Ocho cuadras de fieles veneran a San Cayetano en su día

0
41

 

Para alguien poco devoto, lo que la fe en un santo puede generar podría resultar inconcebible. Gente que espera hace meses -tejiendo en una reposera, tomando mate cocido regalado para no helarse, haciendo fuego en latas de dulce de batata- que se abran las puertas de la parroquia de San Cayetano para apoyar una palma en el vidrio o verlo a la distancia. Un ritual argentino que cada año se plagia a sí mismo y que tiene seguidores que, con la noción de sacrificio clavada en la frente, lo repiten desde hace 3 o 4 décadas. Ayer fue el último día de la vigilia y aunque al atardecer había más de ocho cuadras de cola de fieles, el hormigueo fue menor que el habitual.

A los costados de las vallas, alguien martilló tablas de madera y pegó papeles en los troncos de los árboles. De alguna manera, cumplen la función de los palitos que cuentan los presos por los días que faltan: «Familia Zelaya, San Miguel, 7 de junio / 7 de agosto». «Fuimos rotando, las mujeres de día, los hombres de noche. Mi marido consiguió un buen trabajo y prometimos venir a agradecer durante siete años seguidos», dice Elida Zelaya.

Entre las dos colas de fieles (en una están los peregrinos que desde las 0 de hoy entraron a tocar a San Cayetano de a uno y en otra los que seguirán entrando en grupos a verlo de lejos), está Walter Díaz. Walter llegó a la fila el 28 de junio, después de votar. «Tengo 31 años y empecé a venir a los 5, de la mano de mi papá. No quiero pedir nada, sólo agradecerle porque mi trabajo como reciclador de chatarra anda bien». Y así como hay quienes conservan amigos de la primaria o del club, él tiene sus amigos de San Cayetano con los que se encuentran cada año, a la misma hora, en el mismo lugar. Uno de ellos es Alberto Urbano, de 71 años. Es que no los une la edad, la unión pasa por otro lado. A su manera, cada año repiten su ofrenda: «Compramos 200 chorizos y hacemos una choriceada gigante para regarle a la gente».

Hubo años en los que, el día de la vigilia, la fila de fieles superó las 25 cuadras. Ayer por la tarde, en cambio, la cola era de ocho cuadras aunque seguía creciendo. «Venir a San Cayetano significa agradecer, pedir y traer algo para otros», dijo el párroco Gerardo Castellano. Admitió que esta vez la gente llevó menos porque tiene menos. En años anteriores juntaron más de 45 toneladas de alimentos. La costumbre empezó en 1970, cuando el párroco pidió a los fieles que, en vez de llevar velas llevaran comida para las víctimas de un terremoto en Perú.

Hoy a las 11, el Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, presidirá la Misa Central y luego bendecirá a los fieles. Hasta las 11, habrá misas a cada hora; de las 13 a las 23 de hoy habrá misas en las horas impares.

Entre el camión cocina contenedor que dispuso el Ejército para preparar sopas y mates cocidos, -el mismo que viajó a Santa Fe por 80 días para ayudar a los que quedaron bajo el agua-, entre los voluntarios de la Cruz Roja que tienen el ojo puesto en los que se emocionan tanto que se desmayan, en las mujeres a punto de parir y en los viejitos, está José Britos. José vino al santo indicado: «Tengo una nena de una semana y acabo de quedarme sin trabajo». Y están los que no siguen el lema del pan ni del trabajo sino el de justicia: Alicia González, de Quilmes, cuenta. «Vengo desde hace 31 años. En el 78 los militares se llevaron a mi marido y a mi hija y yo, que no sabía qué hacer, vine. Mi hija apareció años después, acá, en Liniers». La rodean tres bolsas negras de consorcio. Son su ofrenda. Alicia es modista y no llevó ropa usada: llevó ropa nueva, hecha por ella, para regalarle vaya uno a saber a quién.

 

Fuente: clarín.com

Comentarios de Facebook

[fbcomments]

DEJAR UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario
Por favor ingresa tu nombre aquí