Primer arresto – por Hugo Pezzini

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Es probable que yo sea un pendejo apenas ingresado en la difícil fase de la adolescencia, o ya en la adolescencia propiamente dicha, pero no mucho más. Mi estado mental es el pertinente; “un adolescente es un joven que ha adolecido de adolescencia”, tal como reza el aforismo.

No sé por qué carajo es que hoy acabamos sentados en el banco de la plaza opuesto al que nos sentamos siempre. Vos a esta altura ya estás cansado de saber que cuando digo “al que nos sentamos siempre”, me refiero al primero de la esquina de Santa María de Oro y San Martín. Ese banco de siempre mira hacia la calle Santa María de Oro, bien de frente hacia a la vidriera de los turcos Misrahi —o tal vez ahora ya sea de los turcos Sued, no podría decírtelo con seguridad, flaco.

Como en esta tarde en particular nos sentamos en el banco de la plaza opuesto al de siempre, la cosa entonces es que no estamos en el que mira hacia la calle sino en el que enfrenta con su respaldo a la misma. A su vez, este banco enfrenta al de siempre y a la palmera del primer cantero. Sentado en este banco uno es testigo de cómo allá al fondo y en el centro del paisaje reina solitaria y absoluta la pirámide de El cóndor. Impera en un medioambiente de canteros y senderitos de polvo de ladrillo que se abren camino por una vegetación abundante y conocida. Si uno se halla en esa posición, la vista desde ese punto —por exclusión de las manzanas que circundan a la plaza Mitre; o sea, por mera y verdadera “ilusión óptica”— lleva a uno a creerse sentado en medio de un parque infinito del cual se destacan algunas palmas, pesadas de racimos de pequeños dátiles; la tipa enorme allá en el horizonte, el ceibo florecido a media distancia y los jacarandás omnipresentes todo alrededor.

Debí imaginar que eso de sentarnos “al revés” no podría augurar nada bueno. No es por carencia de sabiduría popular que así dice este segundo dicho: Nunca hay que hacer cambios en un equipo que va ganando, ¿no?  Haberlo hecho ya constituye algo ominoso. Además y para colmo, hay por cierto este detalle de que nos engañe la mera ‘ilusión óptica’ que acabo de mencionarte. Tal vez el hallarnos sentados de espaldas al mundo habitado nos haya ayudado a engañarnos y a olvidar su existencia; quizás este absurdo y obtuso ángulo inverso nos haya llevado a pensar que somos los únicos habitantes del paraje, a lo Tarzán, o cuanto menos a lo Robinson Crusoe.

Pero claro, la realidad siempre llama más alto: sin ser advertido por ninguno de nosotros dos, a mis espaldas aparece el guacho del Coqui Coria.

—Pareciera que el designio de hoy se basa en lo que existe “detrás”.

 “A mis espaldas”, te dije; o sea que ni yo ni el Pepi Cataldo lo vemos al ladino del Coqui Coria acercarse a nosotros. Vos, ¿lo ves al Coqui Coria que se viene? Ni en pedo, ¿no? Bueno, por acá, igual: yo no lo veo venir, y el Pepi Cataldo, mucho menos.

Mientras los acontecimientos se van disponiendo de esta forma, en nuestra dulce ignorancia, el Pepi Cataldo y yo nos estamos fumando un pucho miti-y-miti. Es el último del atado de  cigarrillos negros Particulares fuertes de doce sin filtro, así que nos lo estamos pasando de mano a mano; un par de pitadas cada uno cuando es su turno. Los dos sabemos fumar, así que no hay peligro de que mojemos el pucho. Eso jamás. Muy diferente de lo que sucede con algunos pajeros que si te parás en la puerta del Hotel de las Naciones te lo dejan todo baboseado. En esa esquina ajetreada hay un jeteo continuo de pitadas y tu pucho siempre está en peligro de acabar hecho un asco. De hecho, si te vas a parar a boludear en la puerta del hotel, es mejor que enceres tu Particulares, porque nunca falta uno de estos otarios que te aparece de la nada, te pide una pitada y te lo moja todo. Asqueroso de mierda.

Che guevón, ¿Sabés cómo se encera un Particulares sin filtro, dicho sea de paso? No es difícil: cuando vas a comprar el atado —sea al kiosco de Piriti o al de Skiba— junto con los puchos te comprás una caja de fósforos de cera Luxor. No te olvides. A los Luxor los tenés que conocer; son esos cuya caja tiene un ‘cajoncito’ interior con tapita que se abre y se cierra. Se abre tirando de una solapita que tiene para ese fin y con ese objetivo. Los 90 fósforos 90 de la caja de Luxor vienen todos bien acostaditos cabeza arriba (o cabezas hacia el final del cajoncito), bien arregladitos uno al lado del otro. Digo abrís la caja tirando de la solapa del cajoncito con tapa interior y sé que vos me entendés: esta caja de los Luxor de cera funciona por el mismo sistema y diseño de los fósforos Ranchera de papel que usa tu vieja en la cocina. Igualito. La gran diferencia es que de un fósforo Ranchera se dice que es ‘de papel’ porque su tallo o palito está hecho de una mini-hojita de papel marrón de verdad que fue enrollada como un pergamino, digamos, y transformada en “palito de fósforo” porque antes de enrollarlo al papel se le dio un baño de cierta cola de pegar al agua. Cuando un fósforo Ranchera se quema, casi no hace humo ni olor. Casi perfecto. Ahora, un fósforo de cera Luxor es otra cosa; es algo superior en técnica, diseño y calidad. Cuando encendés un Luxor, la llama no está alimentada de papel que se quema como en el caso del Ranchera de papel, sino por cera derretida, igual a lo que sucede con una vela. El tallo de un Luxor de cera está hecho de finas hebras de estearina e hilo de algodón, como la mecha central de una vela, unidas entre sí por cera propiamente dicha. Quiere decir que para todos los efectos de diseño y objetivo, el fósforo de cera es una especie de vela en miniatura. Su tallo o palito es una columna de cera con una mecha que abarca el total de su diámetro y altura. Es decir, es al mismo tiempo la miniatura de una esbelta vela y su mecha misma. Como resultado, su llama es mucho más intensa y brillante que la de un fósforo Ranchera de papel. No al pedo a los fósforos de cera Luxor los llaman “de seguridad”. Estos sí que son per-fec-tos. Es mucho más difícil que a los de cera te los apague cualquier vientito de morondanga que mataría a cualquier llama de fósforo de papel. Pero no es eso lo más importante en este caso, ya que en este momento y acá estamos hablando de encerar un cigarrillo con un fósforo de cera, no de encender un pucho en el viento. Te das vas dando cuenta ya, ¿no?

Uno encera un Particulares fuertes de doce sin filtro de la siguiente manera, guevo; primero macizás bien el pucho golpeándolo una y otra vez contra el canto de la caja de fósforos de cera Luxor. Vas bajándolo con un movimiento brusco de los dedos con que lo sostenés, hasta que la punta golpea contra la caja de fósforos, siempre del mismo lado; no muy fuerte ni muy suave. Acción repetida, constante y pareja. El tabaco va bajando por gravedad en cada ‘frenada’ del pucho contra la caja y así la picadura se va compactando a cada impacto. Una vez que este extremo del cilindro que has estado golpeando contra la caja de fósforos se ha vuelto consistente y macizo (por eso este laburito se llama “macizar el cigarro”), encendés un fósforo de cera Luxor y empezás a pasar la base de la llama —la punta encendida del palito de fósforo de cera, digamos— contra el medio centímetro final de ese extremo macizado del cigarrillo. La cera derretida del fósforo se adhiere al papel del pucho. A simple vista (otra ‘ilusión óptica’), pareciera como si la cera derretida del fósforo estuviera mojando el papel de la punta del cigarrillo, pero la cera se endurece de inmediato al contacto con el aire y la temperatura del medio ambiente. Vas repitiendo la operación todo alrededor de la puntita macizada de tu pucho, haciendo girar el cilindro de papel hasta haber encerado todo ese medio centímetro extremo del cigarrillo. Listo; tu pucho está macizado y encerado. El resultado es una especie de boquilla rígida e impermeable que no permitirá que el pucho se humedezca si algún jetero pelotudo te pide una pitada y te lo moja, ¿ves? A parte de eso, por supuesto que te darás cuenta de que el gesto de macizar y encerar tu pucho en sí mismo ya muestra muy bien que tenes yeca suficiente, loco; que sos piola. Si sabés cómo no mojar un cigarrillo al pitarlo y además sabés macizarlo y encerarlo, listo: sos un capo.

Vuelvo al presente, che: todo esto tiene que suceder durante la hora de la siesta, ya que un único y mísero auto, mientras se acerca por San Martín, toca bocina para anunciar su llegada a la esquina de Santa María de Oro. En la parada de taxis frente al Hotel de las Naciones, el gordo Matti duerme la siesta dentro de su tacho Di Tella 1500. Fuera y aparte de eso, el resto es todo puro silencio y quietud; hasta el kiosco de Piriti está cerrado. Todos los días Piriti se va a almorzar a la fonda de Liaudat en la esquina de Araoz y Santa María de Oro. Con el bife con puchero se toma medio tubo de tinto con soda y hielo y después vuelve al kiosco, cierra las persianitas de mimbre de ambas ventanas de atención al cliente y se acuesta a apoliyar un rato en un catre desarmable que metió ahí adentro del kiosco para dormir sus siestas.

Pero te decía que al oír la bocina del auto que anuncia su llegada a la esquina, sobresaltado por este sonido, dentro del Siam Di Tella 1500 amarillo y negro el Gordo Matti abre los ojos de su entresueño siestero; cree que está manejando y entonces al puro pedo nomás le encaja la pata al freno y lo manda hasta el fondo. Yo me doy cuenta de esto porque las luces rojas traseras se encienden cuando el gordo frena en sueños.

Como estoy sentado en el banco que mira hacia el centro de la plaza, es lógico que para poder ver la esquina, el hotel, el kiosco y el taxi del gordo Matti y los frenos del taxi del gordo Matti, he girado el cogote a unos cuarenta y cinco grados y mi pera se halla paralela y exactamente sobre mi hombro derecho. O sea que de modo opuesto, mi hombro izquierdo se halla bajo mi nuca: es este punto ciego el que el guachito del Coqui Coria utiliza para deslizarse desde atrás del banco hasta el pedazo de asiento que todavía se halla desocupado: el Pepi Cataldo está sentado a mi derecha o sea que su cuerpo semi obstruye mi visión del taxi del gordo Matti y al mismo tiempo la posibilidad de una visualización mutua Pepi < — > Coqui: ergo, nadie ve a nadie.  

Estoy prestándole atención a este evento; uno sin importancia, pero el único que sucede en la plaza en este momento, mientras el Coqui se infiltra en el espacio desocupado del banco, a mi lado. Estira la mano rápido y certero…

… y empieza a chotearme.

El choteo es otra de las varias torturas que se ponen y pasan de moda de modo cíclico pero inmortal en Baradero e imagino que también en otros pueblos de la zona. Van y vienen periódicamente por el pueblo para nuestro sufrimiento; además del choteo, también existen el golpe machuca, el pescozón, la orejeada (en invierno, más y mejor aún si ven que tenés sabañones), el picoteo y otras varias más que ni te voy a mencionar, pa’ hacertela cortita. Esto fue una somera muestra, nomás, che.

Del choteo puede haber varias versiones, pero entre las de nuestra barra casi siempre es una de dos: “Cinco marca ‘e yerba”, o entonces “Cantate…”.  Cuando alguien te chotea, mientras una mano transformada en pinza o prensa te aprieta el choto o los guevos con fuerza creciente —o ambas al mismo tiempo, la pinchila y las bolas—, ahí nomás tenés que, —ahí nomás ¿eh? pero ahí nomás ¿eh?—, tenés que decir bien alto cinco marcas diferentes de yerba mate o entonces tenés que entonar lo mejor posible y a viva voz la Marcha de San Lorenzo, el Aurora, o en el peor de los casos el Himno Nacional Argentino. Más vale que pienses y sepas varias marcas de yerba rápido y que te sepas de memoria la letra de varias canciones patrias, caso contrario podés hasta acabar vomitando la sopa del almuerzo de tanta nausea dolorida, o peor e impensable, llorando de dolor. Mariquita de mierda.

Bueno, en eso estamos: El Pepi Cataldo, sádico hasta por tercerización ríe a altas carcajadas ante mi torturado lamento mientras el Coqui Coria grita con voz imperiosa su orden lapidaria: “¡Cinco marca ‘e yerba! ¡Cinco marca ‘e yerba, mierda!”, o quizás este día sea “¡Cantate la Marcha de San Lorenzo, carajo! ¡Cantate la Marcha de San Lorenzo, mierda!” No puedo asegurarte si entre los gritos de dolor yo por acaso llego a cantar o al menos intentar cantar el Alta en el cielo; el Febo asoma, o tal vez el hasta el Oíd mortales el grito. Solo sé que estoy retorciéndome de dolor y a puro grito pelado mientras la mano del Coqui me tritura las que me cuelgan, cuando —de modo tan impredecible, imprevisible e inesperado como la mano choteadora del Coria me ha aprisionado los genitales— se materializa frente a mis ojos una chaqueta azul marino con botones dorados, un cinturón de cuero negro con su cartuchera y dentro de esta, un Colt Police 38mm. Cagaste mierda; nos agarró la cana.

Un policía morochón, alto, delgado y de bigote finito de cafisho a lo Rosamel Araya se planta delante nuestro y nos dice: «!Qué carajo están haciendo, pendejos de mierda, ¿eh? Levantensén del banco ya mismo y vengan conmigo, que nos vamo’ pa’ la comisaría ya mismito, carajo!» Pepi y Coqui no parecen asustarse demasiado y siguen sentados en el banco, pero ahora con cara de ‘no pasa nada’. Yo, tiernito y mimado, reacciono sin saber qué cara poner, pero por las dudas suspendo mis gritos.

En medio del ataque de pánico y dominado todavía por un dolor intenso que va desde mis guevos hasta el centro mismo de mi estómago, como respuesta al «vengan conmigo» del policía, exclamo de modo impulsivo y semi lloroso: “¡No! ¿Por qué?”

El policía es un tal suboficial Díaz, como meses después me entero cuando —yo, atónito— lo veo entrar a la joyería de mis viejos y ellos lo saludan de modo muy amistoso, llamándolo de esta forma. Resulta que este cana es cliente del boliche de mis viejos.

No he acabado de decir “… ¿por qué?”, cuando el suboficial Díaz me sirve un sonoro cachetazo que me da vuelta la cara, me provoca una especie de tortícolis inmediato y me deja la mejilla ardiendo —y latiendo con mayor intensidad que mi propio corazón aterrorizado. “¡Cayese la boca, che y marche preso, carajo!” Eso me lo dice a mí, a modo personal y exclusivo, mientras me fulmina con unos ojos renegridos y brillantes como carbón de piedra. No te le insolentes nunca a un policía uniformado, no al menos mientras seas un pendejito imberbe que jamás antes se ha hallado frente a la autoridad constituida en uniforme. Bien dicen que el Estado le otorga a la Policía el monopolio de la violencia.

Jamás mis viejos me han pegado de verdad; no una única vez y por supuesto no de esta forma: esta es una violencia física que desconozco hasta este momento. Las peleas con pibes de mi edad y las sádicas torturas entre nosotros pueden implicar el mismo nivel de estímulo doloroso, pero un cachetazo tal de parte de un adulto extraño es inverosímil e impensable para mí. Los ojos se me llenan de lágrimas, y el Pepi y el Coqui comprueban por mi suplicio que la cosa no va en joda. Entonces ambos se levantan del banco. Hago lo mismo y los tres “marchamos presos” en fila india con el suboficial Díaz en cuarto lugar, quien cierra la marcha detrás de nosotros, arriándonos hacia la comisaría.

Yo no puedo creer que el policía me ha castigado de tal forma ni que y ahora nos lleva presos como a meros bandidos sin familia; no tengo ni edad suficiente para entrar a un boliche bailable de Mar del Plata salvo durante el horario matiné para pendejos como nosotros, y un policía nos ha arrestado “por desorden público”, como al introducirnos al edificio le informa el Suboficial Díaz al guardia de ametralladora que cela las puertas de las instalaciones locales de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, 

Estoy detenido; voy preso; marcho hacia un calabozo, me voy diciendo mientras cruzamos la plaza en diagonal; yo, rojo como un tomate: rojo de vergüenza, rojo de humillación, rojo de miedo y hasta rojo de la propia cachetada del adulto. Mi mejilla inflamada se va a amoratando segundo a segundo. Lloro en silencio; comienzo a caer en cuenta de que papá y mamá hoy sabrán por primera vez y de una vez por todas que soy un delincuente, un inmoral, un amoral, un fuera de la ley, un bandido, un qué se yo qué más. Solo recuerdo los adjetivos y sustantivos con los cuales Ariel Delgado de Radio Colonia del Uruguay describe a los malhechores y truhanes que han cometido crímenes y acabado en la cárcel. Como yo, hoy.

Entramos a la comisaría y el Suboficial Díaz no nos lleva a ningún calabozo sino que nos hace sentar en un banco exactamente igual al que acabamos de abandonar en la Plaza Mitre cuando él nos lo ordenó. El Suboficial Díaz se quita la gorra del uniforme, se la pone en bajo el brazo y desaparece por el fondo de ese patio-galería interno de la comisaría.

Ahora nos ha dejado solos y sentados en silencio; yo, cagado en las patas. El Pepi y el Coqui juegan a empujarme hacia afuera del banco. Estoy en el extremo derecho del mismo con respecto a quien se sienta. Todavía llorisqueando les digo en voz bastante alta que me dejen de hinchar las pelotas y al instante una puerta se abre: otro uniformado de ronca y grave voz militar  y cara de guerra asoma la cabeza y nos grita “¡Silencio, retobaos de mierda, carajo!” Mi terror recrudece y aumenta con cada nueva experiencia inimaginable que se va revelando en esta, mi nueva realidad de virgen prisionero.

Al fin, los tres nos acallamos de modo mutuo y simultáneo y así, poco a poco el Pepi, el Coqui y yo cedemos y accedemos al silencio, a la tristeza y a la soledad. Nos inmovilizamos como estatuas y nada más sucede en el lugar.

La comisaría se halla desierta y la tarde pasa lenta e interminable. Las sombras en la galería crecen a medida que el sol allá arriba y allá afuera, en el mundo, va bajando. Las horas se arrastran y nuestros cuerpos van agotando todas las posiciones físicas posibles para compensar la dureza e incomodidad del banco de plaza que se ha convertido en nuestro absurdo calabozo. No sabemos que los niños no pueden ser ni detenidos, ni arrestados ni encarcelados. Sólo pueden ser ‘demorados’.

Al fin del crepúsculo, una única bombilla eléctrica ilumina el centro del ancho y corto zaguán de entrada a la comisaría. Su reflejo indirecto a duras penas disminuye la negrura tenebrosa de la galería que alberga a nuestro banco-prisión. 

Cuando ya es noche cerrada y se oye apenas el murmullo lejano de policías que matean y conversan en la cocina, un canto de grillos en algún cantero vecino o el motor de algún coche que pasa distante, entra mi padre. Viene, pienso yo, a rescatarme. Es el primero que aparece de nuestros tres progenitores respectivos. Coqui murmura tristón que eso significa que seré el primero que la policía liberará. “¡Ojetudo!”, me increpa Pepi dándome un codazo que siento penetrar en mis costillas. Reprimo y enmudezco un alarido. Pero observo que papá no viene hacia mi encuentro sino que se dirige hacia una puerta a nuestra izquierda que ostenta esta placa: COMISARIO.

Pasa un tiempo interminable —.

Cuando comienzo a pensar que papá también está preso, éste sale de la oficina del comisario. Mientras cierra la puerta, alcanzo a oír una voz que lo amonesta “Córtele las alas a ese mocoso mientras todavía hay tiempo”.

Sin palabras, mi viejo me mira serio e inclina la cabeza rápidamente en la dirección del hall de salida. Es su seña para que lo siga.

Papá se detiene en la arcada del amplio zaguán a esperar el sonido del timbre que avisará al guardia de la puerta que nuestro egreso está habilitado y permitido. Suena el rinnnnggg y al fin salimos a la vereda.

Libertad.

Cruzamos la calle. El auto de papá está estacionado en los espacios reservados para la Comisaría de Policía de la Provincia de Buenos Aires. Abre la puerta que ha dejado sin llave y subimos ambos al coche, siempre en silencio. En el mismo silencio viajamos y en el mismo silencio llegamos a casa. En el mismo silencio entramos juntos y cruzamos la biblioteca, el living y el comedor y entramos a la cocina en ese mismo silencio.

Sollozos:

Sentada sola a la mesa del comedor diario, mi mamá llora.

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Orlando, Florida, EE.UU., sábado 30 de noviembre de 2019

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