Ricardo Güiraldes (por José Luis Gaetano)

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¿Cómo conciliar los estilos, las ideas, de un escritor netamente argentino con uno argentino universal? ¿Cómo atisbar quién de los dos fue más poderoso en sí mismos o respecto de la llegada que tuvieron en el lector? ¿Cómo paralelizar un gaucho argentino con Whitman o Schopenhauer?

Esta dicotomía simula no tener conclusión alguna.

Por un lado, Ricardo Güiraldes nos deja su conocimiento cabal de la pampa bonaerense verificado en múltiples imágenes donde los códigos de la llanura, el sol y el castigo de la lluvia prodigados al gaucho arriero al evocar su arduo trabajo, son narrados magistralmente.

Por el otro, Borges nos convoca a lo esotérico en mucho de sus  trabajos, a lo abstracto con visos de irrealidad que se plasma en una prosa o poesía rebuscadas. No hay en Borges, prácticamente, personajes de carne y de hueso; casi todo está rodeado por una fantasía que busca su concreción sí misma. Pero esta escritura extravagante también cautiva.

¿Por qué establezco esta diferencia?

Por el epitafio exhibido en ambos casos.

Borges tiene su sepultura en el cementerio de Plainpalais, Ginebra, Suiza. En su lápida puede leerse “and ne forthedon na”, que es anglosajón y significa “y que no temieran”. En la vista anterior de la piedra hay siete figuras grabadas que pertenecen a guerreros noctumbrios vencidos donde uno blande una espada rota, los otros están sin escudos y van a hacerse matar porque su señor ha muerto en la batalla del río Blackwater en la ciudad de Essex, Inglaterra. Todo muy europeo.

Mientras Güiraldes se encuentra sepultado en San Antonio de Areco, Buenos Aires, Argentina. En la losa que oficia de tapa de la tumba se lee “aquí duerme Ricardo Güiraldes, crucificado de calma, sobre su tierra de siempre”. Un texto, para mí, muy pampeano, noblemente argentino.

Curiosamente, Güiraldes y Borges mantuvieron una relación amistosa y de camaradería cuando ambos en Buenos Aires y con Victoria Ocampo fundaron la revista “Proa”. Decía Borges que él escribía y luego le daba a Güiraldes el manuscrito para que diese su punto de vista y lo corrigiera si era menester, algo que el segundo aceptaba gustosamente y el primero tenía en cuenta a pies juntillas.

La afinidad que existía entrambos escritores era de buen grado a pesar de tener estilos literarios tan distintos.

Luego, ¿cómo lograron tal amistad? ¿Existen diferencias entre ellos como lo manifesté líneas atrás? La respuesta, a mi parecer, es sencilla: se trata de dos escritores de pluma destacada, de alta estirpe, donde la calidad narrativa que cada uno de ellos poseía trascendía literalmente los enfoques que a la vida le daban. Cada quien fue para cada quien. Ensimismados en sus pasiones, dieron todo el potencial que tenían a la verdad individual, sin antagonismos, la que aquilataba uno y forjaba el otro. En cuanto a las diferencias digo que no, el ideal recorría Europa y algo de Argentina en Borges, mientras que a su vez, cabalgaba en un moro pampa que jineteaba Güiraldes.

Borges descansa en Suiza, y Güiraldes lo hace en Areco: la presencia indiscutible del Viejo Mundo y la pampa argentina. La morada final del primero quizás yo nunca la vea, pero sí la del segundo… Segundo, dije, Segundo Ramírez, Sombra…

 

El ocho de diciembre pasado fuimos con mi esposa a los pagos de Areco; yo quería ver algo que se relacionara con Ricardo Güiraldes: el museo, la pulpería la Blanqueada donde el peoncito que luego fue estanciero le advirtió a Sombra que lo esperaban para matarlo, la  estancia la Porteña donde en 1927 Güiraldes estampa su firma en el final de la pieza legendaria, el cementerio.

El museo estaba cerrado, lo mismo que la pulpería. A la estancia no nos dirigimos porque ya era algo tarde. Nos encaminamos entonces al cementerio limitado perimetralmente por una pared terriblemente uniforme de ladrillos trabados sin revoque y hastiada, creí, de la muerte. Atravesé el portal y advertí la presencia de tres hombres. Saludé y les pregunté si alguno de ellos podría indicarme el lugar donde se halla la tumba del hombre ilustre de Areco. Me dijeron que al lado del molino. Uno se ofreció acompañarme y allá fuimos. Caminamos por el sendero principal bordeado de eucaliptos donde las hojas secas también morían sobre el suelo y luego doblamos a la derecha. Hicimos unos metros y mi acompañante me pidió que mirara a mi siniestra; allí vi una tumba completamente abandonada del cuidado. Había una cruz, muy modesta, que acompañaba un corazón de lata herrumbrado en la cabecera. No había flores ni para remedio. Allí pude leer, sin más ni menos, Segundo Ramírez,

1884-1936. Ningún epitafio evocaba a aquél gaucho bonaerense por antonomasia, nada. Me sentí defraudado por la desconsideración a su memoria. A partir de aquí, continuamos nuestro camino en línea recta. Llegamos así al lugar donde yacen los Güiraldes caracterizado, según me comentó mi guía, por la presencia de  espinillos, árbol que la familia exigía se plante en el área donde reposaran sus restos mortales. Las sepulturas eran todas de color negro y estaban construidas con una piedra muy especial y lustrosa, quizás fuese granito, donde los nombres de los difuntos estaban cincelados bajorrelieve. La pertenencia de la zona quedaba perfectamente clara a los ojos del visitante: una tapa de granito negro, igual al resto, decía “Familia Güiraldes”. Primero vi la sepultura del Comodoro Güiraldes, alguien que, según me comentó mi acompañante, participó en la batalla de la Vuelta de Obligado a las órdenes de Mansilla. Después la de Adelina del Carril, esposa del escritor, que lo sobrevivió cuarenta años y la de José, un hermano de Ricardo.

Luego, reparé en la sepultura del mítico arequense, del gaucho rico que tanto conoció la vida y costumbres del gaucho pobre de estas latitudes, que narró magistralmente, incluidas también bellas imágenes de la llanura bonaerense. Quedé en la observación del granito negro y me sobrecogió la emoción de encontrarme al lado del hombre-pampa, del gaucho neto. Recorrí con mis ojos el nombre legendario, las fechas de su vida terrenal y el epitafio que encarna toda la pasión del autor, y nuevamente: “aquí duerme Ricardo Güiraldes, crucificado de calma, sobre su tierra de siempre”. El hombre de Areco vivió apenas cuarenta y un años, desde 1886 a 1927, pero su genio deslumbrante trascendió la menguada existencia y lo hizo crecer hasta la cima del ideal que logró concretar en un Segundo Sombra ya inmortal, ejemplo de argentinidad para que de él abreven las generaciones que vendrán. Leí el nombre de Güiraldes y me dije mientras pensaba en el escritor, a la par que parafraseaba un texto que alguna vez retuve: “tengo los ojos cansados de tanto mirar distancias…” Y fue mi adiós postrero.

 

José Luis Gaetano

Baradero, diciembre 11, 2009

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