Opinión: Las manos de todos los negros arriba

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Manuel Nasif (3º año – Comunicación Social)

Que tendrán que ver el tango y la cumbia. Que tendrán en común Gardel, Goyeneche y Discépolo con Pablo Lezcano, el “Pepo” y Hernán de “Mala Fama”. Seguro no es su voz o su fama, ni siquiera su facha, la cosa es más profunda. No es un capricho posmoderno ni mucho menos, pero estamos en condiciones de, por lo menos, poner en discusión el lugar de “música popular” o “símbolo nacional” que ocupo el tango durante mucho tiempo. Y no es una cuestión azarosa juntar ambos géneros, sino que, con una simple mirada por sus inicios, por lo que expresan y transmiten vasta para hermanarlos.

Hay que remontarse más de un siglo atrás, cuando tus ancestros llegaban al país como podían, en barcos que arribaban desde Europa, la mayoría al puerto de Buenos Aires. Desde allí se empezó a gestar esta cultura tanguera, como momento de distracción y diversión para estos trabajadores inmigrantes, conglomerados en suburbios porteños como La Boca, San Telmo y Pompeya. Así, los “negros” del puerto fueron Gardel antes que Gardel, hasta que, la tan pulcra alta sociedad quiso. Esta, junto a la Iglesia y la policía, prohibieron el género por incitar al escándalo, la lujuria y la diversión nocturna, lo que obligo a los negros a bailarlo en lugares ocultos.

Así como el tango, la cumbia, y más específicamente la cumbia villera también surge de la inmigración, pero esta vez interna. Producto de una sociedad argentina golpeada por la crisis económica de los ´90, donde la clase media “cae” a la pobreza y las clases bajas se ensanchan. Las “villas miseria” fueron la franja marginal donde se instituyo la cumbia villera, como única herramienta de expresión y contestación de estos sectores.

La cumbia villera también fue y es una forma de escapar de la realidad. Paradójicamente, cien años después, a este género también se lo censuro. En diciembre de 2002 el Comité Federal de Radiodifusión le impidió al programa televisivo “Pasión tropical” llevar grupos de cumbia, impidiendo su difusión. Por otro lado, en el año 2017 el antropólogo y cineasta Cristian Jure filmó “Alta Cumbia”, una película que refleja esa denigración, tanto del género como de los que lo producen y escuchan. Este film demuestra lo que planteamos, que a la cumbia villera le paso lo mismo que al tango, la ridiculizaron y la negaron.

De todas maneras, ambos géneros evolucionaron, el tango lo adopto la clase alta y se refino en su música y seguidores, y la cumbia villera tuvo un boom a comienzos de los 2000, aunque nunca pudo sacarse el estereotipo de “villero”. Sin embargo, lo que aun no pueden superar son dos cuestiones: una es la apología de los excesos y otra es el lugar de la mujer.

Lamentablemente es uno de los vínculos más fuertes que tiene la cumbia con el tango, que tiene tres tipos de mujeres: la madre, la mujer que lo abandona y la mujer engañadora. Esas tres mujeres que están tan excelentemente ejemplificadas en la historia del tango son las mismas que están en la cumbia. Afortunadamente, ahora han aparecido muchos grupos de cumbia en donde la mujer tiene el centro del escenario y canta sus historias.

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