Un pibe – por Hugo Pezzini

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Como todos los veranos, ya estoy de nuevo en París. Mañana se completará mi primera semana en la Ville Lumière. Ya (sólo) una semana de presencia en esta ciudad (¡voló!). En general escribo para BTI esta columna dominical desde New York, pero ya lo he hecho en algunas oportunidades desde Ámsterdam —recuerdo que una vez hasta lo hice desde el aeropuerto de Guayaquil, anclado allí por unas doce horas—, y también he escrito mi columna desde Buenos Aires y desde la cercana Río de Janeiro, si mi memoria no me está haciendo una jugarreta. Por supuesto he escrito varias veces desde París.

Huguito siempre quiso ‘ver’ el mundo.

Como de costumbre, he pasado los primeros días caminando por las calles parisinas, no sólo las de mi barrio sino también las de varios otros barrios aledaños con los que tengo la misma intimidad. Es como rever viejos amigos. Para evitar escribir como un mero turista, primero tengo que readquirir ese tipo de intimidad con París.

Enfatizo este hecho porque por coincidencia hace algunas noches oí un programa por Radio France Culture en el cual un filósofo (cuyo nombre no guardé) hablaba de la diferencia entre los “exploradores” del siglo XIX y comienzos del XX y el “turista” de hoy, aquel que emerge con la explosión de el viaje que sucede desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. Este fenómeno de comercialización del viaje sucede a partir, digamos, de la popularización del viaje en buques transatlánticos y se extiende hasta nuestros días por medio de la democratización (o sea, el abaratamiento) de los viajes aéreos.

Según este intelectual del programa que oí, el ‘explorador’ era un ‘viajero’ que intentaba internarse tanto como fuera posible en las tierras y ciudades que visitaba. Internarse profundamente, tratando de entender su idioma y su cultura, alimentándose exclusivamente de su culinaria; dedicado seriamente a conocer la geografía, antropología, historia, arte y creencias de la gente del lugar; dedicado a intimar con los habitantes nativos, con sus pueblos, entender su habla: es a este explorador, a quien este filósofo ve como el auténtico viajero.

Por contrapartida, el filósofo dice que el turista actual no es un viajero sino un consumidor: el viaje en sí mismo es un artículo de consumo, un producto mercantil, tanto así que en general el turista adquiere su viaje en un “paquete” preprogramado (o sea, compra un artefacto ordenado, bien envuelto y bien atado para que el contenido no se desparrame). El paquete se denomina ‘un tour’, o sea un círculo, una vuelta.

Durante el viaje el turista adquiere no el local y lo local, sino experiencias superficiales, descartables, y por supuesto souvenirs (palabra francesa que significa  de modo literal recuerdos), para no olvidar que estuvo allí. No obstante, el souvenir es un simulacro del lugar, un símbolo o ídolo desprovisto de espíritu, ya que fue confeccionado a un costo mínimo porque su diseño se originó con fines estrictamente comerciales. Además, el turista por lo general recorre las ciudades en busca de la comida que conoce (de preferencia la de su país, su acostumbrado paladar, o platos similares a los de su país al menos en los ingredientes. Nada desconocido (porque no desea conocer, sino hacer, como verás a continuación).  En su defecto y en el peor de los casos, cansado y hambriento el turista acabará en un McDonald’s que, como los aeropuertos, es idéntico en cualquier lugar de la tierra, con la salvedad de pequeñas diferencias culturales: en Francia McDonald’s expende cerveza, por ejemplo, mientras que en EE. UU. el menú es abstemio.

El turista camina rápido por las ciudades, guiado en manada por un experto de banderín o sombrilla en ristre, izada con el brazo en alto (para no perder algún integrante del tour). El guía describe por algunos segundos o minutos los lugares y monumentos claves, los clichés de cada metrópoli (pero que a veces articula la historia, el arte, la cultura y algunas curiosidades nativas de modo magistral, verdad sea dicha). Le habla al grupo en la lengua del grupo (el idioma vernáculo es tan sólo una música de fondo que ilustra el viaje apenas en lo sonoro: el turista no pretende ni intenta entenderlo, a lo sumo lanza algunas palabras o frases aprendidas de un modo muchas veces humorístico y embarazado. La comprensión del lugar visitado es tan anti-nómica que el turista sólo obtiene una visión limitada, claro. Lo ve todo de un modo somero, pero por engañosa paradoja se refiere a su visita como “haber hecho” el lugar. “Nuestro viaje fue intenso: hicimos un montón de ciudades. En este viaje hicimos París, Roma, y Florencia. En el próximo viaje tenemos que hacer Berlín y Praga. Y si podemos también Moscú, que siempre quisimos hacerlo y todavía nos falta. Pero tarde o temprano lo haremos».

 Colocado de un modo extremo y de forma cruel y despiadada se puede decir que el viaje del turista no ha constituido una visita concreta al lugar existente —la experiencia real de estar en la ciudad— sino que ese pasaje por dicho centro urbano ha sido una ‘construcción personal’ (hacer, hicimos) a partir de una idea interior preconcebida que ya ha fabricado esa adquisición a priori, de acuerdo a los instrumentos y herramientas internas de interpretación del viajero: “me encantó/ me desilusionó, es mejor/peor de lo que pensaba”. De este modo lo analiza, sin tener conciencia de que esta re-creación implica que ha existido una imposibilidad de penetración (se ha mirado y visto todo desde afuera. Con esa actitud, uno jamás entra a la ciudad. Si uno utiliza conceptos del discurso freudiano del deseo, se podría elaborar afirmando que al no haber penetración el viaje fracasa, ya que por supuesto, en ese tipo de viaje empaquetado no hay posibilidad de intercurso con el local visitado. Esto constituye una frustración biunívoca (quizás es por eso que en las ciudades de mayor afluencia turística, el habitante local siente un gran resentimiento con respecto al turista): El turista jamás penetra a la ciudad porque en ese tipo de viaje está todo programado de modo tal que también es imposible —algo aún peor— que la ciudad a su vez penetre al turista: el turista nunca deja la ciudad impregnado (preñado) por ella. Este paseandero llega al final de su viaje con el viaje in-acabado. El turista no acaba (al final del viaje) entendiendo la ciudad porque no la ha ‘hecho suya’ —esta última verbalización, una forma propietaria de la sexualidad. Ni tampoco la ‘ha conocido’ —esta otra verbalización, la forma bíblica de esa misma y necesaria posesión carnal. La ciudad y el turista al fin del viaje continúan entes mutualmente ajenos. Por eso la sensación de inconclusividad. Siempre al final del viaje hay la desazón de lo faltante, la secreta e íntima sensación de que la experiencia ha quedado inconclusa, incompleta, insatisfactoria, “interrupta”. I can’t get no satisfaction.

 ¿Por qué es así?

Los turistas han “interpretado” la ciudad o las ciudades visitadas. No olvides que el traductor simultáneo se llama “intérprete” porque traduce todo al propio idioma, a la propia cultura del oyente, que recibe pasivo el  el mensaje por medio de un discurso procesado para  ‘su lado’. No le interesan las sutilezas intraducibles del idioma original que expresa y simboliza el contenido del mensaje. No me refiero aquí al idioma de modo estricto; lo utilizo como una metáfora del viaje como experiencia integral.

Por el contrario, el explorador se mete con todo en el lugar: dedicará todo su esfuerzo e inteligencia para tratar de entender símbolos cuyo significado desconoce. La imagen del explorador mítico, clásico —una vez más, el cliché— es un tipo vestido de caquis, calzado en sus botines de siete leguas, cubierta su cabeza por el sombrero de dura lona y barbijo que tan bien conocemos del cine y la literatura fantástica. En nuestra imaginación, vos y yo lo observamos mientras nuestro explorador se halla detenido durante horas tratando de descifrar un jeroglífico en la pared de una pirámide o un templo egipcio.

El turista no se detiene para descifrar nada porque no dispone del tiempo real necesario para hacerlo, entonces interpreta (por eso él ‘hace‘ = ‘fabrica’) el lugar de acuerdo a sus propios parámetros. Como no lo puede descifrar, lo ‘re-escribe’ rápido en la lengua de su entendimiento. Como te comenté antes; con esto no me refiero de modo estricto a la restricción del idioma, sino también a la restricción de la propia cultura. El turista ante la situación que tiene ante sus ojos, articula un discurso propio que lo distancia o enajena del lugar. Yo lo visualizo como si el lugar se le presentase dentro de una vidriera: lo puede ver pero carece de acceso al mismo; o el lugar se halla como artefacto de mera observación, dentro de un cubo de cristal como esas cabezas de mármol en los grandes museos del mundo entero. Es impenetrable. Debido a esa interpretación, que suplanta a la comprensión, todo se restringe, se reduce o se traduce de modo comparativo, y esta comparación se establece desde un punto de vista localizado en la ciudad o país de origen de cada turista: la comida es mejor o peor que la de allá, más o menos abundante, sabrosa o atrayente que la del país de origen; el tráfico es mejor o peor, más rápido o lento, más organizado o caótico y la gente es más o menos simpática, más linda o fea; se viste mejor o peor. La vida misma, se concluye, sera allí mejor o peor que la de allá.

El explorador ideal, en cambio, se somete a una suerte de proceso psicológico por medio del cual pugna por lograr una amnesia voluntaria —una “amnestia” o “amnistía” voluntaria: Un pacto de paz no agonístico. Si victorioso, en su interior cesará ese combate de comparaciones maniqueístas del bien y del mal. Este viajero integral trabaja para alcanzar el olvido del pasado. Realiza esfuerzos incansables para ‘borrar’ la vida anterior y el lugar del que proviene para operar en sí mismo un re-nacimiento dentro de ese desconocido universo en el que acaba de inmiscuirse, al cual intenta integrarse por todos los medios. Penetrarlo y que este lugar a su vez lo penetre. “Quiero transformarme en ti” —esa, aquí tan certera, frase que (tal vez de modo apócrifo) se le atribuye al gran Igmar Bergman. Por último: en este sentido tan extremo, todo explorador es de modo simultáneo un antropólogo y un anti-antropólogo —porque el antropólogo tratará siempre de volverse invisible mientras se halle en el lugar que es objeto de su análisis (‘in or on the field’), mientras que el explorador aspira a ‘ser uno más’, lo que implica ‘sumarse’ al entorno y su sociedad. Pero este es otro tema diferente.

Apostaría a que ahora, mientras me leés y me has estado leyendo desde el comienzo de mi conversación de hoy con vos, imaginando que aquí le hago una crítica despiadada al turista tipo y, por supuesto, una crítica elitista; ya que de esa forma profunda y demorada del explorador viaja tan sólo quien puede. Jamás podría criticar de forma insensible al turista típico; aquel que da gracias al cielo por haber tenido la oportunidad, aunque más no sea de poder por una única vez ver las calles, los edificios y monumentos de Paris, de Londres, de Tokio, de Moscú. Pasear, fotografiar y fotografiarse allí. Cómo criticar a esas masas de turistas que pueblan las ciudades durante la “temporada alta” (o durante la baja; los que buscan pasajes y hoteles con descuento). Esas ciudades en gran parte sobreviven gracias a ellos; el turismo es una contribución fundamental para la economía de las ciudades más deseadas y codiciadas de la tierra. No estoy criticando, ni podría de ningún modo criticar al turista porque —en ese sentido (y en varios otros)— yo mismo lo soy: excepto en el dos mil cuatro cuando vine a vivir a Francia con una visa de estudiante y una invitación a La Sorbona siempre he viajado con visa de turista. Tampoco me adjudico las nobles y profundas intenciones del explorador.

 Estoy sentado en el living (mi escritorio, aunque a veces mi escritorio se muda a la cocina) de mi departamento de los veranos parisinos. Brilla alto el sol radiante de esta canícula infernal, exactamente a mediodía de hoy sábado, mientras extraigo todas estas conclusiones siguiendo —y como punto de partida— la teoría de ese filósofo que escuché por radio. Trato de usar su argumento para explicarme a mí mismo qué parte se puede derivar y aplicar a mi propia vida de viajero. Cuáles son las consecuencias de la forma y actitud con que esas dos categorías —en que este hombre divide a la gente que viaja por el mundo (el orador radial no aborda ni reconoce la categoría de quienes viajan por razones de negocios porque se concentra en la gente que viaja para conocer)  me afectan a mí; qué es lo que me concierne de lo que deriva de esa clasificación.

Después de haberme explicado a mí mismo (y compartido con vos mientras lo hago) esa dicotomía que este hombre ha establecido, y seguido sus consecuencias lógicas, empiezo a observar mi propia vida de viajero, no solo porque mi propia vida es lo que siempre me interesa y motiva mi escritura, sino porque sólo a partir del yo, puedo escribir sobre el otro. Esto me trae a la memoria otra frase apócrifa, que mencionaré por mero interés y para beneficio personal. Se la atribuyo a Borges: Todos los que escribimos, escribimos siempre uno y el mismo libro, que es el libro sobre nosotros (ojo, dije apócrifa, ¿eh?).

He comenzado parafraseando al filósofo que oí en Radio France Culture, e hice las deducciones comparativas siguientes,  porque el discurso de ese científico de las humanidades me ha llevado a pasar muchas horas —diría que, de una forma u otra, todo el tiempo desde que lo oí— tratando a mi vez de entender qué hago, qué trato de hacer cuando viajo; qué he estado tratando de hacer desde que salí de Baradero a fines de la década del sesenta y por qué viajo; por qué lo he estado haciendo desde muy muy joven.

Ahora, hoy, soy ese tipo que durante los veranos del hemisferio norte (mi hemisferio desde hace treinta y un años) ocupa este lugar europeo, vive en París; hace sus cosas como si viviera aquí de modo permanente, fuera un parisino. Lo hago porque esta ciudad y su vida son parte integral de mi existencia, es una opción consciente y hedonista: Lo hago por puro placer. Eso lo entiendo y en eso me entiendo, pero por aquel entonces, aquellos años de mi partida de Baradero, carecía siquiera de la mínima conciencia de ese hecho tan simple y fácil de explicar y de entenderse. Cada viaje era motivo de grandes argumentos y discusiones en casa, ya que papá y mamá temían y desaprobaban mis viajes. Siempre partía con un sentimiento de culpa bastante considerable. Esto no sólo me cegaba a las razones por las que viajaba, sino que de alguna forma también las contaminaba, les confería un carácter transgresivo, pecaminoso. Por paradoja, fui a enterarme de que mis motivos era puros, gracias a una descripción que mamá (mi supremo filósofo e informante de toda la vida) formuló mucho tiempo después, en el dos mil, en una carta escrita en Baradero y destinada a la isla de Naushon, en Massachusetts, EE.UU., donde yo me hallaba en ese momento. No era dirigida a mí. Mama allí le confesaba a su destinataria: Huguito siempre quiso ver el mundo. En esta definición escueta, mamá en apariencia me adjudicaba la intención de cualquier turista, y no te olvides de que hace unas pocas oraciones, ‘acusé’ al turista de tan sólo ver las ciudades.

Sin embargo, mamá tenía razón y su elección del verbo ver no era simplista ni equivocada: sin que tuviera conciencia de ese hecho, desde muy chico había estado preparándome toda mi vida para partir hacia el mundo, para ver el mundo. Leía desde la infancia con un entendimiento no sólo emocional sino también visual del material literario. A partir de las descripciones de los autores de mi preferencia, yo me formaba una idea visual de esos lugares donde los argumentos se situaban (la pre-concepción del turista que mencioné arriba). Antes de haber puesto los pies en muchos lugares que en el futuro visitaría, ya me había formado una ‘imagen’ bastante clara, y algo certera —tan sólo algo certera— de esas ciudades, playas, bosques, montañas, islas, países enteros. Y eso me había despertado el deseo; un intenso deseo de llegar a esos lugares que mis libros encerraban y describían para poder verlos y así realizar (no ‘reificar’) mi conocimiento de los mismos. Tenía un deseo ferviente de conocerlos. Era un deseo constante de salir hacia un mundo que de modo literal, literario, crecía ante mis ojos con cada nueva lectura.

Debía confirmar mis impresiones previas caminando por los lugares de las escenas o dramas de los que me había enterado, al principio sentado de pantaloncito corto sobre el frío mármol del umbral de la joyería de papá, comiendo un pan Felipe de El Vasquito mientras pasaba horas allí leyendo. Recuerdo con claridad de haber leído, de tan de niño y sentado en ese umbral (seguramente en muchas sentadas cotidianas), la novela de mil novecientos cuarenta y dos de Lawrence Edward Watkin, Marty Markham, en una edición de la Colección Walt Disney. Ese fue mi primer contacto con el oeste norteamericano, por ejemplo. Después vendría Allen Ginsberg, las revistas psicodélicas de los sesenta, los poetas beats, la New York de Henry Miller y su Big Sur californiano. Y por supuesto todo el cine de Hollywood y las series televisivas de nuestra infancia y adolescencia. Toda esa información encendíó mi deseo carnal de ir a los Estados Unidos,  de visitarlo, de verlo, y al fin, de vivir en New York. En la adolescencia, Cortázar cambió mi vida: Rayuela me hizo decirme que algún día iba a vivir en París. Algo más tarde, su descripción de la agitación de mayo del sesenta y ocho en la Sorbona y los poéticos y revolucionarios posters y graffiti de sus muros durante ese período —que Cortázar transcribe en Último Round me brindaron la excusa para hacer realidad ese deseo de habitar París (viví en París subvencionado, en parte para investigar esa rebelión estudiantil-obrera). O sea, la novela Rayuela y la descripción de mayo del 68 en la Sorbona, como se lee en Ultimo Round, me dispararon hacia París. La bossa nova de los cincuenta y sesenta y el movimiento músico-cultural Tropicalia del sesenta y setenta, hicieron que me fuese a vivir a Río de Janeiro por diez años. La fama transgresiva de Ámsterdam, que presencié al llegar a esa ciudad mientras viajaba de mochila a comienzos de los noventa, me despertó tanto amor por ese lugar, me hizo desearlo con tal saña que también busqué las oportunidades necesarias para pasar períodos considerables y repetitivos allá. En ese caso la excusa fue unirme a la Cultural Analysis Summer Academy de la Universidad de Amsterdam. Esto me garantizó varios veranos en esa ciudad que nunca más dejé de visitar.

A todas las otras ciudades que entré con visa de turista lo hice también por razones de un deseo nacido a partir de algún tipo de información previa, que no era de naturaleza estrictamente turística; mis enamoramientos siempre fueron de alguna forma artísticos o culturales: no habría andado saltando de isla en isla griega o ido a ver las ruinas romanas si no hubiera sido por la mitología, la épica, el drama, la escultura, la mitología y la filosofía greco-romana clásicas.

Entonces, no soy el típico turista, lo sé, pero tampoco soy ese explorador de los párrafos anteriores. No lo soy porque jamás viajaría con un pacto de amnesia con respecto a mi pasado: cuando mamá escribe Huguito siempre quiso ver el mundo, no está hablando de ese nene sentado a la entrada de la joyería, inmerso en las aventuras de Spin y Marty, otros dos nenes, sus iguales norteamericanos protagonistas de la novela de  Watkin, ni mamá habla del adolescente que leía Rayuela tirado sobre el césped, con su paciente novia a su lado, a la sombra que proyectaban las paredes de la antigua sede del Regatas. Mamá tampoco se refiere al Hugo jovencito que devoraba a Henry Miller o a Charles Bukowski a la hora de la siesta, en su cuarto del primer piso de la casa natal baraderense de la calle Santa María de Oro.

Cuando mamá dice, Huguito siempre quiso ver el mundo, ella habla de mí, hoy; de quien soy todavía, de quien soy yo hasta este mismo instante. Habla de ese en quien me reconozco y me he reconocido desde que empecé a saber que había un mundo más allá de mi pueblo, afuera de mi pueblo. No soy el turista/ consumidor (aunque también, de cierto modo), ni soy el explorador amnésico (aunque de cierta forma). No lo soy sobre todo porque quien viaja, quien ha estado viajando y viviendo en ciudades extranjeras siempre es ese Huguito, un nenito fascinado que quería y sigue queriendo ver el mundo. El que ve y percibe y se emociona no es un turista ni un explorador como los que describiera el filósofo, sino el espíritu vivo de ese chico que mamá concibe y explica con esa oración en esa carta. Ese es quien de esa forma sigue vivo en mí. Soy yo ahora mismo. Si mamá me sintetiza de esa forma es porque ella ha percibido esa fiebre de andar por ahí que me impulsa y justifica. Ella sabe que mi ser intrínseco me conecta e impulsa a esa continua experiencia trashumante. Sabe mamá de la forma tan intensa en que vivo cada ciudad, conoce esa, mi afectividad epidérmica con el mundo extenso. Tal vez sea por eso que cuando partí a su pesar y para su tristeza hacia Brasil, se levantó conmigo a la madrugada y planchó sobre la mesada de la cocina un chaleco muy hippie de jeans desflecado que ella había confeccionado a mi pedido y de acuerdo a mis especificaciones. Desde su quietud baraderense, en espíritu mamá me acompañó en cada viaje, y sigue a mi lado, hablándome sin cesar hasta hoy, en cada lugar donde me hallo.

Sigo siendo el chico deslumbrado por la novedad, por lo diferente, por lo inesperado, por lo extraño, por lo incomprensible, por lo fascinante, hasta por lo asustador. Por todo lo extranjero. Soy ese chico de Baradero que soñaba lejanías. No me he perdido ni un ápice de esa capacidad infantil de sorprenderme. Los mil paisajes, experiencias y bibliotecas que habitan mi memoria y mi conciencia no han aquietado la voz ni robado el espacio de ese Huguito que continúa su discurso interior. Mi mente y mis ojos y siguen tan brillantes y aguzados como cuando la plaza Mitre era un territorio enorme y yo trataba de no errar la curva de la esquina (más de una vez me tragué el primer banco, jejeje) mientras daba la vuelta a la plaza en alta velocidad, aprendiendo a andar en la bicicletita que me prestaba Nestitor Barabino.

Creo que ese Huguito no se me muere porque sigo oyéndolo y obedeciendo sus deseos, tratando de satisfacerlos. Este Huguito que papá y mamá (sobre)protegían con tanto empeño es quien, tal vez por rebeldía, tiene todavía tanto hambre de mundo. No pierdo la capacidad de emocionarme todos los días, cuando despierto en todo lugar que considero lejano y exótico. Y como sigo siendo ese chico de Baradero, todos los lugares del mundo que visito y habito, son para mi igualmente extranjeros, lejanos y exóticos. De otro modo digo lo mismo: para este nene, familiarizado por su enorme sensibilidad de modo tan profundo e íntimo con su Baradero natal, todo el resto del mundo es extranjero, lejano y exótico. Esta impresionabilidad perceptiva de mi caracter me permite hasta la buenaventura de que cuando ando una vez más por Baradero, me fascino con el reencuentro tanto como cuando tomo el tren RER desde el aeropuerto De Gaulle hacia mi hogar de París. Me fascina tanto re-conocer las particularidades de esta ciudad francesa, como las de mi pueblo después de un tiempo de ausencia. Como se dice en un inglés perfecto e intraducible: I live in a continuous state of sublime elation.  Despierte donde despierte, lo hago rodeado de magia. Camino por las calles fascinado por la idea y la conciencia del des-cubrimiento (aquí sí, explorador).

Lo que trato de expresar es que siempre tengo plena conciencia del privilegio que representa para ese Huguito que soñaba con lo desconocido allá en Baradero, cuando, como anoche, pedaleo por la estrecha que Rue Vieille du Temple de mi barrio medieval de Le Marais. Soy conciente de esta singularidad que la fortuna me concede. Si dejase de ser ese nene de pueblo, tal vez dejase de sentir la intensa vibración que el contacto con estos lugares, mi presencia en estos espacios, genera en mi espíritu. Eso es lo que me insufla la energía, alegría y entusiasmo que niegan mi edad, y hasta las propias limitaciones de mi cuerpo. ¿Cómo es posible que haya alguna otra razón aparte de un estado continuo de iluminación , que lleva a mi cuerpo —que ya ha andado sobre la tierra por tantas décadas— a pedalear ochenta kilómetros por las colinas boscosas del estado de Westchester en un poquito más de tres horas y media? Sólo mi deslumbramiento al desplazarme en medio de esos bosques tan ajenos y tan míos al mismo tiempo puede impulsarme e inspirar el esfuerzo que demanda el próximo kilómetro, la próxima subida, la confrontación del peligro constante que implica cada descenso, siempre en estado de elación, siempre a tanta velocidad como mi ser físico me lo permita.

Aun el simple hecho de estar ahora mismo escribiéndote desde un espacio que me permite ver la torre Eiffel con tan solo girar la cabeza hacia la izquierda (estoy en un séptimo piso y París, como Ámsterdam, es una ciudad baja, casi sin ascensores) tiene para mí un valor extraordinario porque quien hace estas cosas es ese Huguito que pedaleaba (en secreto y escondido de sus padres) hasta el Chocolatín de la ruta nueve y vuelta al pueblo, porque de ese modo no solo salía de Baradero sino porque también llegaba a la Panamericana, esa ruta sobrenatural que conectaba a todas las capitales de las américas.

Sí, yo soy mismo Huguito, quien ahora camina hacia su trabajo en la Universidad de Nueva York, con absoluta conciencia de serlo. Eso es lo que hace que me emocione toda vez el mismo transcurso cotidiano. Ese nene baraderense que iba a El vasquito por un kilo de pan felipe y a lo Belesía con una listita de compras porque estaba a cargo de los mandados, es quien ahora camina al amanecer por la calle University Place, hacia la oficina. Soy ese nene, ahora, ya adentrado en el campus abierto de la universidad, listo para otro día de dar clases en inglés; una cosa más que sorprende y fascina a este nenito que hoy habla bastante mal ya cinco idiomas.

Los pasos que me transportan por el mundo son dados con los mismos piecitos que subían los escalones de granito del Cóndor para ir a contar durante el juego de la escondida en tantas noches de verano de mi plaza de Baradero. No me he deslindado del yo que existió allá y en ese entonces. No he dejado que el Hugo extranjero se me naturalice.  En ese sentido, seré siempre el turista que observa todo desde un punto referencial que se halla en mi pueblo de origen, como acusara el filósofo de la radio francesa. A esta postura no la abandono; de ese lugar no salgo, de allí en lo emotivo no me muevo, caso contrario, desaparecería lo que —por razones de economía y pereza— llamé aquí “la magia”. Total, sé que vos me entendés.

 Tal vez sea por eso —mi necesidad de distanciarme de Baradero sin jamás abandonarlo, sino haciendo de mi derrotero una forma de extender mi pueblo hacia el mundo— que me imagino a mí mismo no como un explorador ni un turista sino como un marinero. Un marinero que siempre y nunca regresará al lugar de origen, una situación que se ha estado describiendo desde siempre, desde la Odisea, hace ya dos mil ochocientos años.

Una de esas muchas sincronías que han ocurrido y continúan ocurriendo en mi vida me adjudicó en el sorteo para la conscripción militar obligatoria de mi juventud el altísimo número 941 (la tómbola tenía 1000 bolas). Este bolazo determinó que pasase no recuerdo si fueron veintiséis o veintiocho meses en la Armada Argentina: Se hizo así innecesario que me mintiese cada vez que me pienso o me digo marinero: esa es la palabra que esa fuerza armada estampó en mi Libreta de Enrolamiento.

Ahora tengo que dejarte. Bajo a la calle para caminar por esta tarde de sábado en París, otro de mis hogares. Te he dicho muy poco de aquí, pero no importa: tenemos todo el verano.

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Rue Saint Maur, París. Sábado 6 de julio de 2019

 

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1 COMENTARIO

  1. la verdad es un placer leer todas tus notas en particular me trasladan a mi infancia y salen mis mejores recuerdos de mi niñez de mi barrio y de los amigos que ya no estan y de los que olvide de las tarde del potrero detras de una pelota y de mi querida escuela n°1

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