Sobre la inseguridad de todos los días.

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Cada vez que un hecho de violencia de cierta magnitud ocurre en nuestro país, se alza un coro de voces que los medios de difusión, la televisión en primer lugar, se encargan de difundir, ampliar y reiterar. Las lógicas quejas y reclamos de familiares y vecinos de las victimas están casi siempre dirigidos en un mismo sentido: aumentar la rigurosidad de las leyes, mandar presos a los delincuentes y pertrechar debidamente a la policía.

Se trata el que nos ocupa de un caso especial ya que esos mismos medios, cuando hay que opinar acerca de una operación quirúrgica, además de la eventual opinión de algún familiar, acuden siempre a un profesional de la cirugía. Igual criterio tienen cuando de otros temas se trata. En este de la seguridad, en cambio, muy rara vez acuden a la opinión especializada.

Comencemos por el principio: la rigurosidad de las leyes. Durante meses, el falso ingeniero Blumberg fue paseado por el país como paradigma de “la solución final”. Bastaba con que el Congreso Nacional aprobara las leyes que Blumberg proponía para que, mágicamente, la inseguridad fuera cosa del pasado. Pocos argentinos saben que, sometido a tremenda presión mediática, el congreso terminó aprobando las leyes de Blumberg. ¿Qué ha cambiado desde entones? La respuesta se resume en un  sola y única palabra: nada.

Y decimos nada cuando nos referimos a la seguridad porque hay algo que en realidad ha cambiado y es el número de detenidos que pueblan hoy las cárceles de nuestro país y que es el más numeroso de toda nuestra historia a punto que las cárceles no alcanzan para alojarlos. Esa es la razón por la cual muchas comisarías rebosan de presos comunes que deberían estar en otro sitio, (queda así desmentido lo que se dice de continuo en cuanto a que los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra).

Como vemos, las leyes cambiaron, los delincuentes comunes están presos (los de guante blanco no) y la que resta aclarar es lo de la policía. Si se cree que la solución del problema pasa por equipar al personal policial, estamos atando los caballos detrás del carro. La esencia del problema es que haya menos delincuentes y no más policías ya que en esa tesitura llegaríamos a creer que la solución se encontraría cuando la mitad de la población sea policía y de dedique a cuidar a la otra mitad; tendríamos un policía por cada civil y todos estaríamos custodiados y seguros. A este tipo de razonamiento se le llama demostración por el absurdo.

A quienes propugnan soluciones drásticas debería bastarles con recordar que en los Estados Unidos de Norteamérica, país de leyes rigurosas, hay estados en los cuales existe la pena de muerte mientras que en otros no. El índice de criminalidad no difiere de unos a otros y en la mayoría de los casos los estados en cuya legislación no está contemplada la pena de muerte, sufren menor cantidad de delitos que los otros que aplican ese castigo anacrónico e inhumano. En consecuencia, las personas no delinquen pensando en lo más o menos rigurosas que sean las leyes.

¿Qué es entonces lo que pasa en la Argentina de hoy? Antes de intentar alguna respuesta recordamos esta frase: “La historia es un gigante con la cabeza vuelta hacia atrás. Por lo que fue y por lo que es, señala lo que será.”

Lo que hoy padece la Argentina es el resultado de un largo proceso que, si se quiere, arranca desde el origen mismo de nuestra organización nacional, pero que en los últimos tiempos podemos decir que comienza en 1955, con la caída de Perón, se prolonga durante 18 años y luego de la muerte del general, se desliza por un tobogán.

El “Proceso” se encargó de sentenciar al pueblo argentino; no solamente el asesinato en masa marcaría los años por venir, sino las políticas económicas que desde el ministerio llevaría adelante José Alfredo Martínez de Hoz: el máximo representante del poder oligárquico nacional metido a dirigir el más importante de los ministerios durante la más sangrienta, entreguista y represora de todas las dictaduras de nuestra historia.

Durante ese nefasto lapso se sembraron las semillas de lo que, ya en “democracia” (1) fructificó plenamente durante el gobierno de la dupla Menem-Cavallo.

Los años 90 fueron tremendos; centenares de miles de trabajadores pasaron a la categoría de “desocupados”, los jóvenes que años tras año se venían incorporando al mercado laboral dejaron de hacerlo. Millones de ellos, de entre 18 y 25 años, deambulaban por el territorio del país en busca de un trabajo que se les negaba. Ociosos, no valorados hasta sentirse despreciados, muchos de ellos lograron su inserción social mediante la delincuencia. El “fierro”, adquirido fácilmente en el mercado clandestino, les permitía acceder en minutos a lo que desde la pantalla de la televisión, se les incitaba  a adquirir. Adolescentes, tentados a más no poder, despojados de toda posibilidad “normal” de lograr cierto bienestar, tomaron el camino de las armas y de la violencia. Por supuesto que no todos procedieron así, pero de un millón y medio que había en el conurbano, que solamente el 10% lo hiciera, significa que teníamos, sólo ahí, 150.000 jóvenes armados dedicados a delinquir.

El filósofo alemán Fichte, dijo a principios del Siglo XIX: “El que no tiene con qué vivir, no debe reconocer ni respetar la propiedad de los otros, ya que las leyes del contrato social han sido violadas en su contra.”

Las políticas aplicadas en la Argentina de las últimas décadas del Siglo XX hicieron que haya muchos habitantes que no tenían con qué vivir ¿qué otra cosa que la que señalaba Fichte se esperaba que hicieran?

Ahora, los mismos que con su aprobación y/o su silencio cómplice avalaron aquellas medidas, son los primeros que se lamentan de sus consecuencias y no dudan en pedir “mano dura”.

Sólo el retorno a la perdida cultura del trabajo, una justa distribución del ingreso y un profundo sentimiento de amor al compatriota nos permitirá, poco a poco, retornar a los días en que quienes viajaban a Europa regresaban asombrados de la inseguridad que allí se vivía y elogiaban nuestro buen pasar. Si alguna vez esto fue cierto, nada  nos impide que vuelva a serlo.

 

(1) Entrecomillamos democracia ya que para nosotros esta existe cuando hay un gobierno del pueblo que defiende únicamente sus intereses. Lo que ha ocurrido pocas veces en nuestra historia

 

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