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Violentango (para preservar «La Memoria» de lo atroz) – por Hugo Pezzini

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_______________      “Se trata en realidad de la tradición del tango. El hombre que perdió a la mujer mira el mundo con mirada metafísica y extrema lucidez. La pérdida de la mujer es la condición para que el héroe del tango adquiera esa visión que lo distancia del mundo y le permite filosofar sobre la memoria, el tiempo, el pasado, la pureza olvidada, el sentido de la vida. El hombre herido en el corazón puede, por fin, mirar la realidad tal cual es y percibir sus secretos”.

                                                                                             Ricardo Piglia

                                             I

                       Tango Cromático

                                            [Tato]

A pesar de la remera negra que le cubre los ojos, Tato sabe que la luz matinal lo ha invadido. Sabe también que porque se piensa dormido, está ya despierto, consciente, tenso y listo para las percepciones habituales que comienzan por esa: se piensa dormido, ergo, está despierto.

El agua que gota a gota escapa de la canilla de la cocina cuenta los segundos como un metrónomo. Tato no es un tipo a quien la naturaleza haya dotado para las artes que requieren “destreza doméstica”. No está vivo o despierto para arreglar canillas. Entonces hace caso omiso de las amenazas kármicas que, de acuerdo a los principios del Feng Shui, se ciernen sobre las viviendas que permiten la persistencia de esta falla hidráulica.[2]

Preciso como un reloj, ese desperfecto de un goteo repetitivo hasta la insania le recuerda el lento suplicio chino —dato legendario que Tato corrige en su mente cada vez que lo piensa, pues Tato sabe que no lo es tal. Su mente enciclopédica lo remite al Siglo XV de Hippolytus de Marsillis. Cada mañana, en un acto intelectual recurrente se distrae de los efectos de la tortura que la canilla defectuosa le inflige (informarle que se halla nuevamente en el mundo fenomenológico, el universo de la realidad perceptible) con un ejercicio mental inevitable: corrige el origen de ese método de tormento. Retira del antiguo Lejano Oriente la gota que horada la piedra y destruye la mente, para resituar esa forma de martirio en su geografía y temporalidad correctas. No en la China de la antigüedad sino en la península itálica medieval. Como todos los días, después de la concientización de su propia vigilia —de su estado vigilante—, su primera actividad intelectual es la consideración de un método y forma de tortura.

Déjà vu. El gusano viscoso repta el círculo vicioso de los eventos cotidianos. En algún momento esa u otra gota desbordará el vaso.

Con los ojos todavía cerrados, traga el sabor amargo de excesivos cigarrillos nocturnos y se estira para alcanzar el atado de Parisiennes.

Apoyado contra la pared donde ha graffitado ¡BASTA DE MUERTES! Tato enciende el primer pucho del día y pita con fruición. Exhala un largo flujo de humo blanquecino. Un patrullero ulula su queja avenida abajo. Tato percibe su alrededor sin emoción ni sorpresa: sólo una mañana más en Buenos Aires.

El agua gotea sobre una olla sucia olvidada en la pileta. Desnudo y con frío, camina hacia la cocina para tratar sin éxito de cerrar la canilla, tose su rumbo hacia el baño, después se prepara un café. Enciende la radio y oye la suma diaria de cuerpos. La apaga.

Tato fija los ojos en la obra que descansa en el amplio caballete esperando el pincel. Entiende que de algún modo algo falta. Es como si todo el trabajo del día anterior hubiera desaparecido durante la noche.

Mientras camina hacia la estantería, se pone la misma remera negra con la que, a modo de antifaz, lograra la deseada oscuridad durante la noche. Una expresión de dolor cruza su rostro mientras levanta el brazo izquierdo, un dolor profesional que de tan habitual ya es su amigo íntimo. Toma una nota mental al respecto del tamaño y peso de la paleta que se recusa a reemplazar.

Atados de cigarrillos, latas de pintura, tubos exprimidos. Brochas, espátulas y pinceles sucios, una botella de vino. Decide atacar la tela de inmediato. Intuye que debe hallar una justificación para tanta carencia de sentido en medio de tanta luz matinal. Es en ese momento cuando descubre se le ha acabado un color fundamental, magenta.

 

magenta. Del it. magenta, por alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta [Lombardía, Italia], 4 de junio de 1859, porque este color se puso de moda después de esta [cruenta confrontación armada].

  1. De color rojo oscuro.
  2. Color magenta.
  3. Colorante magenta.

Diccionario de la Real Academia Española

 

Tato se sirve un jarro de café caliente y se deleita con su aroma. Lo posa sobre la larga mesa y al lado coloca un recipiente para preparar la pintura faltante. Mientras bebe a rápidos tragos la fuerte infusión que lo traerá de regreso al mundo, Tato mezcla con cuidado el polvo bermellón con el aceite de linaza y lo revuelve despacio con una espátula de madera. Una gota de púrpura. Observa por largo tiempo el resultado y acaba por espolvorear un poco más de pigmento bermellón.

Magenta. Revuelve el color, pensativo. Se asemeja a sangre; es sangre. Satisfecho a este respecto, con al menos un logro, enfrenta el caballete.

Al principio, apenas acaricia la tela con movimientos simples del pincel, pero no pasa mucho tiempo antes de sorprenderse ya golpeándola, resoplando, tratando de decir aquello que es pero está y estará instalado de forma permanente en un espacio conceptual intangible, tal vez ininteligible.

¿Cómo articular el grafico de una experiencia que se refugia en una dimensión recóndita —tal vez inalcanzable— de su estructura psíquica, ya que corresponde al sistema lógico (¿?) más absurdo de la existencia humana? ¿Cómo seguir creando ante la brutal reificación —sino de la realización— de la impotencia o mejor, de la imposibilidad ética? Piensa en Theodor W. Adorno:

To write a poem after Auschwitz is barbaric  [1]

¿Cómo describir la historia actual —y su historia actual— e ignorar las marcas crudas de una desesperanza civica abismal? La ausencia de respuestas lo lleva a vislumbrar la sombra amenazante de una sentencia que lo condenaría a la prisión perpetua de un universo puramente retórico.

Hace un alto para encender el estéreo y girar la perilla del volumen hasta el número10 del dial. Lo que vendrá derrota todo ruido callejero..

Aturdido, Tato solidifica su decisión de construir algo a partir de esa mañana, del bandoneón obstinado de Astor Piazzolla, del intruso ocupa que no abandona el amparo de su estómago, y del rojo espeso, pegajoso y aceitoso. El material recién aplicado —pintura al óleo y acrílico frescos allí sobre la tela (pero ya imagen significante) —,  resistiéndose a la implacable fuerza de gravedad que quiere desplazarlo hacia el piso del estudio, debería gritar esa realidad pesadillesca ad aeternum.

Pero Tato nunca desistirá, no sin antes ofrecer su más encarnizada resistencia a ese monstruo que se ha adueñado de sus vísceras. Por eso Tato continúa una y otra vez. Insiste. Todavía otra y otra vez. Y otra vez. Llegado un momento, siempre insatisfecho, hunde los dedos en la lata de negro mate para después, obstinado, arrastrarlos como tajeando diagonalmente la tela —y dejar entonces las marcas horrendas de esos intentos infructuosos de un asesinato estético que abre senderos despiadados en la rojiza magenta.

¡Fuck art!, se dice recordando un cierto poster desvalorizador del formalismo que lo interpelara una vez desde cierta pared que creía ya olvidada.

. . .

Algo más tarde, al borde de la cama, sentado con las piernas separadas en total abandono, Tato frota su rostro de forma ascendente hasta descansar la cabeza entre sus manos, los codos apoyados en las rodillas. Así permanece. —¡Oh, Dios! —musita inmóvil. Tato no lo sabe, pero su gesto le ha manchado el cabello de negro y rojo, y ahora su rostro se halla cubierto de impresiones digitales resbaladizas que derivan en largos surcos, como tatuajes y mutilaciones tribales.

Se ha transfigurado y Tato, sin saberlo es una síntesis de máscaras africanas, de facciones maoríes, y de rostros heridos, destruidos. De la historia del arte.

La construcción bidimensional que lo ocupaba saltó de la tela y ha engendrado inadvertidamente una…  tridimensionalidad performática…  que lo incluye y completa.

Tato ahora —por unos segundos o minutos, por un tiempo mortal, de acuerdo a la efimeridad intrínseca del tiempo— se halla integrado de forma sublime (el absoluto perecible de Longinus) a ese universo de ideas, acciones, artefactos y sensaciones que informan su existencia actual y que él ha estado tratando de modo infructuoso de reproducir, de transformar en arte.

Tato, no obstante, jamás llegará a darse cuenta de que acaba de abandonar la limitación tradicional del espacio pictórico, tal vez de lo pictórico en sí mismo. Con su imagen alterada por obra de la aplicación involuntaria de pintura acrílica y al óleo sobre partes de su cuerpo, frente a la tela descomunal que impera tiránicamente en ese ámbito —más el estruendo de su carga emocional, que se suma a la, también momentánea, angustia sobrenatural de Piazzolla— Tato y su estudio son un todo que constituye lo que busca sin hallar. Hombre, espacio, acústica y momento histórico se han fusionado en la instalación descriptiva eficiente de «El hombre que está solo y espera «[3]. Se halla situado en y sitiado por un universo que metaforiza esa… esa… esa… [el narrador tampoco sabe cómo expresarlo],  Iron Maiden [4] en que se ha transformado su mundo [el mundo] actual.

Aunque Tato desconoce —y menos aún comprende el significado— de este fenómeno estético accidental, [jugándole una mala pasada olímpica a su voluntad y conciencia] su propia obra lo ha incorporado a él mismo como artista a la escena sobre la cual de modo infructuoso Tato ha estado trabajando con toda su intensa voluntad. Ese todo tal vez exprese la exactitud del mejor significante posible. Sin embargo [y sin que él perciba que esto está sucediendo aquí y ahora], Tato intuye que en teoría al menos, el integrarse de modo espontáneo y de forma patética a un medioambiente artístico performático constituye un signo oracular de fin y recomienzo. Fuera del alcance de su comprensión, además, el «valor mágico» de su construcción significa el omen [5] que vaticina la inminencia de su acción futura trascendente sobre y en el mundo real. Si la admonición de este oráculo presagia la bienaventuranza o la tragedia sólo halla su apocalipsis [es decir, su revelación] en un futuro no lejano que el lector tendrá el privilegio de conocer.

Sin embargo, porque Tato aún ignora el dinamismo que su realidad adquirirá en el futuro, esta ignorancia lo mantiene en una búsqueda laberíntica, interminable. Después de otro tiempo inmensurable, Tato se pasea de un lado a otro [esa constante felina de lo enjaulado] entre las notas de Piazzolla que se estiran hasta quedar colgadas en las paredes desnudas de su estudio.

Parado frente a la ventana, Tato observa el trajín de Corrientes. La húmeda saturación del gris del asfalto que allí se fragmenta, justo donde el estrecho cielo refleja sus tonos metálicos en el suelo. Mil ruedas de taxis que apresuradas desintegran ese espejo en mil trozos. Siete mil años de desgracias.

Piazzolla ahora está interpretando Verano Porteño y —como Tato— nunca decide si nombra la furia, el horror [The horror! The horror!], el pesar o la ternura.

Los pensamientos del artista plástico ruedan sin línea ni lógica, descartando imágenes, preservando emociones. Este proceso finaliza siempre en lo mismo: en Alicia. Alicia ausente, Alicia ida, Alicia perdida. Alicia desaparecida.

Con gran cuidado Tato—como si se tratase de uno de los retratos de las amantes de Picasso— deconstruye en su memoria la imagen mental de los rasgos faciales de Alicia: de la boca, los ojos, la nariz y las orejas.

Recompone entonces su agudo perfil, y percibe entonces del perfume de su cuerpo.

Revive la sensación en sus dedos al deslizarlos entre la lisura de los largos cabellos de Alicia.

Volviéndose hacia la pared desnuda, le da la espalda a Corrientes. Permanece así, evocando parte por parte, con método y precisión, ese rostro que ya no existe para él desde hace una corta eternidad.

La imagen y la memoria que lo acompañarán para siempre:

Ella se va, cierra la puerta; sus pasos son menos y menos audibles en el corredor distante.

El ascensor.

 

Finalmente, de pie frente a la tela, Tato elige la brocha gorda y pesada de la lata. La hunde en el negro mate y después en el rojo magenta.

La larga estocada deja una mancha furiosa en el mismo centro de su pintura.

Una araña aplastada.

Una estrella muerta.

Un agujero en un corazón.

 

Tato se sirve un alto vaso de vino tinto y lo posa en el alféizar de la ventana. Aprecia la sombra púrpura que se proyecta a lo largo del piso de la sucia habitación. Después asa su carne sobre la plancha grill —la abandona sobre el fuego, dejándola solamente el tiempo que le lleva beber un vaso de tinto.

Corta entonces un pedazo sangrante en un rústico plato de cerámica moldeado y cocido por manos anónimas norteñas, allá en Salta. Ese plato no es para nada diferente de todo lo que posee: simple, ascético, espartano.

Alimentado, Tato se duerme en el suelo mientras siente la madera en su mejilla: un animal encajonado. Sueña con una noche sin pasado ni futuro; sueña con una noche sin historia. Sueña con una noche sin sueños.

 

La pesadilla acostumbrada lo despierta en un sobresalto sin aliento. Breathless:

Luces mortecinas apenas iluminan las paredes transpiradas de intrincados corredores poblados de ruidos macabros y rancios olores que apestan a miedo, a dolor y a muerte.

. Gritos y aullidos ululantes que sólo Morfeo es capaz de concebir —y el perfume pestilente de cuerpos que han iniciado el irreversible proceso de putrefacción. La resurrección de la carne no forma parte de este sueño aterrador.

Hay allí una puerta oxidada, abierta hacia un cubículo sin ventana alguna:

Desnuda, encapuchada y amarrada a una silla de hierro Alicia lee el menú [esas alegorías oníricas incomprensibles]:  

 

                       El largo cuestionario

                      El teléfono

                      El saludo militar

                      Rodilla en tierra pedregosa

                      La contención de la pared

                      El cacheteador carcajeante

                      El novio

                      Los amigos cariñosos

                      El enemigo malvado

                      El “pau de arara

                      El submarino

                      Fumando espero

                      La manicura

                      El “peeling

                      La máquina

                     El entubado

                     El embutido

                     El dentista

                     El ginecólogo

                     La faux ejecución

                     La boleta

 

La noche rodea el cuerpo de Tato, su habitación y la ciudad. La terrible y renovada conciencia de la realidad reemplaza a la pesadilla que le ha robado el tiempo de ver el rojizo crepúsculo que ya ha caído por detrás de la línea de edificios, afinándose sobre el horizonte de rojos y púrpuras que acabaron desfalleciendo.

No soporta la noche temprana del invierno; cuando más cercana la noche, mayor el estupor.

Para recomenzar el viejo ritual, vuelve a la tela que se estira obscena de punta a punta de la habitación. Otra vez transpira, lidiando con su enigma por medio de un tremendo esfuerzo físico. Esta instancia paradojal se traduce esta vez en action painting. Casi de modo espasmódico, Tato ahora trata de negar cualquier forma concreta, ya que en el absoluto no existe lugar para ninguna representación explícita: El ser y la nada.[6]

Se detiene nuevamente para recordar la última visión de Alicia. Una vez más Tato oye el sonido amortiguado de los pasos de la amada que se aleja por el corredor, mientras el tango eterno en su estéreo genera o alimenta una amarga melancolía. Es un largo adagio en el que conversan un violín y un contrabajo, mientras el desgarrador bandoneón de Piazzolla persiste en describir el largo camino hacia la incertidumbre.

Silencio profundo de la noche.

Testigo de lo inevitable, desde la ventana Tato observa una vez más la calle vacía y mojada.

Una campana de la iglesia lejana tañe las doce.

En voz queda, de modo mecánico y ‘para nadie’, un canillita en la esquina anuncia “la sexta”.

Tato abre la ventana y acoda su inmovilidad. Está por ser enmarañado en pánico y sorpresa. Apenas se mueve para arrojar el pucho hacia el asfalto brillante.

La lluvia se derrama sobre la ciudad puerto.

El arco de luz que crea la brasa del cigarrillo encendido cesa justo en el momento en que el bramido del coche que se aproxima veloz ensordece el taconeo de Alicia, ya en la calle. Ella ya salió del edificio y camina hacia la parada del colectivo.

 Comienza la náusea; el bandoneón también suena. El pibe aprieta los diarios bajo el brazo y se guarece en la protección [y la oscuridad] que ofrece la cornisa.

Las imágenes se hacen borrosas cuando Tato ve que el coche se acerca a Alicia. Es un Falcon gris, sin patentes. 

La memoria de Tato se acelera: Como en una vieja película muda, los detalles de la acción se pierden en la velocidad increíble de su violencia. Todo sucede en pocos segundos:

Del vehículo aún en movimiento, las cuatro puertas se abren en acción simultánea, sincronizada. Tres hombres interceptan con rapidez a Alicia y la rodean. El chofer permanece en su asiento.

 Uno de ellos la aprisiona, sórdido; le arquea el cuerpo hacia atrás, y —como si la acarease— lascivo y ultrajante la recorre entera con una mano mientras le estampa la otra en la cara —un cachetazo brutal— y a continuación le cubre la boca donde se insinúa ya el grito, ahogando así el aullido que en medio del pavor, aborta en vez de nacer.

Tato lee en los labios del bruto el ladrido ronco de una orden, “¡Cayate, puta de mierda!” pero no lo oye. Su oído cesa su función; la obscena crueldad de la escena en la calle lo paraliza.

Un segundo hombre, que parece liderar el operativo, precede al comando de secuestro en dirección al coche.

El vehículo retrocede y sube dos ruedas a la vereda para posicionar la puerta trasera en paralelo al grupo. El chofer hace su trabajo con precisión.

El tercer pesado, circula; controla su alrededor; desestimula la presencia de cualquier testigo involuntario: de su hombro cuelga ostensiva la metralleta.

El operativo es impecable. ¿Cuántas veces han hecho lo mismo?

Arrojan a Alicia en el piso trasero del Falcon y dos hombres se sientan inmovilizándola allí con los pies. El ametralladorista ocupa el asiento delantero del copiloto.

Así como el relámpago del arribo, sucede el rayo de la partida: las puertas aún no han acabado de cerrarse pero las ruedas ya queman caucho en la vereda; el coche salta a la calle en un corcovo y acelera patinando y coleando sobre el asfalto mojado.

 Ensañado, uno de los hombres del asiento de atrás, con los tacos de sus zapatos martilla varias veces “algo” que yace en el piso.

Fuera de sí Tato ve bermellón rojo púrpura magenta negro el arcoíris macabro y su propio cuerpo paralizado en la ventana.

 “¡Basta de muertes!”

Aterrorizado, el canillita —un pibe conocedor de la yeca— ha huido mucho antes.

Sus diarios abandonados, ahora hojas de papel sueltas y sin significado, vuelan en manos del viento… calle abajo… como palomas perezosas.

 

 

                                                II

                                  Leña

                                                [Patricio]

Patricio no tiene ninguna duda de que hacer un asado para un almuerzo al aire libre en el mes de julio es un absurdo de dimensiones descomunales. No obstante, lo han instituido y es un rito anual porque —dicen en broma— el 4 de julio marca la apertura oficial de la Barbecue Season  [la temporada de los asados] en los Estados Unidos; lo que por otra parte ni siquiera es cierto. Patricio sabe muy bien que esa función la cumple Memorial Day, el “Día de la memoria” [en recordación y honor a los miembros de las fuerzas armadas muertos en combate], que es a fines de mayo.

Pero, che: esto es Atracadero, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. ¡Es invierno en Sudamérica! ¿No sería mucho más lógico servir ravioles y pollo asado o simplemente unos buenos bifes con puré en el comedor, como siempre? ¿No se dan cuenta estos “gringos”?, —no sin sarcasmo conversa Patricio consigo mismo entre dientes. —¡De ninguna manera! No quería tener que estar hachando leña para encender el fuego un domingo a las siete de la mañana, pero a papá sólo le gusta el asado a la leña. Me dio esta tarea y… sabés cómo es mi viejo. En realidad me lo pidió anoche, mientras estábamos vistiéndonos para salir, “Patricio, terminá de hachar esa leña para el fuego bien tempranito que quiero tener todo listo de antemano para que nada salga mal. Esto tiene que salir perfecto. ¡Dale!, ¿eh?” Yo me estaba preparando para ir a ver una película con Nora y después a “Bodega” para tomar unos tragos, bien al ladito del cine. Anoche papá salió solo, por supuesto: los sábados son de él. Los domingos son diferentes: lleva a mi vieja al Club Social, donde se juntan a cenar en la mesa de los directivos de Frigoríficos Latinoamérica con ellos y sus mujeres —y con algunos chacareros ‘importantes’. A veces también están el Intendente y el Comisario, ese nuevo que envió la Junta Militar.

Patricio  continúa levantando el hacha sobre la cabeza, bien alto. Entonces la deja caer con toda su fuerza sobre uno de los varios troncos que trajo del stock que el padre guarda en el tingladito que se halla embutido en la parte de atrás del gran garaje. Patricio se detiene de vez en cuando, hace un cuenco con las manos y le sopla aliento caliente, tratando de recuperar la sensibilidad. Tiene ambos brazos adormecidos desde los codos hasta las puntas de los dedos. Estima que la temperatura debe estar en los grados bajo cero y el hacha quedó olvidada a la intemperie durante toda la noche. El mango de madera está congelado. Un asado en julio, ¡totalmente ridículo!

Lo que en realidad Patricio desea es estar durmiendo. El equipo de fútbol donde juega, el de Frigoríficos Latinoamérica, enfrenta mañana domingo por la tarde a uno de San Pablo, el pueblo vecino; es el equipo de la Destilería Barley, donde fabrican el Parry, ese whisky bourbon de maíz que todo el mundo toma en Bodega. Hay que ganar el partido de cualquier manera, recuperar los puntos perdidos la semana pasada.

Patricio se había acostado tardísimo el sábado a la noche. O mejor, el domingo a la madrugada: al fin de la noche anterior había pasado más de dos horas estacionado ya casi llegando a la Panamericana. En el Torino 380w de su viejo, se había apartado de la Ruta 14 —por la que salía de Atracadero en lugar de usar el acceso— al hacer un giro a la derecha para tomar un camino de tierra hasta un paraje desierto cerca de las vías de un paso a nivel que casi nadie utiliza. Con todas las  luces apagadas —y con Nora desnuda; ambos, claro— se habían ido esas dos horas, por lo tanto ya casi amanecía cuando Patricio por fin estacionó en el garaje de Frigoríficos Latinoamérica. Pero su padre es inflexible con respecto a todo lo que esté relacionado a la realización del tradicional asado del cuatro de julio. Todo “tiene que salir perfecto”. Así que Patricio está de pie, cumpliendo su obligación.

La familia de Patricio habita dentro del barrio cerrado de viviendas ejecutivas de Frigoríficos Latinoamérica, y cada familia hará hoy su parrillada. Este almuerzo ha cobrado tamaña importancia para el padre de Patricio, Víctor Palmeiras, porque como Director de Seguridad de esa industria, tiene su casa en la villa de los directivos —y la suya es la única familia no norteamericana del complejo. Patricio  sabe muy bien cuánto su padre lamenta y resiente esta diferencia. Víctor Palmeiras trata de compensar su condición de extranjero imitando la cultura y el comportamiento de los vecinos, “The American Way”[7] , comiendo platos norteamericanos y celebrando los feriados norteamericanos.

Patricio ha tomado clases de inglés desde el jardín de infantes y ese idioma hace parte integral de su vida: es cien por ciento fluente y carece de acento extranjero. Una vez que uno transpone los portones automáticos de acceso a la villa privada del frigorífico, la lengua que se habla en las residencias y en las áreas verdes del complejo es la de Estados Unidos. Claro que Patricio  no precisa hablar inglés dentro de casa, pues la suya es una familia argentina: Magdalena, su madre, lucha con tenacidad —y no sin dificultad— para dominar el inglés y, en verdad, el de Víctor Palmeiras no es muy sofisticado que se diga. Muy fluente, pero absolutamente colloquial.

Víctor Palmeiras ingresó a “Frigoríficos” después de haber sido obligado a aceptar una “baja honorable” de las Fuerzas Especiales del Ejército por causas nunca divulgadas. Su descargo ocurrió con sólo diez años de ejercicio, a pesar de haber egresado con honores del Colegio Militar de la Nación con el grado de teniente de infantería.

Durante el proceso de ingreso a la empresa, de entre las docenas de postulantes cuyos únicos títulos provenían escuelas secundarias de la provincia, el curriculum vitae de Víctor Palmeiras lo había hecho de inmediato un favorito ante el panel de admisiones del frigorífico. Con su grado militar, un tipo como él, que habla y se mueve con la marcialidad de un férreo militar, puede hacer una excelente carrera en la División de seguridad del enorme frigorífico —que constituye la industria fundamental del pueblo de Atracadero, por otra parte: El pito que llama  a los obreros de los diferentes turnos de Frigoríficos Latinoamérica es omnipresente en el éter el pueblo, éste silbido marca de facto el paso del tiempo local.

Ese vaticinio se ha cumplido con exactitud hasta este momento:  La carrera profesional de Víctor Palmeiras en Frigoríficos Latinoamérica ha sido brillante y meteórica. Después de aquella primera entrevista de candidatos a un puesto en la División de seguridad del frigorífico, el jefe del panel entrevistador había sintetizado la opinión general de quienes habían interpelado a Víctor Palmeiras de la siguiente forma: “He talks the talk and he also seems to walk the walk. Let’s hire him.” [8]

Víctor Palmeiras en poco tiempo escaló posiciones hasta llegar a Director General de la División de Seguridad de Frigoríficos Latinoamérica para todo el territorio nacional. Su base permanente, no obstante, su lugar de residencia, y el área fundamental bajo su responsabilidad directa y control permanente es headquarters (el cuartel general), o sea, la planta industrial de Atracadero.

Pero Patricio  no piensa en eso. El joven vástago del Director de seguridad hacha leña en la gélida mañana del domingo mientras el pueblo todavía duerme.

 

                                                      III

                                            La Giralda

                                                    [Alicia]

Es así. Te sentás por dos horas frente a un pocillo para mirar el ajetreo de la calle Corrientes desde una ventana de La Giralda. Sabés que la situación es terrible. Abrís el diario del bar, La razón, y leés lo que los que están en el poder permiten que se publique. La TV, que está encendida allá a lo alto en la pared del fondo, ni cuenta: propala solamente las versiones oficiales del hecho que sea. Sobre el mármol frío de la barra descansa la otra opción: La Opinión, el diario de Jacobo Timerman, un poquito más confiable, o al menos un poco más veraz —ya que por medio de estrategias lingüísticas consigue eludir la censura  [Tato, muy preocupado, opina que los Argañaraz esos dos hermanos que manejan la redacción— son un par de audaces y van a terminar mal]. Ahí, “medio como que te enterás un poquito” de lo que pasa y de lo que se viene. Entonces hacés lo que podés. Das clases de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, pero intervienen la facultad, infiltran policías de civil entre los estudiantes, hacen arrestos indiscriminados y nombran rector de la universidad a un capitán de navío; ¡a-un-ca-pi-tán-de-navío! Aun así, vivís inundada de esa omnipotencia casi infantil que te acerca al fuego, ya que solamente los otros pueden quemarse. Nunca pensás que algo pueda ocurrirte a vos. . . Total, vos creés que no haces nada que amenace tu libertad. La verdad es que vos pensás que no hacés nada peligroso, en absoluto. Vivís una vida coherente con tu mundo. Hacés nada más que lo que hacen tus pares: compartís conceptos políticos y te alimentás de los mismos recursos intelectuales. Ves las mismas películas que ellos, leés los mismos libros, vas a los mismos bares, fumas los mismos negros sin filtro, usas la misma camisa Grafa y los mismos jeans; bebés la misma ginebra Bols. Estudiás las mismas disciplinas y tratás de encontrar una realidad que tenga sentido. Y lo que te disgusta es exactamente lo mismo que les disgusta a ellos. Tu necedad es no ver lo obvio: sos peligrosa y estás en peligro. Lo que hacés está prohibido; lo leés en los diarios y lo ves por televisión. El gobierno “reen-caminará” a este país y lo “hará marchar” por el sendero correcto, lo hará retornar a sus verdaderos orígenes, lo hará vivir de acuerdo a los valores occidentales y cristianos de los auténticos argentinos, los que cuentan. Frecuentemente ves los Falcon desplazándose despacito y cuidadosos por las calles, vidrios abiertos por los que asoman los caños de las Itacas, los absurdos espejos retrovisores en los marcos exteriores de ambas puertas traserasLos anteojos oscuros, los engominados furiosos “lambida de vaca”, las corbatas de nudo enorme, los bigotes. Lo único que falta en los Falcon son las patentes: nunca las patentes, siempre sin las patentes. Anónimos, inidentificables, omnipresentes. Pero, por supuesto, no es a vos a quien buscan. Por supuesto: eso pensás. Durante la última reunión del grupo de estudio ya les dijiste que no. No. No, eso no lo harás. A pesar de entender su argumento a la perfección, no participarás. No sos combatiente. No obstante sabés que es primordial desalienar a las bases —ese es el fin fundamental de estas ocupaciones relámpago que se planean y ejecutan en esta fase de la lucha. Sabés que la que se viene será una acción sorpresiva de adoctrinamiento a los obreros, que serán congregados de modo compulsivo en el patio del frigorífico. Será un operativo para acelerar la concientización de la clase trabajadora, “el agente natural de la revolución”. Saldrá bien porque hay bastante experiencia en esta práctica, en este tipo de operativo; éste no será el primero. Varios comandos de choque de la organización ya han efectuado ocupaciones relámpago con el mismo objetivo en otras industrias. Pero en el caso de esta empresa, la acción será también “ejemplar”. Se denunciará la instigación y el apoyo de las corporaciones norteamericanas y multinacionales asentadas en Argentina a los excesos totalitarios y los crímenes de lesa humanidad del gobierno militar de facto. La cúpula del ERP está en posesión de pruebas fidedignas de que estas maniobras de complicidad han sido vehiculadas por la mismísima Unión Industrial Argentina  —esa institución cuyos headquarters se localizan en un flamante rascacielos del incipiente barrio de Puerto Madero. El complot corporativo-militar tiene que ser denunciado de alguna forma sensacional que alcance los titulares de todos los medios de prensa. Nuestra cúpula partidaria [por su cuadro de infiltrados] tiene acceso a fuentes privilegiadas de información inaccesibles a los medios comerciales —los cabecillas de la resistencia saben muy bien qué se cocina en las “power corner offices” de las torres de vidrio y acero de la Unión Industrial. Como mínimo esta operación servirá para difundir por medio de nuestra propia prensa lo que la prensa oficial calla o tergiversa: Al fin de la ocupación todos los obreros ese día dejarán la planta de Frigoríficos Latinoamérica con su ejemplar de Voz Proletaria, el periódico clandestino del Partido Revolucionario de los Trabajadores —que aún permanece circulando fuera del alcance de los censores. Por último, será una demostración de que la resistencia sigue viva y la lucha continúa. Bueno, pero, aun así,  no importa: Vos no tenés nada que ver con eso. Se lo has dicho. Vos ya has asumido una función política clara y definida dentro de tu entorno social y cultural. Toda tu acción y tu compromiso mismo se reducen de modo exclusivo a tu profesión. Vos sos una académica y tu papel es estrictamente el de instructora. En este momento tu aporte lo hacés en las discusiones estudiantiles semanales del grupo de estudio de El Capital, que estás dirigiendo —es en ese taller donde se complementan las elaboraciones y articulaciones ideológicas que acaban auto-gestando sin cesar nuevos cuadros intelectuales comprometidos con la causa. El próximo paso de ellos es la incorporación y tal vez, eventualmente —cuando y si necesario— el paso a la acción. Esa es tu contribución necesaria y suficiente: no sos combatiente ni lo serás jamás. La teoría no liberará al pueblo, dicen los cuadros armados, pero ese es un refrán típico de los Montos y del ERP —este último, el brazo militar de tu partido. Vos nunca te incorporaste al ERP, siempre fuiste un cuadro ideológico del Partido Revolucionario de los Trabajadores, al cual te integraste mucho antes de que lo proscribieran. Pero los grupos armados insisten en que la modificación de la conciencia política de la sociedad como un todo es una tarea que llevaría generaciones y que el tiempo apremia. La teoría marxista reza que la historia tiene su propio tiempo y sigue su propio curso. Vos misma has articulado tu propia definición marxista del tiempo histórico y la fuiste a presentar en una conferencia de Harvard University y hasta quienes quieren arrastrarte a la acción directa te citan a menudo: “En la historia nada sucede demasiado temprano o demasiado tarde; nada de lo que ha sucedido podría no haber sucedido, y nada de lo que no ha sucedido podría de ningún modo haber sucedido.  La historia tan sólo es; y siempre lo es en su propio momento, que siempre es el momento justo”.

Y así es en Argentina en este momento, dicen los cuadros: las condiciones están dadas para una revolución del proletariado. Hasta puede que tengan razón, quién sabe. Pero aun así tu apoyo es literalmente teórico. Aunque no sea “pacifista”, tu trabajo tampoco es violento, sino que es el producto de una aspiración originada en un concepto clásico utopista. Bien lo sabés; lo tenés muy claro: tu postura filosófica define, guía y establece los límites de tu acción política. En consecuencia, una estrategia alternativa a la de la violencia, para vos no es algo absurdo. Dentro de tu universo es la opción posible, preferible. Es la única opción éticamente aceptable. De acuerdo a tu cosmovisión —“elitista” según tus detractores dentro del movimiento—, el Doctrinam ethicam principle incruento [9]  es que todo trabajo político debe engendrar una forma de estado revolucionario que —por medio de la voluntad popular-institucional— entregue el poder a una meritocracia constituida de “filósofos gobernantes”, como en la mítica Polis ideal de La República platónica. Pero una noche, mientras salís del departamento de Tato, finalmente llega tu hora. Conocés el terror y el dolor del primer encierro y los primeros golpes. Conocés el reducido habitáculo móvil de los pesados; el nauseabundo olor a innumerables cigarrillos ya fumados e impregnado en ropas que además han absorbido el sudor ya agrio que exudan los cuerpos que las han estado vistiendo a lo largo de varias noches insomnes de droga y psicopatía tribal. Ese es el espantoso olor que satura el Falcon ululante que acelera con desenfreno por las calles de Buenos Aires. Te demuelen a patadas mientras tu rostro se aplasta en el piso inmundo y pegajoso de ese coche que súbitamente apesta también a muerte y putrefacción. Mientras estalla el pánico, oís las risas sádicas de tus captores. Te pisan y patean un poco más. Oís frases inconexas, palabras aisladas… dicen “alicates”; …“máquina”, dicen. Comparado con la vergüenza enorme de saberte una víctima, el pánico —que a este punto ya se ha transformado en todo tu cuerpo, en tu persona toda; ese pánico que ahora es vos, ese pánico que ahora sos—, es una nada insignificante. ¿Adónde vamos? Sabés que las calles por donde andan son las transversales estrechas del centro porteño; sin embargo, el chofer maneja el Falcon a altísima velocidad, como si fuera un carruaje infernal, “¡Oh, máquina de los Demonios!“. Después de carraspear viscosidades inmundas, uno de los brutos te escupe su flema en el rostro, que tenés entumecido de tantos golpes. Otro de ellos grita, “¡Te vamos a abrir el ojete con los fierros para ver qué ‘mierda’ tenés adentro!”… y esa literalidad intencional —que provoca la carcajada colectiva del comando de secuestros, un ruido repugnante que se acopla al bramido del motor del coche—, armoniza su sarcasmo incisivo con el quejido agudo de la sirena que no cesa de aullar. Allá vas vos, hacia la oscuridad infinita.

 

                                                       IV

                                 El ruido

                                         [Victor Palmeiras]

Ha comenzado el 4 de julio. Amanecerá dentro de pocas horas. En Atracadero el viento sopla incesante su obstinación invernal. A las cuatro de la mañana, Côte d’Azur continúa repleta. A ambos lados de la calle, estacionados paragolpes contra paragolpes, los coches, apretados entre sí, ocupan toda la cuadra.

El cartel de neón de Côte d’Azur parpadea su mensaje para nadie. Cachalote ya ha dejado la puerta hace varios unos minutos, y —sentado en la barra entre Cepillo y el Director de seguridad de Frigoríficos Latinoamérica, Víctor Palmeiras— ahora disfruta de su propio “Chivas”on the rocks. También en busca de un trago, muchos usan sus codos para abrirse paso entre la masa humana que bebe en un cuerpo a cuerpo de transpiraciones anhelantes. A esta altura de la madrugada el porcentaje de alcohol en la sangre de la generalidad de los habitués de este boliche ha alcanzado el nivel ideal para que los que beben olviden la monotonía del pueblo. La mayoría llegó bastante después de la medianoche del sábado, o entonces unas horas más tarde del comienzo del domingo, que es otra manera de decir lo mismo.

La ensordecedora amplificación sonora satura el éter con su exceso de tambores y escasez de melodía, y en la pequeña pista de baile los solos y las parejas que la atestan se contonean al ritmo frenético de la danza.

Entre los que bailan, Mariano sigue el humor de la percusión atronadora. Sacude su largo cabello negro mientras balancea su figura sensual. En la barra, Cepillo se declara “totalmente mamado” y, como siempre, exhibe su euforia alcohólica por medio de violencia verbal. Como una ametralladora giratoria, reparte ofensas sin discriminación: es un hombre de mala bebida. Rota en su taburete y enfrenta a Cachalote.

—¡Gordo de mierda! ¿Para qué carajo querés todos esos kilos?; ¿cómo vas a encontrar esa verguita de mierda que tenés bajo esas montañas de grasa cuando alguna vez tengas el ojete milagroso de poder echarte un polvo? ¡Tres panzas!

Cachalote se limita a clavarle unos ojos fríos e inmóviles.

En el taburete, Cepillo rota de un lado para otro. Detrás del cuerpo amplio de Cachalote divisa a Víctor Palmeiras, que mantiene una conversación sigilosa consigo mismo, o con su vaso de whisky, mientras de frente hacia la pista observa la danza de Mariano.

—¡Palmeiras, pajero! ¡Títere de los yankis! ¿Cuánta guita te dan para espiar a los obreros? ¡Qué odio que te tengo, botón de mierda! ¡Ya te va a llegar el día, hijo de puta!

La música es atronadora y Cepillo está demasiado borracho. Quizás Víctor Palmeiras no puede oírlo, tal vez Víctor Palmeiras no quiera oírlo. Cachalote, “amigablemente”, cierra la pinza inexorable de sus dedos sobre la nuca de Cepillo, lo levanta del taburete y lo ayuda con delicadeza a apartarse de la barra, poniéndolo así fuera del alcance de los oídos de Víctor Palmeiras. Mientras pasan por la pista, Cepillo ve a Mariano. —¡Puto de mierda! ¡Me das asco, maricón! —.

Cachalote  decide empujar a Cepillo hacia la calle. Un momento después hacen mutis por la abertura de las gruesas cortinas de terciopelo que separan el salón de baile del palier de entrada de la discoteca.

Simulando sordera ante las ofensas de Cepillo, Víctor Palmeiras continúa observando la pista, mientras mueve despacio los cubos de hielo de su whisky. En cierto momento los ojos de Mariano  y los de Víctor Palmeiras se encuentran. Casi imperceptiblemente, Víctor Palmeiras dirige su mirada hacia la salida y los de Mariano  entienden.

Víctor Palmeiras gira su taburete para enfrentar la barra y muestra su vaso a Cristina quien inmediatamente retira una botella del estante y le sirve otra generosa medida de Chivas. Le pone dos cubos de hielo y antes de entregarle el trago mete en el vaso sus largos y finos dedos de uñas afiladas y rojísimas. Con el indicador y el anular sumergidos por completo en el líquido, provocativa y promiscua le revuelve el whisky a Victor Palmeiras. Éste le toma la muñeca y, mirándola fijo a los ojos, lascivo le chupa los dedos mojados de Scotch. Ella, trémula, esboza una sonrisa casi pornográfica.

Las luces se debilitan mientras los tambores se ausentan, esa antigua operación radical del disk-jockey para disminuir la intensidad del ambiente cada vez que el grado de locura colectiva de la informe masa presente comienza a amenazar la seguridad del boliche.

Raramente se escucha tango en Côte d’Azur, pero Pablo Ziegler teclea su introducción al bandoneón de Piazzolla en Adiós Nonino. Este solo es tan in-bailable como es efectiva la estrategia del D.J.: Las pocas parejas que permanecen en la pista apenas se mecen mientras suena el piano. Cuando la vorágine del tango ya se ha lanzado, las variaciones piazzolleanas auspician a unos pocos bailarines de tango avanzados. Los más audaces intentan emular con sus piernas la arquitectura de esa elegía que escribiera el compositor a la muerte de su padre, pero que parece también ser el lamento de una pasión interrumpida.

En el rincón más apartado del bar, Mariano  enciende un cigarrillo. Cristina lo observa: él viste jeans negros bien justos y una camisa de satén también negro, bien abierta para mostrar sus músculos pectorales perfectos, producto del trabajo constante en el gimnasio, a fuerza de máquinas, hierros y vanidad. Cristina se acoda en la barra y dice para nadie, “¡Qué desperdicio!”

Mariano se levanta el pelo con las manos —bien alto sobre la cabeza— y lo junta tirante en la nuca como para hacer una cola, pero de inmediato lo suelta para que caiga y, suave como la seda, se despliegue sobre sus hombros. Un mero gesto de charm para nadie en particular…. No obstante, siente los ojos de Víctor Palmeiras recorriéndolo de pies a cabeza, pero es insensible a los de Cristina que están haciendo lo mismo: acariciándolo con la vista.

Mariano camina sin preocupación ni prisa hacia el palier, retira del guardarropa su blazer naval negro y su enorme bufanda de seda salvaje plateada, los viste sin prisa y por fin parte hacia la calle. Lo último que oye es la respiración febril del bandoneón de Piazzolla.

Mientras le sirve el último whisky a Víctor Palmeiras, Cristina lo observa en detalle: lleva unos jeans impecables, botas tejanas de taco elevado y puntas agudas, y una camisa de franela fina a cuadros azules, verdes y rojos. Un pañuelo azul marino de tela de algodón muy delgada está anudado flojo al cuello. Es un hombre todavía alto, tan erguido como un ciprés, y fuerte para su edad, pero ésta avanza de modo inexorable. Dos arrugas tan largas y profundas como tajos de navaja, marcan sus enjutas mejillas; su cabeza calva está rodeada por una estrecha banda de cabello grisáceo cortado tan corto que apenas si se insinúa. Sus ojos tienen la calidad del acero y su piel es muy bronceada. Una vez, Víctor Palmeiras volvió de los Estados Unidos trayendo una cama solar. Ha adoptado para siempre la imagen de The Marlboro man.

Pasan largos minutos; la música ha variado. Lo que se oye es bossa-nova. Víctor Palmeiras apura rápido su whisky: el humo y el ruido, el rugido de la conversación colectiva y la compacta densidad de los cuerpos —en un ambiente que de pronto siente diminuto— se le han vuelto insoportables. Una súbita urgencia claustrofóbica lo obliga a marcharse de inmediato. Después de dejar algunos pesos sobre la barra, gesticula un saludo hacia Cristina, quien se lo devuelve elevando la botella que tiene en la mano en ese momento.

Victor Palmeiras pasa por el guardarropa; toma y se pone la chaqueta de gamuza, el sombrero tabaco y los guantes de carpincho, mientras se contempla con detenimiento en un enorme espejo. A través de la cortina le llega la conversación de Cachalote Cepillo. No podría asegurar que oye su nombre mezclándose con el de Mariano  entre dichos soeces y risotadas.

Enceguecido por el cambio de la luz, Víctor Palmeiras se demora unos minutos en el umbral. Enciende un Marlboro mientras observa la calle desierta. La vereda, los coches estacionados, las paredes de las casas de enfrente —y hasta los árboles—, cambian de modo cíclico del azul al rojo: mantienen su mudo diálogo de reflejos con la secuencia cromática del cartel de neón:

Cada color que surge transforma la calle: el efecto visual es casi mágico. Onírico.

Víctor Palmeiras camina hacia la esquina, dobla por la calle transversal y se dirige hacia la sección más oscura de la cuadra. Hace muchas horas allí estacionó de modo estratégico y precalculado su pick-up Ford F-100 doble-cabina. Cerca de la misma, oculto entre las sombras creadas por la fila de árboles idénticos que bordean la vereda, lo espera un hombre vestido de negro. Las luces distantes crean destellos metálicos en su enorme bufanda de seda salvaje plateada.

                                                V

                                La cocina

                                               [Magdalena]

este no es realmente un buen color estas hojas deberían ser de un verde más oscuro pero esta es la mejor verdura que pude encontrar en esta época del año tengo suficiente por ahí debería haber comprado dos atados más ay el agua está tan helada me parece que ya están limpias mejor que empiece a cortar los tomates voy a preparar una ensalada hermosa rebano las cebollas y pongo las rodajas alrededor del borde tomates en una segunda rueda le siguen las zanahorias paltas endivias un poco de jengibre rallado y mucho mucho verde bien en el medio qué hora es ya por qué patricio  no tiene el fuego listo todavía mejor que despierte a susana para que me ayude con la carne y la ensalada de papas quiero tener listas la mayor cantidad de cosas que sean posibles antes de que víctor despierte no puedo ni pensar todavía debería haber tomado una ducha antes de empezar a cocinar por primera vez en mi vida estoy contenta de que víctor salga todos los sábados a la noche tato y yo no podríamos haber tenido nunca la conversación de anoche si víctor no hubiera salido me revienta cuando toma tanto qué pasaría si hubiera un problema en la planta y lo llamaran qué me pongo la camisa rosa el pulóver rosa jeans y zapatillas o algo más elegante quién va a venir nora tommy no invité a nadie además de tato la verdad es que a tato yo no lo invité se invitó solo me dijo que vendría in memorian de alicia sorprendente les dije que vengan a los vecinos de al lado los kenneth que vengan les dije víctor invitó a los macintosh pero estoy segura de que no vienen porque se van a buenos aires todos los fines de semana y para ellos este es un fin de semana como cualquier otro la única diferencia es que la semana que viene hay un feriado largo porque el jueves es el día de la independencia el nueve de julio de todo el pueblo solamente para el frigorífico el cuatro de julio es un día especial es la independencia de ellos así que ellos igual se van ojalá que nosotros también nos hubiéramos ido a algún lugar a cualquier lugar no hemos ido a ningún lugar desde hace ya cuánto tiempo por lo menos si víctor me llevara cuando viaja pero no víctor siempre viaja solo cuando visita plantas pero bien que me podría llevar alguna vez creo que debería preparar el aderezo para la ensalada ya pero si se lo echo y después demoramos las hojas se marchitan siempre parece enojado cada vez más siempre que sale conmigo sea adonde sea que vayamos o parece aburrido o entonces enojado como si le diese rabia estar conmigo y la mayoría de las veces acabamos peleando víctor me provoca hasta que peleamos o me ignora  ah no lo preparo ahora y se lo echo cuando ya estemos sentados qué estúpida ahora lo preparo y lo meto en la heladera y listo creo que víctor no me quiere tengo que sacar la carne de la heladera ya para que se oree la tengo que despertar a susana ya para que me ayude sino la comida no estará lista para cuando lleguen pero si subo por ahí víctor se despierta también cuántos quilos de carne habrá aquí creo que compré demás como siempre demasiado no se calcular justo busco los chorizos y los choclos y listo creo que oí ruidos arriba para mí que Víctor ya fue al baño quién diera que fuera primavera podría ponerme un vestido una blusita sin breteles hasta una biquini podríamos nadar en la pileta antes de comer la ensalada de papas tiene la mayonesa fresquita y abundante hace mucho frío hoy los kenneth ya andan por ahí afuera vi pasar a la nena qué hora es ya mmm estos pedazos los corté demasiado chicos mejor los empiezo a cortar un poco más grandes a víctor no le gustan las papitas chiquitas he doesn’t like small potatoes

 

 

                                                  VI

                             Instrucciones

                                                   [Guido]

En su departamento, Tato camina de un lado a otro. Espera la llamada que pondrá todo en marcha. Por ella, para ella, en su honor y como respuesta al absurdo, tiene que hacerlo. Se lo debe a Alicia; debe ir más allá de donde ella estaba dispuesta a ir. Hasta donde ella no querría, aún hasta el final.

Tato ha buscando a Alicia por todos lados; no está en los hospitales; ninguna comisaría, regimiento o distrito militar reconoce su arresto. Su nombre no figura entre los que menciona la cuenta diaria de cuerpos que se difunde por radio —y la policía no ha identificado (¿aún?)  su cuerpo entre todos los que son “descubiertos” a menudo en los lugares más insospechados. En realidad, ni se busca su persona civil ni se busca su cuerpo muerto. La policía no les da oídos a las denuncias de gente desaparecida, o porque no corresponde, escapa de sus atribuciones o —en el peor y mejor de los casos— porque son tantas las ausencias que no hay posibilidad real de investigarlas.

Quizás Alicia todavía esté viva, tal vez siendo torturada. Las acciones y metodología del Estado Policial, que es como Alicia lo llamaba con tanta frecuencia, la han alcanzado y tragado.

Ahora Alicia es una nada, una inexistencia, o existe tan sólo en un espacio inalcanzable y secreto. El estado niega la mera posibilidad de realidad de un tal lugar donde se guarde a la gente chupada —pero ese estado que la niega es el mismo que controla cada espacio reconocido y desconocido —todo espacio— del país, mientras en medio de tantas ausencias hace notar su presencia más y más, hasta el límite de lo intolerable.

Cuanto más etéreos y abstractos se tornan esos seres ausentes, más sólida y concreta se hace la presencia de la autoridad que los niega.

Tato sabe que ya no quedan medios legales. Ha agotado todos los recursos —hasta los más inimaginables— para encontrarla; ha hecho todo lo que se podía hacer. Pero hay algo aún: ahora su desesperanza lo ha empujado a un universo donde solamente existen la desesperación y un odioso deseo de venganza.

Tato ha pasado al otro lado.

Alicia es una militante política y Tato una rareza en el país de ese momento: un artista apolítico. Las vidas paralelas de Alicia y Tato solo podrían encontrarse en un infinito improbable. Pero hoy la geometría no euclidiana que pareciera regular el sistema que la junta militar ha impuesto, ha transformado a los argentinos por ecualización. Los individuos de este país están hermanados en la intensidad del miedo, igualados en su desprotección ante la violencia del estado. Y es en este punto donde se generan coincidencias impensables.

La arquitectura ideológica de Alicia la llevaba a citar a Platón cuando hablaba de Marx; pero a pesar de ese nicho intelectual tan estrecho y personal que ella ocupaba, ella encontraba a Tato en una región liminar de comunión estético-poética, y allí se entendían y amaban. Lo político que Alicia traía al lugar de la pareja, hasta ahora tan sólo había ‘ilustrado’ ese sitio de coincidencia.

Ya no más. Sin Alicia, Tato cruza un umbral que nunca imaginó que fuese alguna vez a pisar: al cabo entiende que la lógica kantiana que determina la ética humanista —esa que guía, explica y justifica el asiento y la función de lo racional— en la realidad actual argentina ha dejado de operar. Aquí y ahora el imperativo categórico kantiano demanda un gesto violento —y el desoírlo, una quiebra moral.

No es difícil para él contactar al comandante Guido. Tato sabe quiénes en el grupo de estudio de Alicia son los más comprometidos, la gente que probablemente camina tanto en la superficie como en la clandestinidad. Ahora está listo para lo que vendrá.

Por eso va y viene febrilmente a lo largo de su estudio; espera la llamada que colocará todo en movimiento, que lo colocará en el movimiento.

Finalmente contesta el teléfono: —Seremos tres en un Peugeot 505 blanco. En la esquina de Maipú y Córdoba a las cinco. Estate en la puerta de la academia de arte y vigilá Córdoba: es por ahí que vendremos a buscarte —una voz le informa.

Después de dos taxis ocupados, toma el tercero. Veinte minutos más tarde, ya se encuentra en el lugar indicado. Un poco después ve un Peugeot que se acerca y corresponde a la descripción dada en la llamada. Transita casi pegado al cordón. Tato sube sin palabras. Pocas cuadras después, antes de que el coche doble a la derecha al llegar a Carlos Pellegrini para dirigirse “hacia el bajo”, ya tiene en sus oídos los auriculares del minigrabador de cassette. Se lo acaba de entregar su compañero de asiento desconocido. Le pide que escuche la grabación moviendo la cabeza como si siguiera el ritmo de algún compás —fingiendo escuchar música.

Nuevamente una voz, esta vez metálica:

Seré breve y directo, compañero: el operativo será en el complejo industrial que Frigoríficos Latinoamérica tiene en Atracadero. Como sabe, nuestro primer contacto al respecto había sido con su pareja. Ella se rehusó a participar en la acción debido a principios personales. Se oponía a cualquier evento armado, pero la compañera siempre fue sumamente servicial en el área doctrinaria. Su desaparición suspendió nuestra comunicación, lo que lamentamos con sinceridad. Usted lo sabe. Pero es la guerra. Ahora, compañero, su oferta de servir a nuestros cuadros militantes en la toma de Atracadero nos presenta una segunda oportunidad. Por su gesto valioso recuperamos a la compañera, ya que de alguna forma ella está presente en usted, en su coraje, en su decisión de actuar militarmente. Ella nos presta este servicio.

Tato nota que ni en la grabación ni en las comunicaciones entre los hombres que viajan dentro del automóvil se usan nombres o apellidos. No se revela ninguna identidad. El que no sabe no habla.

Lo que sigue es la información pertinente y sus instrucciones: El Ejército Revolucionario del Pueblo tomará la planta de Frigoríficos Latinoamérica en un gesto de repudio a la dictadura y al imperialismo norteamericano. Será una manifestación del pueblo contra la interferencia yanki en la política y economía de nuestro país. En esta operación armada denunciaremos el apoyo de las corporaciones y los organismos de inteligencia norteamericanos al aparato de la Junta militar. Además con ésta, nuestra acción guerrillera, denunciaremos también la presencia de personal de inteligencia de los Estados Unidos dentro del gobierno militar para aleccionar a las fuerzas armadas de nuestro país en tácticas, estrategias y acciones de “contra-insurgencia”.

El cuatro de julio —aniversario de la independencia de los Estados Unidos—  es la fecha simbólica elegida para tomar Frigoríficos Latinoamérica. Dominaremos a los obreros y ejecutivos que allí se encuentren, y los concentraremos en el patio central de la planta. Leeremos una proclama, distribuiremos literatura y abandonaremos el lugar de inmediato. Es un operativo relámpago estándar. No habrá toma de rehenes, ni amenazas —y, por supuesto, no habrá violencia.

Para asegurar el éxito del operativo necesitamos introducir en el local las armas para los combatientes. Deben estar dentro del frigorífico antes de la invasión del primer comando, quien las retirará del lugar de depósito y tendrá dispuestas en el momento de nuestro arribo.

Existe en esa industria una tradición de celebrar el cuatro de julio con un asado familiar “a la norteamericana”. Sabemos que los coches de todos los ejecutivos y sus familiares e invitados tendrán libre pase para ingresar a la sección de instalaciones residenciales del complejo los días tres, cuatro y cinco de julio.

Su misión, compañero, consiste en infiltrar nuestro armamento al frigorífico. Durante el atardecer del sábado tres de julio lo transportará desde Buenos Aires hasta Atracadero en la cabina de su furgoneta. Habrá un convoy para escoltarlo de un punto a otro, pero sólo hasta la entrada de Atracadero. Desde ahí en adelante irá por su cuenta.

Para mover esta carga debemos usar la máxima discreción. Usted debe obtener y portar uno de los pases a la sección residencial, adjudicados a los miembros del grupo familiar del Director de Seguridad, Víctor Palmeiras. No despertará sospechas. Su salvaconducto de ingreso está garantido por la política de la empresa. Usted es de la familia. Dada esta oportunidad que se ofrece y su situación, el material sólo puede ser transportado en su vehículo, por usted compañero. Su llegada a la planta será a las cero horas aproximadamente, pero no antes. Habrá una guardia de nuestro comando para prestarle protección durante la entrada. Le informamos que estará allí para su tranquilidad, pero Ud. no la verá. Su furgoneta no será inspeccionada. Tanto la carga como Ud. pasarán el control de seguridad sin dificultad alguna. Sabemos que esta no es su primera visita a su hermana allí, así que ya debe existir un registro suyo y de su vehículo.

Dejará la furgoneta en la segunda de las cinco plazas de estacionamiento asignadas al Director de Seguridad. La carga será retirada de forma subrepticia por nuestro comando avanzado.

Compañero, debe pasar la noche en la casa de Víctor Palmeiras y quedarse al asado, hasta que nuestro operativo haya finalizado. La familia debe estar completa en la celebración. Además, aunque su furgoneta ya haya dejado de ser pañol de nuestro arsenal cuando la acción militar sea realizada, no está demás para nosotros tener un miembro asociado, usted, y su vehículo dentro de la planta. Su colaboración será imperceptible y se reducirá a ingresar la carga. Pero si alguna participación suya fuera requerida durante la acción, se la solicitaremos en su momento.

Nuestra operación será incruenta: Las armas no serán disparadas. Nuestros combatientes han recibido entrenamiento específico para sorprender e inmovilizar a los agentes de la guardia de seguridad sin hacer fuego en absoluto.

Cuadros armados controlarán la concentración compulsoria del personal ejecutivo y del cuerpo obrero durante todo el desarrollo del operativo. Los cuadros de combatientes estarán armados tan sólo para asegurar el no derramamiento de sangre. Leeremos nuestras proclamas y distribuiremos nuestra literatura a todos los presentes. La retirada ordenada de nuestro personal militar será garantizada por las armas: El porte de armamentos es preventivo, disuasivo y simbólico. Lo repito una vez más: estamos armados con el objeto de impedir el uso de armas.

Somos el Ejército Revolucionario del Pueblo.

¡Hasta la victoria siempre, compañero! ¡Patria o muerte, venceremos!

 

 

                                                 VII

                          Independence Day [10]

                                                 [a coro]

La carne es tierna. La ensalada es fresca y variada. El vino es de buena calidad; el tinto es encorpado, y el blanco, seco y bien helado. Una larga mesa ha sido tendida sobre el césped, en el centro exacto del jardín frontal del chalet de la familia Palmeiras. Una docena de personas que comen y conversan animadamente, comparten el asado. A pesar del frío, el sol brilla en un cielo diáfano. Sentado a la cabecera, el Director de Seguridad Víctor Palmeiras corta la carne, pasa los platos una vez servidos y rellena continuamente su copa de merlot.

Esa mañana Víctor Palmeiras despertó con el ruido de los invitados bajo la ventana de su dormitorio. Fue al baño, buscó tres aspirinas, y las tomó con agua directamente de la canilla del lavatorio para impedir que su cabeza estallara. Unos minutos más tarde, mientras saludaba a los Kenneth y reconocía con una rápida inclinación de cabeza la presencia de Tommy, Nora  y Tato, se sirvió su primera copa de vino. Contraveneno, the hair of the dog that bit you se dijo en silencio. [11]

La villa de los ejecutivos es un complejo de quince chalets con piscinas, centrados en terrenos individuales tipo jardín, de césped cortado a la perfección. Se encuentran equidistantes y ampliamente distribuidos alrededor de un espacio comunal central [los habitantes de la villa le llaman “The Commons”], complementado con dos canchas de tenis, una de básquet, un pequeño campo de golf, una cancha de dimensiones aproximadas a las de fútbol de salón y un playground infantil.

La única entrada a la villa —una portada de funcionamiento electrónico aledaña a la cabina de seguridad— está en el lado norte, próxima al estacionamiento y garaje. Hay una alta cerca de grueso alambre tejido en dibujo intrincadoLa parte superior se fortalece con una doble hilera en espiral de razor-blade wire. [12] Poderosos faroles de sodio instalados en altas torres evitan que haya “sectores ciegos”.

La entrada a los edificios de oficinas se encuentra opuesta a la de la villa, tan sólo al cruzar la calle que separa a ambas. Esta última es una faja de asfalto quebrado y bacheado por el continuo desfile de los camiones jaula que transportan las reses destinadas a las mazas de los matarifes, y los camiones de carga que traen materia prima o llevan productos elaborados. Los edificios industriales, la planta propiamente dicha y los mataderos, se extienden a ambos lados y detrás de las oficinas.

En el prado de cada chalet hay mesas ocupadas por comensales. Hasta ellas llega el aroma de la carne que se asa en las parrillas contiguas. Algunas viviendas están decoradas con escarapelas, festones y globos rojos, azules y blancos. Banderas norteamericanas y argentinas flamean en los mástiles de los frentes de cada chalet. Hay numerosos grupos de comensales sentados frente a cada casa. La mayoría ya ha terminado de almorzar.

En la mesa de Víctor Palmeiras todos comen ensalada de frutas con helado o entonces Don Pedro, y todos beben champagne. Entonces surge una discusión [que había sido evitada a toda costa a lo largo del almuerzo] sobre la situación política, en la que uno a uno se van involucrando todos los presentes. Esta charla inconveniente comienza cuando Kenneth le pregunta a Tato si es casado. Tato responde con amargura que no sabe si mantiene una relación amorosa con una mujer desaparecida, o si es viudo. El tema ha sido arrojado sobre la mesa y, resistiéndose a volver a dormirse, se desparrama entre los restos de la comida.

—Ya he ido a hablar con todo y cualquier funcionario o autoridad que se dignó a recibirme; he ido a todas partes. He hecho todo lo que se me ha ocurrido y absolutamente todo lo que me han sugerido para tratar de encontrarla. Nada. Es como si Alicia no hubiera existido.

—¿Por supuesto que ya habrá ido a la policía y a los hospitales, no es así? —sugiere Kenneth.

—¡Claro! Fui a cada seccional de toda la capital y ahora he estado recorriendo las comisarías del gran Buenos Aires. Voy muy a menudo a la morgue. Estuve en el Comando en Jefe del Ejército, en el Edificio Libertad, en el Cóndor. Hasta pedí una cita con el Ministro del Interior, que por supuesto no me fue concedida. Es como si a Alicia se la hubiera tragado la tierra. Si no estuviera tan desesperado, lo vería como algo surreal. Lleva tiempo hacerse cargo de que alguien muy cercano a uno ha desaparecido. Pero nadie más que uno asume la realidad de su desaparición. Me aseguran que no está detenida, que no fue arrestada, que no figura en ninguna lista. ¡Y yo lo presencié! ¡Yo vi desde mi ventana cómo se la llevaban! ¡Sucedió ante mis ojos! Di descripciones del Falcon en que la metieron; les dije todo lo que recordaba de los hombres que se la llevaron, la mejor descripción que les pude detallar. Nadie sabe nada ni del coche ni de ellos. Ni de Alicia.

—¿No es posible que haya sido el trabajo de algún otro grupo? ¿Por qué la policía o la fuerzas armadas? ¿Por qué el gobierno arrestaría a una profesora de filosofía? ¡Es absurdo! —dice Kenneth.

—¡Justamente por eso, por ser profesora! —contesta rápidamente Tato—. Alicia había organizado un grupo de estudio y análisis, y estaban viendo El capital de Marx. Eso es lo que Alicia estaba haciendo en esos días. Es decir, eso era lo que estaba enseñando cuando se la llevaron. Ese es un motivo; esa es una razón. Y todavía hay una más: está afiliada al Partido Revolucionario de los Trabajadores. Es miembro de un partido político proscripto, ilegal. Por último, Alicia es una marxista declarada, hasta por opción profesional: es su foco académico especializado —su “area of expertise”, como dicen en inglés. Ella es el enemigo natural cualquier gobierno nacionalista de ultraderecha, Kenneth!

—¡Qué ridiculez! —dice con énfasis Magdalena—. Conozco a Alicia super bien. ¡Qué enemigo ni qué nada! Alicia es la persona más dulce, más delicada, más íntegra, la persona más sensible que he conocido. Y tiene la reputación de ser una de las profesoras más brillantes de la cátedra de filosofía política. ¿De qué enemigo me estás hablando, Tato?—. Tato fija la mirada en su hermana Magdalena, los ojos brillantes de tanta ternura.

Aunque hirviendo por dentro, hasta ese momento Víctor Palmeiras ha permanecido en silencio. No soporta a Tato ni a sus estúpidos mamarrachos de artista plástico. Odia a los artistas. Odia a losintelectuales. Le revienta Alicia, su actitud superior, su esnobismo académico, su jerga ininteligible, su postura política, principalmente eso: su  p o s t u r a  política. Además, le asquea la manera de vestir de esos dos hippies.

Víctor Palmeiras explota:

—¡¿Quién sabe qué pasó, después de todo?! ¡¿De qué carajo están hablando?!

¿Por qué culpar al gobierno? ¡No se arresta gente sin motivo ni desaparece gente por arte de magia! ¿Qué sabe uno? ¿Qué sabemos? Si es que realmente existen, ¿quiénes eran los tipos del Falcon? ¿Por qué inmediatamente suponer que es la policía o las fuerzas armadas? ¿Por qué el gobierno? Podrían ser gangsters, violadores, chorros, traficantes de esclavas blancas, traficantes de drogas, ¡SUBVERSIVOS!, ¡GUERRILLEROS!, ¡TERRORISTAS! ¿Por qué el gobierno? ¡Estoy podrido de oír siempre las mismas pelotudeces!

Tato lo escucha impertérrito; nunca le ha gustado Víctor Palmeiras y tiene oscuras sospechas sobre sus actividades. Si las circunstancias fueran diferentes, interrumpiría de inmediato su diatriba, pero hoy no. Hoy está sentado a esa mesa frente a Víctor Palmeiras, con un objetivo que lo obliga a permanecer impasible.

—¿Cómo podés seguir negando lo que todos saben, Víctor? —se levanta Magdalena de súbito —. ¡Cómo podés usar esas palabras gastadas que todos repiten, no porque las crean sino porque están aterrorizados! ¡Las dicen para distanciarse de los que desaparecen, como si fueran a contagiarlos! ¡Tratan de escaparse de ese horror repitiendo exactamente lo que vos decís, Víctor! Yo vivo en un mundo mínimo, lo sé muy bien. Pensaba que fuese un mundo tranquilo, seguro, mi pequeño mundo, pero la horrible realidad que se vive en este país nos ha alcanzado, Víctor. Mi cuñada era… ES… ¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo, Víctor? ¡Alicia ES! ¡Ella ES parte también de tu familia, y ahora no sabemos dónde está! ¿No te das cuenta? ¡El mecánico que arreglaba nuestro coche también desapareció; vos sabés muy bien eso, Víctor! ¿Y Gómez, el contador?, ¡también desapareció! ¡Hasta el obispo de Neuquén ¡un obispo!, fue asesinado en su iglesia! Casi todas las noches vemos en el noticiero de la tele a los subversivos baleados a muerte por el ejército y la policía “en enfrentamientos armados”. O entonces dicen que fue una “confrontación” entre entre terroristas, una batalla intestina entre subversivos. ¿Quiénes son esos “subversivos”? ¿Dónde están? ¿Por qué en la costa uruguaya hallan tantos cuerpos que han flotado a la deriva? ¿Y por qué tenemos que enterarnos de esto escuchando Radio Colonia, una radio del Uruguay? ¿Por qué las radios argentinas dan cifras oficiales de muertes, pero no dicen ni una palabra sobre cadáveres que aparecen en cuanto baldío y charco existe, y cada vez son más? ¿Por qué tengo que sintonizar una radio extranjera para saberlo? ¿Qué está pasando acá? ¿Cuándo va a acabarse todo esto? ¿Quién va a pararlo? ¿Quién va a terminar con todo esto? ¿Cuándo va a terminar esta pesadilla? ¡¿Cómo se puede vivir de esta manera?!— dice frenética Magdalena, pasándose nerviosamente las manos por el cabello.

—¡Cayyyate, idiota! —grita Víctor Palmeiras, casi rugiendo.

De pie, mientras se balancea por efecto del odio y el alcohol, empuja con sus pantorrillas la silla al levantarse, y ésta cae hacia atrás. Víctor Palmeiras grita: —¡Estoy con las bolas yyyenas de tu estupidez! ¡Pará de decir pelotudeces! —Golpea una y otra vez la mesa con el puño—. ¡Vos no sabés un carajo, porque para mí se la llevaron y la reventaron los mismos comunistas con que ella andaba! Y si es que se la llevaron las fuerzas de seguridad, lo que dudo —lo que dudo, dije—, ¡por algo debe haber sido!, ¡algo debe haber hecho! ¿Te creés que los tipos que andan en los Falcon son estúpidos? ¿Te pensás que no saben lo que hacen? ¡Alicia no es ninguna santa!, la muy mosquita muerta… ¡No hay ningún santo entre los que se llevan los Falcon! ¡Estamos en guerra!; ¿entendés?, ¡en guerra! ¡Así que cayate, Magdalena!; “¡cayyate esa boca de mierda! ¡Cayyyate de una vez por todas, carajo! —Víctor Palmeiras escupe estas últimas palabras junto con un poco de su propia saliva violácea de malbec. Se seca la boca en la manga de la camisa mientras percibe que quienes lo rodean lo miran en silencio. Se ve a sí mismo en la cabecera de la mesa. Ve el odiado rostro de Magdalena. Ve los incrédulos y avergonzados ojos de sus hijos.

Ve la noche anterior: el cuerpo perfumado, transpirado y jadeante de Silvio bajo el suyo, en el asiento trasero de la pick-up.

En ese momento las alarmas descerrajan sus agudos y desconcertantes aullidos de metal. Víctor Palmeiras se vuelve hacia la entrada del complejo residencial. El doble portón está abierto de par en par. Ve que varios grupos de hombres corren y se abren en abanico frente al complejo, mientras otros ya se despliegan dentro del mismo. Reconoce las armas que todos llevan, son FAL 7.62mm, fusiles estándar de las fuerzas armadas. Armas robadas; es un comando guerrillero. Victor Palmeiras ve también que, cruzando la calle, en el portal del sector de los edificios de oficinas, sucede lo mismo: más hombres armados se despliegan en abanico. Ve aún más hombres que bajan rápido y en orden de dos kombis que obstruyen las entradas y salidas.

Su estrategia de vigilancia ha fallado.

Como un rayo, Víctor Palmeiras desenfunda de su sobaquera su arma estándar de las fuerzas armadas, una Ballester-Molina 11.25mm de industria argentina.

Apoya el arma en el rostro de Magdalena, y hace fuego.

 

 

________________________  FIN ________________________

¿Qué es un desaparecido? En cuanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo; está desaparecido.

General Jorge Rafael Videla, para el diario Clarín, 14 de diciembre de 1979

NOTAS:

[1] Escribir poesía después de Auschwitz es ser un bárbaro. Así dice el famoso aforismo de Theodor W. Adorno.

[2] De acuerdo a las teorías e interpretaciones del Feng Shui, todo desperdicio de agua, provoca la necesidad de un restablecimiento del equilibrio universal por medio de la disminución o pérdida proporcional de riquezas, felicidad o salud del individuo o individuos responsables por ese derroche del precioso líquido.

[3] Título del libro de Raúl Scalabrini Ortiz [1898 – 1959], publicado en 1931, cuyos contemporáneos vieron como una “Biblia” del Buenos Aires de ese entonces.

[4] Iron Maiden: “Dama de hierro”; instrumento de tortura utilizado durante la transición de los siglos XVIII/ XIX, cuyo origen fuera también fechado de forma errónea (es la exacta inversión del error con respecto a la tortura de la gota de agua), como correspondiente al Medioevo europeo, pero que aparece en China durante la dinastía Ming [1368 – 1644]

[5] Omen: del griego oiomai: en este contexto significa “presagio”— pero el vocablo literal es traducible como “pienso”, “creo”, “supongo”.

[6] Hace referencia al ensayo filosófico existencialista de Jean-Paul Sartre de ese título, El ser y la nada [L’Être et le Néant], publicado en 1943.

[7] The American Way: “el modo norteamericano”; “el estilo de vida norteamericano”; una frase hecha o cliché muy usado en EE.UU., para significar algo típico de la cultura o la sociedad de ese país

[8] La primera oración es una expresión idiomática casi intraducible, pero ‘interpretable’ como “Dice las cosas apropiadas y también parece saber actuar de la misma forma”. La segunda es: “Contratémoslo a él”.

[9] Principio doctrinario ético incruento 

[10] “Día de la Independencia”

[11] The hair of the dog that bit you:  “El pelo del perro que te mordió”. De acuerdo a antiguas creencias folklóricas, si a uno lo ha mordido un perro, comer un poco del pelo de ese animal constituye un antídoto contra la rabia.

[12] Razor-Blade Wire: alambre similar al de púas, pero que en vez de púas, posee a cada pocos centimetros una especie de hoja [o lámina] de afeitar de acero, muy fuerte y filosa”

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