Una expresión de los valores que faltan

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A Raúl Alfonsín la vida le dio la oportunidad de expresar a los argentinos dos veces. La primera sucedió en diciembre de 1983, cuando una nación empobrecida, salpicada por una lluvia de sangre y vejada ante el mundo por la aventura de Malvinas llevó a la presidencia a un político tradicional convencido de la necesidad de progreso, a un cristiano practicante que le prometía el divorcio vincular, a un abogado de clase media que había defendido presos políticos, a un ex cadete del Liceo Militar que denunciaba las salvajadas de sus antiguos camaradas y se había opuesto a la Guerra del Atlántico Sur.

 

Alfonsín se ofrecía como la salida de aquella noche oscura que había hundido en la abyección a unos y en el sufrimiento a otros. Entonces, buena parte de la ciudadanía advirtió que la existencia de la CONADEP podía redimirla de haber sido “derecha y humana”; que la opción del Grupo Contadora la rehabilitaba del alineamiento servil –y para colmo inútil– con Washington; que esa democracia extraña, de la que nadie sabía decir si había venido, si había llegado o si había aparecido por casualidad, un buen día, se legitimaba ex post facto con el juicio a las juntas militares. La campaña electoral había estado impregnada por esa tensión: los que sabían que el patoteo sindical había estado en el corazón de la discordia se toparon con un paro lanzado por la UTA para boicotear el acto de la UCR en Ferrocarril Oeste: quienes buscaban arrancar de cuajo la simiente de la Triple A se dieron de bruces con la quema de un cajón y un eslogan, acuñado por Guardia de Hierro: “Somos la rabia”. A esa frase desdichada el abogado de Chascomús le opuso otra de efecto balsámico: “Somos la vida”. El último acto radical, el de cierre, fue por pedido de Alfonsín en la 9 de Julio. “¿Y si no llenamos?”, le plantearon. “Si no lleno la 9 de Julio no puedo ser presidente”, contestó. Llenó, habló del “imperialismo que hoy puso su mano en (la isla de) Granada” y concluyó, según su costumbre, con el preámbulo de la Constitución.

 

Es verdad que el mismo gobierno del juicio a las juntas iba a imponer las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final; es verdad que el proceso de movilización se amesetaba; es verdad que se resignó al fracaso de la ley sindical; es verdad que hubo una Semana Santa y un Felices Pascuas. Pero Raúl Alfonsín era hijo de las revoluciones del siglo XVIII, no de las revoluciones del siglo XX.

 

El lunes, la noticia de su muerte propició a su gente la segunda oportunidad. Entre el llanto y el respeto, una multitud incalculable homenajeó en él dos virtudes: la honestidad y la tolerancia. Parece poco para convocar a tantos. A menos que lo que esto señale sea una aspiración, y al pesar se sume una enorme dosis de hartazgo, un malestar que no suelen registrar las agendas políticas. Parafraseando el manifiesto de la Reforma de 1918, quizá los dolores que quedan sean expresión de los valores que faltan.

 

Escrito por Susana Viau.    

 

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3 COMENTARIOS

  1. Lo fueron….y se retiró con toda la dignidad, no te olvides de como el turco le hizo temblar hasta los sesos y sólo pudo mantener en pie la democracia, que no es poco!!!!!!!que el tiempo y la historia lo juzgue!!!!!!!!!pero se fue por la puerta de adelante sin llevarse absolutamente nada

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