincuenta centavos que es un cono de crema vainilla y chocolate porque a mí me gusta así. Yo me como un helado y la pobre Pelina Setaro se queda sin Patek Philippe de oro y platino, sin Girard Perregaux de oro, y sin ni siquiera el Omega de acero inoxidable con veinte años de garantía y crédito a sola firma porque tiene que seguir loca.

 Bien triste. Bien bien triste; bien bien bien triste retriste. Pienso en la Pelina Setaro sola como una ostra como cuando una ostra está dentro de su casa que esa una concha cuando no es mala palabra, que entonces ahí se puede decir, pero hay que aclarar que es la concha de una ostra, no la otra de la cual está prohibido hablar.

Pienso en la pobre Pelina Setaro dentro de su casa sola como una ostra dentro de su concha de ostra y los ojos se me llenan de agua ahora mismo mientras pienso en esto y en ella; se me llenan los ojos de lágrimas y ahora mismo me chorrean por los cachetes y me caen sobre la camisita blanca de algodón que me puso mi mami esta mañana cuando ya estaba yo pensando porque pienso todo el tiempo sin parar de pensar en todo, y me caen las lágrimas y hacen montañitas húmedas sobre mi camisita blanca de algodón que estaba hasta ahora limpita limpita pero se mojó porque pensé en la Pelina Setaro y estoy llorando como llora mi mami cuando la mira a la Pelina Setaro mirar el Patek Philippe de oro y platino en la vidriera de la joyería de papá.

Mi mami llora y la mira por atrás del visillo del fondo de la vidriera porque se ve para afuera pero no para adentro. Así mi papá y mi mami pueden ver a los clientes y qué miran los clientes en la vidriera sin que los clientes puedan ver que los dueños de la joyería —es decir, mi papá y mi mami— los están mirando a ellos.

Esto me hace acordar que una vez estaban conversando El turco Jaime Mizrahi, su gerente que es otro turco —El turco Alberto Hisi— y el empleado pintonísimo que la tiene loca a nuestra mucama Ester, uno que se llama Rodolfo; alto, delgado, erecto y morocho; no turco. Los tres estaban conversando y yo fingía que jugaba a medir telas sobre uno de los mostradores de La flor del día, porque están marcados en el borde centímetro a centímetro para medirlas sin necesidad de ir al rincón donde están los metros de madera para agarrar uno de esos metros de madera y medirlas. No sé para qué los tienen si no se necesitan.

En realidad, yo no estaba jugando sino escuchando con disimulo —como lo hago siempre— la conversación de esos tres grandes: El turco Jaime Misrahi les contaba a El turco Alberto Hisi y a Rodolfo no turco de un hombre de Buenos Aires llamado Jacobo Chab-Tarab —“un colega ‘de la colectividad’”, le aclaró El turco Jaime Mizrahi a El turco Alberto Hisi, mirándolo bien a los ojos para que entendiera, pienso yo. No me olvidé más el nombre de Jacobo Chab-Tarab. Me lo guardé bien guardado en la memoria porque Jacobo Chab-Tarab parece un nombre de turco a caballo árabe con bombachas de seda, pañuelo de la misma tela atado en la cola del cabello recontranegro bien tirante y cimitarra en alto en la mano derecha (eso si ese turco no es zurdo). O al menos Chab-Tarab parece el nombre de un luchador de catch-as-you-can, digamos Taras Bulba. ¿Ves?: vulva —en cambio, cuando escrito así, con dos ‘v’ cortas— significa otra cosa que no viene aquí al caso ni en este momento y de la que no se puede hablar.

Bueh, lo que El turco Jaime Mizrahi les decía al gerente turco y al empleado no turco de su tienda La flor del día, a propósito de su colega ‘de la colectividad’, es que Jacobo Chab-Tarab tiene una lencería en Buenos Aires. El negocio queda en Belgrano (otro General, como el General San Martín), justo en la esquina de las calles Pampa y Cabildo, les dijo El turco Jaime Mizrahi. Eso tampoco me lo olvidé nunca más porque La Pampa es una provincia argentina y también pampa es un campo llano. Cabildo ni hace falta que lo explique. Sólo doy la fecha: 25 de mayo de 1810.

Ahora bien, lo que pasa en la lencería de Belgrano de Jacobo Chab-Tarab de la colectividad es que el fondo de los probadores da a la oficina de la trastienda de la lencería y ese fondo está hecho todo con esos espejos dobles o de dos lados que siempre hay en las salas de interrogación de las comisarías de las series policiales que dan por el Canal 7 de la televisión, como La ciudad desnuda o Mike Hammer, por ejemplo.

 Jacobo Chab-Tarab, colega y ‘de la colectividad’ de El turco Jaime Mizrahi, se sienta a su escritorio (la suya es una lencería importante de Buenos Aires donde atienden cuatro empleadas y dos empleados, no se si turcos). Entonces, sentado y desde ahí —gracias a los espejos dobles de los probadores de su lencería— Jacobo Chab-Tarab puede observarlas mientras las clientas se miran en el espejo de los probadores; las puede ver antes, durante y después del proceso de ponerse y sacarse la ropa que llevaban puesta cuando entraron a comprar. Las ve también desnudas y además las ve ponerse y sacarse los corpiños, los corsets, las fajas y las bombachas que Jacobo Chab-Tarab vende en la lencería de Pampa y Cabildo en Belgrano. Las observa mientras ellas se miran a sí mismas para ver si les gusta o no les gusta la ropa interior que se están probando y decidir si compran o no compran lo que se prueban. Por ahí piden otro tamaño más grande o más chico, según como les quede. De toda esta observación y de este modo, Jacobo Chab-Tarab puede formarse “una opinión muy autorizada” sobre “cómo calzan” y “como visten” las prendas de ropa interior que vende en su lencería,

 El turco Jaime Mizrahi les dijo a El turco Hisi y a Rodolfo no turco que —de toda la gente “que existe en la profesión”— Jacobo Chab-Tarab es el lencero con el conocimiento más profundo y la mayor experiencia práctica con respecto a la calidad y diseño de la mercadería que vende: Jacobo Chab-Tarab es la máxima autoridad en lencería de toda la Argentina.

Yo pienso en todo esto y lo asocio con lo que quiere decir esa cosa de las bulbas, como Taras Bulba pero con ‘v’ corta, porque aunque los grandes siempre hablan difícil, yo me doy cuenta de que Jacobo Chab-Tarab debe además tener un montón de experiencia sobre cómo es el aspecto de esa cosa que significa la palabra bulba cuando va con ‘v’ corta. Yo siempre escucho a los grandes mientras conversan, porque escuchándolos aprendo un montón.

El General Don José de San Martín se fue a ese puerto de El ostracismo allá en Francia, en Boulogne-Sur-Mer, bien bien bien lejos de la Escuela Número Uno General José de San Martín. Debe haberse ido volando como un águila, me imagino yo. Y ahora que lo pienso, ¿Las águilas, comen o no comen ostras? Y además pienso que como el General Don José de San Martin es medio águila, no le quedaba otra que cruzar los Andes y ya que estaba del otro lado aprovechó y se fue a libertar a Chile y al Perú. De paso cañazo, como dice mi papá de esas cosas. Porque allá por las altas cumbres sólo llegan los cóndores y las águilas (mamá está leyendo un libro que se titula Cumbres Borrascosas; debe ser la historia del General Don José de San Martín).

 Entonces me sigo preguntando, los cóndores ¿son los maridos de las águilas? La respuesta sólo puede ser ‘no’, porque El general Don José de San Martín —aunque fuese medio águila y cruzase los Andes como las águilas porque no le quedaba otra: o sea, no le quedaba otra por tener nariz aguileña— era hombre y bien hombre. Sin embargo, arriba del cóndor de la plaza hay un cóndor que creo es de fierro negro y abajo a media altura está parado un General Don José de San Martín también de fierro negro. Es bastante más bajo y más gordito que el que hay en las láminas de la Escuela número uno General José de San Martín, pero ambos —el de fierro negro y el de las láminas— tienen una nariz bien bien aguileña. Sin esa nariz el General Don José de San Martín no sería medio águila para que no le quedase otra que cruzar los Andes y entrar a los libros de historia de la Escuela número uno, ¿no? Lo que me pregunto es por qué —ya que el General Don José de San Martín es medio águila debido a eso de la nariz aguileña— no le pusieron en la cima de la pirámide de la plaza un águila en vez de un cóndor. Haría mucho mucho más sentido, para mí.

Esto que hago cuando y mientras pienso para poder contarlo no tengo duda de que se llama hacer filosofía, o por ahí hacer meditación filosófica, como la que hacía Descartes, que por el apellido debe ser pura basura. Todo lo que se descarta es basura. Sin embargo, Descartes figura en uno de los libros de lectura del colegio secundario de mi hermana Pupi que ya va a la escuela de las monjas de la esquina de la bajada al puerto. El puerto queda allá en el bajo al final de la bajada. El colegio de las monjas se llama San José. Baradero está lleno de santos: empezando por San Martín, siguiendo con San-Tiago Apóstol y ahora San José, ¡me cacho!

Lo que quiero decir es que leyendo esos libros del colegio que lleva en el portafolios a las monjas mi hermana Pupi, me enteré eso de que los filósofos hacen más o menos lo que yo hago, o por ahí, viceversa: yo hago lo que ellos hacen, pero el orden de los factores, dice el libro de matemáticas… No importa.

Descartes quiere decir basura o cosas que no sirven para nada. Pero para algo sirve porque leyendo ese libro de mi hermana Pupi que ya está en la secundaria del colegio de las monjas de la esquina de la bajada al puerto (el puerto queda allá en el bajo al final de la bajada), me entero de que Descartes piensa todo el tiempo y hace deducciones como yo, y ahí dice que eso se llama hacer filosofía. Filosofar. Aprendo todo eso leyendo la filosofía de Descartes, ¿ves?

Descartes tiene el pelo largo como una mujer pero es hombre bien hombre como el General Don José de San Martín. Tiene el pelo largo y rizado como lo tiene la Mónica Húber que va con mi hermana Pupi al colegio secundario de la escuela de las monjas. Nada más que Descartes tiene el pelo castaño rizado natural pero la Mónica Húber lo tiene rizado y rubio porque la madre, que es cordobesa como el doctor Daneri y habla con el mismo cantito del doctor, se lo tiñe de rubio a la Mónica Húber con agua oxigenada y se lo riza con ruleros. Eso dijo mi mami. Pero Descartes lo tiene así natural y nada más que porque en esa época se usaba así. Descartes además tiene nariz aguileña como el General Don José de San Martín y El turco Jaime Mizrahi de la tienda La flor del día.

El Descartes del libro de lectura de mi hermana Pupi hace meditación filosófica dice el libro y dice que cuando meditó dijo pienso y luego existo. Entonces yo existo un montón porque no puedo parar de pensar desde que nací y si nací y no puedo parar de pensar es porque existo y es por eso que existo o sé que existo. ¿O existo porque nací?; ¿o pienso porque nací y sólo entonces existo? Tengo que preguntarle a mi mami este asunto delicadísimo porque no sé cuál es que va primero (o mejor se lo pregunto a mi hermana Pupi que lo está estudiando).

No sé por qué ni tengo el menor fundamento para esto, pero intuyo que cuando yo sea grande y casi viejo el temita este va a armar un despelote enorme entre las cabezas de la gente que medita-piensa-filosofa y la gente que oye y acepta lo que le dicen los otros que sí piensan, aun cuando estos últimos les digan mentiras absurdas.

¿Uno existe cuando piensa? Por otro lado, esos que para no tener que complicarse la vida siguen y hacen lo que los que piensan les dicen, ¿también existen? ¿Cómo existen o saben que existen si solamente uno existe o sabe que existe después de pensar? O entonces, esas basuras que parece encerrar el nombre de Descartes, que parecen cosas que no sirven para nada, ¿serán realmente ideas importantísimas y Descartes se llama así para disimular y poder seguir hablando y explicando sus ideas, como una forma de protegerse? Seguí escuchándome un poquito más y te vas a dar cuenta de por qué digo esto. Al final, los padres de Luisito Aguilé cuando le modificaron el águila también tenían sus razones e intenciones, ¿te acordás?

¿Está equivocado Descartes? Y si está equivocado, ¿por qué las monjas del colegio de las monjas allá en la esquina de la bajada al puerto (el puerto está allá en el bajo al final de la bajada) se lo hacen estudiar a mi hermana Pupi que ya está en el secundario y dice que cuando sea grande va a ser profesora de filosofía?

Sigo pensando en esto porque me parece muy importante, fundamental:

¿Uno existe justo cuando nace? ¿O uno existe sólo después de nacer, o sea cuando puede ya pensar, como asegura el filósofo que tiene nombre de lata de basura llena de cosas que no sirven para nada, René Descartes? ¿Qué posibilidad queda acá? La única que me imagino que queda es que uno exista antes de nacer, pero esta última idea o posibilidad parece “medio traída de los pelos”, como dice Juancito Szajnowicz, de quien dicen los muchachos del Hotel de las Naciones que es el tipo más inteligente del pueblo. “Aunque parezca medio traída de los pelos, a una línea de pensamiento hay que seguirla adonde sea que a uno lo lleve; aun cuando parezca traída de los pelos”, dice el sabio Juancito Szajnowicz (¡este apellido sí que es complicado de decir!, mucho peor que tener que decir todo junto MizrahiTarasBulbaChabTarab. Compará: Szajnowicz. Exceso de consonantes y casi ausencia de vocales. Eso mata. ¿Será turco?

Sigo esa línea de pensamiento aunque parezca medio traída de los pelos, como indica el sabio del pueblo, Juancito Szajnowicz (¡Uuufff! ¿Cómo se pronuncia?):  si uno antes de nacer no piensa, no puede decirse a sí mismo ‘pienso luego existo’, como se dijo a sí mismo Descartes en el libro de mi hermana Pupi. Si uno existiese ya desde antes de nacer y de empezar a pensar, eso entonces contradiría lo que afirma el pensador pura basura, o sea Descartes. Por otro lado, si primero pienso y sólo (con acento, que en este contexto significa ‘únicamente’) luego (que significa simultáneamente ‘después y entonces’ o ‘en consecuencia’) existo, pero en cambio antes de nacer no pienso, como resultado veo que antes de nacer no existo. Uno no puede existir antes de nacer, porque es sólo después de nacer que uno empieza a pensar, como solamente después de nacer es que uno empieza a saber el nombre de las cosas, a hablar y a caminar. Todo eso es consecuencia de haber empezado a pensar. Pensar: Existencia.

 Listo, ¿ves? Otro problema solucionado. Así nomás y de una solucioné un problema que va a armar un despelote enorme cuando yo crezca y ya sea casi viejo y en ese entonces y sobre este asunto “la sociedad esté dividida” entre los que piensan y filosofan y los que simplemente aceptan lo que otros dicen, porque es mucho más fácil y ven al otro como “la autoridad en el asunto”: Como Jacobo Chab-Tarab con respecto al tema lencería y al tema Taras Bulba pero con la ‘v’ corta. Conclusión final: me quedo con Descartes cuando él también concluye que uno sólo existe o sabe que existe cuando puede pensar y lo hace —y no antes de eso. Tiene lógica, ¿no?

Digo esto porque hay más todavía. En realidad, la idea completa que el filósofo Descartes en realidad expresa es algo así como “si dudo pienso y si pienso, luego existo”. ¿Ves?

Todo comienza con la duda. Y dudar es mucho más difícil que aceptar lo que otro dice. Dudar es estar en lo oscuro, perdido como turco en la neblina —como lo estoy yo que vivo pensando en lo que dudo— entonces para salir de la duda no queda otra que pensar como yo estoy pensando ahora y siempre. Pero si viene mami y me dice cómo son las cosas, por ejemplo que si salgo a la calle cuando llueve me agarro una pulmonía, no me queda otra que creerle porque mami es la autoridad de mi casa, y a la autoridad hay que obedecerle de inmediato y sin pensar, como en el ejército. Esos que le dicen a la gente lo qué creer y cómo pensar se presentan siempre como alguna forma de autoridad. Como la de Semorile, mi maestra del tercer grado, sin ir más lejos: cuando la de Semorile nos dice que El General San Martín se fue morir al ostracismo en Boulogne- Sur Mer le creemos y se lo aceptamos sin dudar. Ipso Facto: es la maestra, ¡qué diablos! Te recuerdo que sospecho que El Ostracismo debe ser ese puerto de pesca de mariscos lleno de ostras con conchas de ostra de Boulogne-Sur-Mer, no queda otra: El Ostracismo es el puerto de Boulogne-Sur-Mer así como El Pireo es el puerto de Atenas. creo yo. Atención: más sobre Atenas, a continuación.

Pero yo, de quien le dijo la maestra a mi mami que “es un nene muy precoz pero tiene que quedarse quieto y hacer silencio en clase”, en secreto me pienso filósofo porque hago lo que dice el libro de mi hermana Pupi que hacen los filósofos. Pienso y aun cuando acepto la palabra de la autoridad porque soy chiquito, no dejo de pensar en lo que me dicen todos y lo que me dice cualquiera: lo analizo por todos los costados y desde cada ángulo: no puedo evitarlo porque dudo y desconfío. Dudo, pienso, luego existo.

Desconfiados y dudosos como yo conozco principalmente a uno de quien me hablaron dos personas: una es mi catequista del curso de catecismo para la primera comunión de la Acción Católica Argentina, la señorita Righini, allá a la vuelta de la iglesia por la parte de atrás, cerca del particular de la señora de Raggio. La Fita Raggio.

Tengo dos particulares; uno para la Escuela número uno General José de San Martín con la señora de Raggio, la Fita Raggio, y el otro es un particular para el catecismo. Este particular número dos (pongo los números bien ordenados, no como el Canal 7 que es el primero por lo tanto 1 pero le encajaron ese número siete re-absurdo) es el particular del catecismo y a éste me lo da la señora de Daubián, quien también me da clases de piano. Esta es la segunda persona que me contó de ese, quien, como yo, duda todo el tiempo.

Estas dos maestras de religión me contaron que ese dudaba tanto que le tuvo que meter la mano en la herida que la lanza del soldado romano le había dejado en el vientre a Jesús. A mami siempre le duele mucho el vientre –así lo dice muy a menudo—  pero nunca la agarró ningún soldado romano con una lanza en la mano.

Santo Tomás. Así se llamaba el dudador ese.

Pero su duda era una única duda: Santo Tomás no sabía si ese que se le apareció después de que Jesús ya había sido azotado, torturado, coronado de espinas, crucificado, obligado a beber vinagre o hiel (¿cuál de los dos, al final, eh?) era Jesús mismo. Eso quiere decir que dudaba si ese Jesús que al tercer día resucitó de entre los muertos y se le apareció era Jesús resucitado o sea Dios o no.

En absoluta coincidencia mis dos catequistas —la oficial de la Acción Católica Argentina y la que me da las clases de catecismo particular junto con las de piano—  dicen que Jesús al tercer día resucitó de entre los muertos. Ambas coinciden también en que Jesús le ofreció a Santo Tomás que le metiera nomás la mano en el agujero del costado de una vez por todas, así se convencía de que el Jesús con quien Santo Tomás se deparaba era el mismo Jesús que había estado clavado y que había muerto allá arriba en la cruz.

Para que acabara la duda sería suficiente que Santo Tomás metiera la mano en el agujero que había hecho la lanza del soldado romano en el costado a Jesús. Pero, por otro lado (¡Oh, Dios resucitado al tercer día de entre los muertos, ayúdame que no puedo parar de pensar!), resulta que a Jesús por andar por ahí diciendo que era dios y otras cosas que pensaba pero que no debió decir, lo crucificaron y lo obligaron a beber vinagre o hiel. Fui al diccionario a ver y hiel es la bilis que segrega la vesícula. Pero no se sabe bien si a Jesús en la cruz lo hicieron beber vinagre o hiel o ambos mezclados. No se sabe bien cuál tuvo que beberse ni para qué. Tampoco se sabe bien si se lo dieron en un cáliz o con una esponja. Tampoco se sabe bien eso. Para complicar las cosas, Jesús dijo en la cruz, “Padre, aparta de mí este cáliz”. Los de la esponja tienen menos evidencia, ¿no? Eso creo yo.

Creo también que todo esto sirve para contrastar con lo que le pasó a otro filósofo que casi casi inventó la filosofía por pensar y decir todo el tiempo eso que pensaba; dudar y andar haciéndole preguntas a la gente por ahí y hablar de cosas que no debía: No lo torturaron ni lo azotaron ni le pusieron una corona de espinas ni lo clavaron a una cruz. Simplemente lo obligaron a tomarse una cosa mucho peor que el vinagre (que papá le echa junto con el aceite y la sal a la ensalada de tomate y lechuga) y mucho peor que la hiel. Mi mami, cuando le pido y me da un cachito de bife mientras lo hace a la plancha, me dice, “tomá; un pedacito nomás para que no se te rompa la hiel”. Creo que cuando mi mami dice “la hiel”, se refiere no a la hiel sino a su fuente: la vesícula, ¿la puede romper el deseo de comer alguna cosa, un pedacito de bife de la plancha, por ejemplo?

Vuelvo al filósofo ese de quien estaba hablando, uno que pensó y habló y preguntó demás —vas a ver que ese “sabía demasiado”—. Porque este tipo creaba un problema constante al diseminar tantas ideas por ahí, las autoridades se enojaron y le hicieron tomarse la cicuta. La cicuta es una especie de té de yerba venenosa que le hizo doler mucho el vientre, mucho más que lo que le duele el vientre a mi mami. Le dolió tanto tanto que el filósofo se murió de dolor, que es lo que pasa cuando uno toma veneno. Nélida, la chica de la cocina de casa, me contó que su mamá se tomó una caja de veneno de ratas y se murió, como Sócrates. Ese era el nombre del filósofo que se tuvo que tomar la cicuta para morirse. ¿Ves?

 Ese filósofo era medio como los “desamparados” de hoy. Desamparado quiere decir sin casa, sin amparo. Sócrates no tenía casa: Homeless. A los que no tienen casa les inventaron el nombre en los Estados Unidos, donde está lleno de esos y eso que es el país más rico de la tierra. Deben ser todos filósofos como Sócrates, los homeless. Deben ser como ese filósofo sin casa que vivió en una caverna y a veces en una carpa de un general (Como nuestro Don José de San Martín) llamado Alcibíades. Todo esto pasó allá lejos en Grecia, en un lugar llamado Atenas. El General Alcibíades vino de Atenas, que queda mucho más lejos que Buenos Aires, Yapeyú, Ciudad de Córdoba, Belgrano y hasta más lejos que Boulogne-Sur-Mer.

Atenas. Ese es el nombre de la ciudad del señor ese, Sócrates, de quien se dice en el libro de mi hermana Pupi que casi casi inventó la filosofía (que quede claro: quien casi casi la inventó fue ese señor que se llamaba Sócrates, no mi hermana).

El libro dice que Sócrates ‘casi inventó’ la filosofía. El “casi” es porque hay o hubo otros señores en Grecia que pensaban y hablaban todo el tiempo de lo que pensaban —por lo tanto eran filósofos—  ya antes de que Sócrates se pusiese a pensar él mismo y a preguntar y a bocinar lo que pensaba. Como pensaban antes que Sócrates pensara, esos señores se conocen como “filósofos presocráticos” (‘pre’ quiere decir antes, ¿ves?) Me pregunto si la cicuta no se había inventado todavía cuando los presocráticos pensaban y abrían la boca para bocinar lo que pensaban. Caso contrario, si ya existiese o se hubiera descubierto la cicuta, mucho más dolor de vientre allá por Grecia. Aún antes de Sócrates

Sé todo esto porque cada vez que mi hermana Pupi vuelve de la escuela de las monjas (quienes creen fervientemente que Jesús es Dios Nuestro Señor y no tienen ninguna duda porque aceptan de plano la autoridad del Papa), yo le robo los libros y me leo todo porque siempre necesito eliminar algunas dudas. Las dudas son incómodas y muchas veces me asustan. Hay que eliminarlas como los mellizos eliminan la caca en el suelo de la entrada a la pieza de Los turcos Mizrahi. Es por eso que pienso todo el tiempo y necesito ayuda de los libros para eliminar las dudas.  

Sigo.

El doctor Daneri y la mamá de Mónica Húber hablan con el mismo cantito porque vienen de Córdoba. Y pienso yo: si tienen el mismo cantito porque vienen de Córdoba —porque toda la gente de Córdoba tiene el mismo cantito— a pesar de que nunca lo escuché hablar al General Don José de San Martín, porque igual que Jesús Cristo se murió mucho antes de que yo naciera, estoy seguro de que sé cómo suena su voz. ¿Que por qué lo sé? Lo sé porque sé cómo suena la voz de Juancito El Peregrino, quien canta con Raulito Barbosa en el Festival de Música Popular Argentina de Baradero.

Hace pocos días durante el festival fuimos con mi mami y papá a cenar en la calle Anchorena. Fuimos a comer después de la plaza al restaurante de Pereira, quien es cliente de la joyería y dueño de El buen Raviol. Resulta que Raulito Barbosa y Juancito el Peregrino se sentaron a la mesa de al lado. Conclusión: me pasé la cena entera escuchando cómo Raulito y Juancito charlaban en correntino para poder saber bien bien bien cómo hablaba el General Don José de San Martín

Juancito El Peregrino viene de Corrientes y lo escuché hablar con Raulito Barbosa, así que desde ese entonces sé cómo suena el cantito de los correntinos. Yapeyú queda en la Provincia de Corrientes. Como el General Don José de San Martín viene de la Provincia de Corrientes tiene que hablar igualito a como habla Juancito el Peregrino. No preciso ni escuchar un disco de 78 RPM con la voz grabada del General Don José de San Martín —si tal grabación existiese, porque claro que no existían estudios de grabación en tiempos del General Don José de San Martín, ¿no? No importa. Decía que no preciso de dicha grabación en un disco de 78 RPM porque escuchando atentamente a Juancito el Peregrino supe cómo habla el General Don José de San Martín.

Un disco de 78 RPM se banca setenta y ocho revoluciones por minuto, pienso además. Que yo sepa, hasta ahora los argentinos nos bancamos solamente dos: La revolución de mayo de mil ochocientos diez (por eso no me olvido de la calle Cabildo de Jacobo Chab-Tarab, el colega ‘de la colectividad’ de El turco Jaime Mizrahi). La otra y segunda revolución se llama La revolución libertadora de septiembre de mil novecientos cincuenta y cinco. Esa ya me la tuve que bancar yo. Papá y mi mami me fueron a buscar a la Escuela número uno General José de San Martín y me llevaron agarrado, uno de cada mano, la derecha y la izquierda aunque soy zurdo. De esa forma, yo en el medio y mi mami y papá llevándome de las manos, cruzamos rápido toda la plaza en diagonal hasta llegar a la joyería. Estaba lleno de gendarmes con fusiles máuser y no había nadie por la calle. De eso no hace ni diez años todavía; yo ya estaba en primero inferior y mi maestra era la Luli Salaberry, quien poco después tendría ella misma un par de mellizos. Coincidencias.

No sé cuánto tiempo va a pasar hasta que los argentinos lleguemos al mismo número de revoluciones del disco de dos lados de 78 RPM (“Lado A” y “Lado B”, dice en cada lado del disco). En uno de esos se podría haber grabado la voz correntina del General Don José de San Martín en el lado A y la de Juancito El Peregrino en el lado B. Digo, para compararlas, ¿no?

Setenta y ocho es un montón, pero dice uno de los libros de Pupi que el tiempo y el espacio son infinitos. El infinito no acaba nunca: el tiempo infinito no termina nunca. Los argentinos podemos esperar el tiempo que sea, entonces quizás algún día, si todo sale bien (o todo mal, dependiendo), por ahí tendremos ya en nuestros libros de historia el relato de setenta y ocho revoluciones, como el disco de lado A y lado B. Pero no en un minuto. Seguro que lleva tiempo.

¿A dónde iba yo con todo esto? Ni idea.

¡Ah!, sí: decía que el General Don José de San Martín es correntino pero El turco Jaime Mizrahi es turco de Buenos Aires. Además, papá dice que ‘turco’ está mal, porque El turco Jaime Mizrahi no es turco sino un judío de Villa Crespo, que es un barrio judío de Buenos Aires. Papá dice que Buenos Aires está lleno de judíos porque nuestra Argentina es uno de sus refugios. Argentina es un país generoso y hospitalario que aceptó a ‘la colectividad’ judía para que se refugiase aquí, ya desde principios mismos del siglo XX y aún antes. Ahora sé que decirles turcos a esos judíos es un craso error: papá dice que en realidad les dicen turcos porque vinieron de un lugar donde hay camellos y otras cosas similares a las de Turquía. Sin embargo, papá me aclaró mientras mirábamos por el Canal 7 un programa sobre la Segunda guerra mundial que esos judíos que uno por error llama turcos vinieron no de Turquía sino de países al sur de Turquía, en una zona del centro-sud-oeste asiático que se llama el Medio Oriente. Vinieron de Siria, del Líbano, de la Palestina, de Jordania y de otras zonas de esa región cuyos nombres papá no me dijo porque acabaron los anuncios y el programa recomenzó. Papá me dijo también que hay otros judíos distintos en Argentina, pero que estos vinieron mucho después, ya a mediados del siglo XX y hace muy poco. El programa de televisión que mirábamos hablaba justo de esos judíos que vinieron a Argentina en la segunda tanda, digamos.

Después de que papá me dijo que hay dos clases distintas de judíos que llegaron a Argentina de continentes diferentes en épocas diferentes, no hubo nada que hacer: no me quedó otra que irme a la enciclopedia Barsa que hay en la biblioteca de casa, porque en la biblioteca de casa además del piano y un montón de libros distintos, también tenemos una enciclopedia Barsa. A la enciclopedia la dejó como garantía un cliente a quien papá le prestó plata —¡uy!, igual que sucede con los relojes Omega de acero inoxidable, que vienen con una de veinte años.

Ese día yo estaba jugando en el negocio, atrás de la mesa de trabajo donde papá arregla los relojes que tienen la garantía vencida y entonces papá no los puede enviar al servicio oficial de la marca. Todos los servicios oficiales de todas las marcas están en Buenos Aires, entonces hay que mandar todos los relojes que todavía están en garantía a la Capital. Los otros sin garantía o con garantía vencida van a la mesa de trabajo de papá, que es quien los arregla. Es un capo en eso, mi papá.

Sucedió entonces, como iba diciendo, que mientras yo jugaba con mis autitos Scalextric atrás de la mesa de trabajo de la joyería, ese cliente vino con una caja de cartón enorme con el logo de la enciclopedia Barsa afuera y la enciclopedia Barsa adentro. Le pidió plata a papá y le dijo que le dejaba la enciclopedia como garantía. Un tiempazo enorme después (o así me pareció a mí; qué sé yo) o porque papá se cansó de esperar o porque se venció la garantía como sucede con los relojes Omega de acero inoxidable después de veinte años, no sé bien, papá fue con la caja de la enciclopedia Barsa a la biblioteca, la abrió y puso los quince volúmenes color bordó en el estante del medio. A la hora de la cena, en la mesa mientras comíamos los bifes con papas hervidas y ensalada de lechuga de tomate con aceite, vinagre (sin hiel, es decir, sin bilis) y sal, con voz seria y medio solemne, papá nos dijo a mi mami, a Pupi y a mí que podíamos leerla porque el cliente nunca más la vino a retirar. Después de comer, me fui a leerla.

Leí el primer libro hasta que me quedé dormido.Mi mami debe haber subido la escalera conmigo en brazos y me puso en la cama. Al menos, fue ahí que me desperté con el olor de las tostadas que llegaba de la cocina a la mañana siguiente.

Como decía y volviendo a nuestro asunto: después de que terminó el programa sobre la Segunda Guerra mundial, me fui entonces a la enciclopedia Barsa y aprendí que los judíos mal llamados turcos, esos que vinieron del medio oriente (Siria, el Líbano, la Palestina, etc.) se llaman sefaradíes o sefardíes, cualquiera de esas dos palabras significan lo mismo; mientras que los que vinieron después (del norte de Europa), se llaman ashkenazis. Este nombre en sí mismo encierra una coincidencia muy desgraciada —trágica o irónica—, ya que los judíos ashkenazis no tienen absolutamente nada (y todo) que ver con los nazis. Gracias a la Barza (o por desgracia: todo tiene dos aspectos contrarios, según un principio budista llamado Zen, pero eso queda para otra) me enteré de toda esta historia tan tan tan reciente.

Lo que aprendí me hizo dar rabia y vergüenza. Mucha rabia y vergüenza al darme cuenta de que hasta ese momento había estado pensando y refiriéndome a mis vecinos judíos sefardíes o sefaradíes, o sea a Jaime Mizrahi y a su mujer Victoria Mizrahi como El turco y La turca, al igual que me había estado refiriendo al señor Alberto Hisi como El turco Alberto Hisi. Todos estos dignos y nobles judíos sefaradíes o sefardíes que conozco o andan por ahí, son refugiados o descendientes de refugiados de esas antiguas y nobles tribus, que han sido perseguidas por milenios en el medio oriente y después ya en la diáspora: la Barsa usa esa palabra —diáspora— para referirse a los judíos esparcidos por el mundo en consecuencia de esa fuga de la persecución asesina de la cual han sido objeto durante ya hace más de dos milenios. Pensé en Jesús, ese judío rebelde, y también en Sócrates —ese griego rebelde de un pueblo poderoso, los griegos, cuya tierra en esa época incluía también a Turquía. Paradojas.

Lo digo e insisto una vez más: por medio de mi curiosa lectura de la enciclopedia Barsa entendí que mis vecinos Jaime Mizrahi y su esposa Victoria Mizrahi (que ella sí parece turca o árabe) y también el gerente de la tienda La flor del día, Alberto Hisi y hasta su colega “de la colectividad” (cuando Jaime Mizrahi dijo esto, ahora entiendo, él se refería a la totalidad de la población judía en Argentina), Jacobo Chab-Tarab, son todos dignos y nobles judíos sefaradíes o sefardíes, los hermanos étnicos o raciales de los otros dignos y nobles judíos refugiados más recientes, los ashkenazis. Los recién llegados ashkenazis —nobles hermanos étnicos o raciales de los sefaradíes o sefardíes— a su vez son o sobrevivientes de los campos de concentración nazis o los que escaparon raspando de ese horror nazi del norte de Europa.

Profesionales, científicos, obreros, músicos, artistas, artesanos, abuelos, padres, madres, hijos, hijas, hermanos y hermanas, primos y primas, nietos y nietas; todos esos tuvieron que huir de sus puestos de trabajo, de sus escuelas, de sus hogares y de sus tierras cuando un tal Adolfo Hitler empezó a aprisionarlos, torturarlos, hacer experimentos biológicos y físicos muchas veces mortales. Hitler comenzó a asesinarlos a mansalva o a mandarlos hacia los campos de concentración, a sus cámaras de gas y sus hornos, allá en el norte de Europa, que en ese momento era un territorio ocupado y dominado por una Alemania nazi que se expandía y crecía continuamente. Fue por eso que huyeron los judíos ashkenazis que hace poco llegaron a Argentina; fue así que devinieron refugiados.

Pero vuelvo para atrás otro cachito atrás, para no pensarlo mejor: esto de quemar gente en hornos no lo entiendo y no trato de meditarlo porque es demasiado horroroso pensarlo y después a la noche tengo pesadillas y mamá tiene que encender el velador y venir a sentarse al borde de mi camita a consolarme.

Creo que todo lo que uno puede entender se llama “racional”, porque tiene que ver con la razón. Lo contrario, lo que no se puede entender ni explicar —como es lo contrario al uso de la razón— se llama “irracional”.  Hay todavía otras expresiones para hablar de lo que está cierto y de lo que está errado o de lo que está correcto y de lo que está incorrecto o equivocado, que sólo pueden haber derivado de ese principio: me refiero a cuando uno habla de ‘tener razón’ o ‘no tener razón’. Esa cosa irracional de quemar judíos en los hornos (y también quemar en los hornos a gitanos y homosexuales y a otras varias categorías igualmente estigmatizadas —que quiere decir heridas o marcadas— y que no sé nombrar todavía) sucedió hace más o menos uno diez años. Yo ya casi había nacido. Es todo tan reciente que me imagino que ahora mismo debe ser imposible caminar por ciertas partes de Europa; no se debe poder andar por ahí debido al horroroso olor a gente quemada que debe haber, pienso yo.

Cuando viene el lechero Bohle en su carro tirado por una yegua blanca después de mediodía porque ese día anda atrasado y mamá tiene que ir con la olla a la puerta a pedirle ‘dame dos litros’, ella a veces olvida los bifes en la plancha sin atenderlos hasta que se le queman en la cocina. Queda un olor espantoso impregnado por toda la casa.

La diferencia es que a mamá se le queman los bifes sin que ella tenga culpa de nada, le sucede sin querer. Pero Hitler mandaba a quemar a los judíos en el horno a propósito. Los ponía ahí hasta que no quedaba nada nada de judío, ni un cachito, porque así no ocupaban más espacio en los depósitos de judíos y entonces podía poner más judíos en esos lugares de donde Hitler había sacado antes a los próximos que iba a quemar. No estoy seguro si los quemaba vivos o muertos. Pero —ya antes de que yo lo leyera en la Barsa y así me enterara de esto— una vez oí cuando mi mami hablaba en voz baja con papá de unas cámaras de gas, pero los dos se callaron ni bien se dieron cuenta de que yo los estaba escuchando.

Fue en ese momento cuando yo empecé a pensar en que las cámaras de las ruedas del Chevrolet ’51 de papá se llenan con aire, no con gas. Se pinchan todo el tiempo y papá tiene que cambiarlas usando el gato y la llave cruz y después parar en una gomería para arreglar esa cámara pinchada. Ahora, con gas se llenan los globos para las fiestas de cumpleaños. Pero ese gas no mata a nadie; mientras que el gas al cual mi mami y papá se referían cuando los escuché y se callaron, ahora sé que ese gas se llama Zyklon y fue inventado especialmente para matar judíos y también a esos otros que Hitler quería matar y después quemar en esos hornos allá en el norte de Europa.  

La gente muerta no cumple años nunca más; mucho menos todavía si la quemaron en el horno hasta que no quedó nada nada nadita de nada. La enciclopedia Barsa altera el verbo ‘quemar’ cuando habla de los judíos quemados en los hornos nazis. Tal vez para hacerlo más dramático y claro, la Barsa usa el verbo “cremar”: “Hitler incineró millones de judíos en los hornos crematorios”, dice la Barsa.

Conclusión: Hitler no quería que los judíos cumpliesen años nunca más entonces hizo que no quedara nada, ni un poquito de judío adentro de los hornos. Si le hubieran dado más tiempo a Hitler, no habría restado ni un único judío sobre la tierra para que su mami y su papá le hicieran una fiesta de cumpleaños, como las fiestas de cumpleaños que Jaime y Victoria Mizrahi de modo infaltable e infalible todos los años les hacen a Jorge, a Luisito y a Noemí Mizrahi.

En lo de Mizrahi siempre hacen unas fiestas de cumpleaños enormes e invitan a todos los chicos del barrio y a muchos de sus padres, hasta que la casa rebalsa de gente y hay copas y platitos para todos y hasta gente comiendo la torta de cumpleaños en la vereda. Tanta es la gente que invitan los de Mizrahi para sus cumpleaños. Hay mucho canto y batir de palmas, Jaime y Victoria Mizrahi bailan y cantan y baten palmas e insisten para que todos los padres de los chicos invitados bailen y canten junto con ellos mientras los chicos de la casa, además de los primos que vienen de Buenos Aires —del Once, de Flores y Floresta, de Villa Crespo y de no sé de dónde más— junto con todos nosotros, los chicos invitados del pueblo, salimos de la casa de los Mizrahi, vamos a la calle y corremos a la plaza con los globos inflados con gas que no mata y los pitos y las cornetas de cumpleaños

Así se festejan los cumpleaños en lo de Jaime y Victoria Mizrahi, con sus parientes y los padres de mis amiguitos y todos nosotros: todos los vecinos y conocidos: sus amigos.

 Estoy seguro de que Jaime y Victoria Mizrahi también les harán una ENORME fiesta de cumpleaños a los mellizos cuando cumplan su primer año de vida. Gracias a la enciclopedia Barsa estoy seguro de eso, porque ahora entiendo a la perfección por qué es tan importante para los padres de cualquier nene judío cada vez que su nene judío cumple un año más.

Además, como soy un filosofito incipiente, me doy cuenta de cuán importante es que cada refugiado y cada hijo de refugiado, sea de la etnia, raza, religión, nacionalidad, orientación o identidad sexual o de género que sea (esas palabras difíciles pero tan exactas, palabras de adulto que me proporciona la enciclopedia Barsa y la conversación de los grandes) pueda encontrar un lugar de refugio donde poder cumplir años, y tener hijos que puedan también cumplir años. Un lugar donde se les otorgue el derecho a ser llamados por su propio nombre —sin turco, sin ruso, sin chino, sin polaco, sin gitano, sin nigger ni spic ni maricón ni tortillera. Un lugar donde esos que son diferentes en cualquier aspecto o sentido no sean llamados por ninguno de esos nombres que distancian porque codifican el rechazo. Un lugar donde no se diga la loca del pueblo —esa etiqueta calificativa que encierra y aísla al distinto como su concha de ostra encierra y aísla a la ostra.

Todos esos nombres —como los tantos El turco, que para referirme a Jaime Mizrahi, Victoria Mizrahi y Alberto Hisi pronuncié hasta el hastío en esta charla de hoy— son la creación y el producto deshumanizado y deshumanizante de una sociedad alienada. La incomprensión e ignorancia de la gente que los adopta y los adjudica, fija y utiliza, mantiene a distancia lo diferente: construye el otro.

De este modo, tanto el inmigrante como el distinto, de una forma u otra son siempre un refugiado. Si no pueden realmente integrarse a la sociedad de la que debieron formar parte, ellos y su descendencia estarán condenados a ser y serán de un modo u otro, dicho con otras palabras, siempre extranjeros, extraños. Tan distantes en su nueva tierra —y tan distantes de sus habitantes— como lo están de su morada original y de su gente, aquella que fueron forzados a abandonar y así la perdieron.

Debo ser perdonado si ahora intento dejar de pensar, porque a veces pensar duele mucho. No obstante, sé que este intento será infructífero y contradictorio: debo seguir haciéndolo —seguir siempre pensando— no sólo para crecer sino también porque si dejo de pensar dejo de existir, o al menos de saber que existo. Creo que debe ser así, porque creo en eso que dice Descartes en su Segunda meditación, la que leí en el libro que le saqué del portafolios del colegio a mi hermana Pupi.

Si paro de pensar y actuar en consecuencia, dejo de existir o de saber que existo. Por lo tanto, para poder seguir existiendo o saber que existo no me queda otra que seguir pensando con horror. Pienso con horror, entonces, en los refugiados de hoy, en todos esos que a diario navegan a la deriva en las aguas de la incerteza hasta sucumbir, pues la mera idea de la hospitalidad también se ha extinguido. O pienso en el horror en tierra, en los que desesperados ambulan por los desiertos hasta la muerte, siempre buscando una puerta de entrada cuando tan sólo existe un muro sin fin.  

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París (que todavía y en una parte considerable está habitada por refugiados de todo el orbe), sábado 3 de agosto de 2019

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